- ¡Ey!, ¿cómo vas? Te esperaba.
- ¿Me esperabas?
- Sí. Después de este tiempo más o menos he podido saber cuando sueles venir.
- No sé si alegrarme por la atención o si salir corriendo.
- Prefiero que sea lo primero.- Se sonrió el muchacho.
- Veo que estás más animado. ¿Por qué?
- He estado pensando. Y, por una vez, no ha salido algo negativo.
- Cuéntame.
- He llegado a la conclusión de que, aunque no lo digas, lo que digo, lo que hago, influye de alguna manera en ti. ¿No es cierto?
- ¿Y ahora te das cuenta?
- No estaba muy seguro. Supongo que entiendes mis dudas. Sé que actuar como una montaña rusa no ayuda a nadie, pero es con lo que he tenido que lidiar. Y ahora, no es que las certezas hayan cambiado, sin embargo, de algún modo me animo. Es muy curioso, ¿sabes? Que, sabiendo dónde está mi línea, y sin poder cruzarla, puedas trastocarmelo todo.
- Yo no trastoco nada. Es tu cabeza. Yo no me meto ahí y decido hacer de ella un laberinto.
- Sí, vale, tú no lo haces conscientemente. No obstante, sí formas parte de todo. Tanto es así que si tuviera que irme, una gran parte de mí se desgarraría por el camino.
- No te obligo a venir. Ya lo sabes. Puedes marcharte si lo consideras necesario. Notaría la ausencia, no voy a negar eso, pero el problema es que no se pueden reducir las cosas a un "estás conmigo o contra mí". El riesgo es enorme. ¿Qué haría si de repente todo lo que me rodea se convirtiese en cenizas? Si te dejo entrar, tú tendrías ese poder. Y ya hay una parte que está arrasada.
- Lo sé. Es por eso que, incluso con los pocos medios de que dispongo, seguiré intentado entrar. Palmo a palmo. Flor a flor. Y si al final no consigo llegar al centro, si ni siquiera logro tocarte, podré irme sin remordimiento alguno. Con la certeza de que el camino que he recorrido sin conseguir el objetivo, ha sido más hermoso incluso que el que otros pisotearon sin saber que entraban en los jardines mejor dispuestos que nunca vi. Y las murallas que ellos encontraron bajas y sin alambre tendrán la huella de mi sangre. Y si al menos consigo eso, podré irme; ligera la carga, deshecho el interior.
- ¿Qué piensas hacer?
- Pronto lo sabrás.
https://youtu.be/xDtcTn5gb1I
Bienvenido a un mundo tan abstracto como lo que pasa por mi cabeza. Literatura rompecabezas que significa cualquier cosa menos la que es. O puede que veas la realidad.
Mostrando entradas con la etiqueta sangre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sangre. Mostrar todas las entradas
domingo, 6 de diciembre de 2015
domingo, 15 de noviembre de 2015
Extraños
- ¿Qué ocurre?
- Me preguntaba si seremos extraños para siempre. Hay días en los que puedo convivir con eso. Pero hay otros... Hay otros en los que no. No quisiera que tuvieses jamás esa sensación.
- A veces quisiera que no lo fuésemos. Sin embargo, no creo que sea acertado dar ese paso. Lo siento.
- ¿No hay ninguna solución a todo este lío?
- La hay. Aunque tú no la aceptarías.
- ¿Cuál?
- Vete. Aléjate de aquí. Piérdete en otros cuerpos. Cometes un error al estancarte aquí.
- No es un error. Y lo sabes.
- No. No tiene sentido aferrarse a una ilusión. ¿Cómo puedes encontrar placer alguno en ello?
- Es sencillo. Ninguna cosa es segura. Yo he clavado puñales. Tú llevas aún uno clavado, mío. Pero a mí también me han acuchillado. Y tú ya has lanzado tus dagas.
- Yo no he lanzado nada.
- ¿Cómo que no? Si cada vez que te veo noto el acero. A veces me agrada el sabor de la sangre, pero otras todo sabe horrible. La inmovilidad. No poder avanzar y no querer huir. ¿Has visto alguna vez un guerra de posiciones? Pues así se desarrolla todo esto. Un frente abierto que nunca cambia, donde sólo hay desgaste y tropas de refresco. Una y otra vez. Hasta el fin.
https://www.youtube.com/watch?v=iy2exT1exkU
- Me preguntaba si seremos extraños para siempre. Hay días en los que puedo convivir con eso. Pero hay otros... Hay otros en los que no. No quisiera que tuvieses jamás esa sensación.
- A veces quisiera que no lo fuésemos. Sin embargo, no creo que sea acertado dar ese paso. Lo siento.
- ¿No hay ninguna solución a todo este lío?
- La hay. Aunque tú no la aceptarías.
- ¿Cuál?
- Vete. Aléjate de aquí. Piérdete en otros cuerpos. Cometes un error al estancarte aquí.
- No es un error. Y lo sabes.
- No. No tiene sentido aferrarse a una ilusión. ¿Cómo puedes encontrar placer alguno en ello?
- Es sencillo. Ninguna cosa es segura. Yo he clavado puñales. Tú llevas aún uno clavado, mío. Pero a mí también me han acuchillado. Y tú ya has lanzado tus dagas.
- Yo no he lanzado nada.
- ¿Cómo que no? Si cada vez que te veo noto el acero. A veces me agrada el sabor de la sangre, pero otras todo sabe horrible. La inmovilidad. No poder avanzar y no querer huir. ¿Has visto alguna vez un guerra de posiciones? Pues así se desarrolla todo esto. Un frente abierto que nunca cambia, donde sólo hay desgaste y tropas de refresco. Una y otra vez. Hasta el fin.
https://www.youtube.com/watch?v=iy2exT1exkU
jueves, 8 de octubre de 2015
Caníbal
A veces surge que
en este recipiente
se rompen rastros
de algo bello.
Y quiero huir,
tal vez otras manos
puedan lograrlo,
tal vez otro rostro
gane las Termópilas.
Y me devoro, voraz,
un dolor otro palia,
y donde la sangre
fluye no se siente.
Y cada vez menos
humano, más yo,
la fuerza imposible
del inestable.
El desgarro que
causa ese pico,
no quisiera que
lo sufrieras,
nunca viste así
tal felicidad.
A veces se marcha
y creo estar tranquilo,
pero vuelve la tormenta,
cuando todo cicatriza.
Un vicio es poco, sin
aditivos, nada edulcora
la destrucción.
Y dirás que puedo huir,
hacer frente, sí,
batalla cerebral eterna.
Tal vez si tomases
lo que soy, tal vez
las cuchillas devorarían
otra cosa distinta.
en este recipiente
se rompen rastros
de algo bello.
Y quiero huir,
tal vez otras manos
puedan lograrlo,
tal vez otro rostro
gane las Termópilas.
Y me devoro, voraz,
un dolor otro palia,
y donde la sangre
fluye no se siente.
Y cada vez menos
humano, más yo,
la fuerza imposible
del inestable.
El desgarro que
causa ese pico,
no quisiera que
lo sufrieras,
nunca viste así
tal felicidad.
A veces se marcha
y creo estar tranquilo,
pero vuelve la tormenta,
cuando todo cicatriza.
Un vicio es poco, sin
aditivos, nada edulcora
la destrucción.
Y dirás que puedo huir,
hacer frente, sí,
batalla cerebral eterna.
Tal vez si tomases
lo que soy, tal vez
las cuchillas devorarían
otra cosa distinta.
jueves, 10 de septiembre de 2015
Los lobos
- ¡Ey, hola! Has vuelto. ¿Cuanto ha pasado? Quince días, ¿no? Eso sí, has llegado con ganas de hablar. Y eso me gusta. Veo que también has traído dos animales contigo. Lobos. Muy bonitos cuando no están hambrientos, ¿no crees? Pero ven, no te quedes ahí, de pie.
La figura se desplaza y se sitúa al lado. Los lobos, al fondo, se quedan expectantes. Uno es de color negro con ojos verdes, el otro, blanco con ojos azul intenso. Deben ser del mismo tiempo, pues la altura y complexión que tienen son similares. Son jóvenes. Casi es de noche, por lo que sus ojos despiden un brillo hermoso.
- Bueno, ¿cómo van las cosas? Ya estás de vuelta al trabajo, ¿no es cierto? Y después, "finito". Ya me contarás donde conseguiste los lobos. Ahora que has venido, me preguntaba si... Es una duda que tengo, y es que, tú dices cosas, hablas, pero, ¿algo de eso me lo dices a mí? A mí me gusta pensar que sí, que por alguna razón vienes de vez en cuando a sentarte aquí. Aunque en realidad tengo mis dudas. Y no afirmo nada. Es mejor así. ¿No?
Silencio. Los lobos ya no están quietos. Están uno frente al otro y se gruñen, enseñando los dientes. La noche se cierra.
- Tus lobos no tienen buen humor hoy, ¿eh? A ver si se les va a escapar un bocado. Que yo le tengo mucho aprecio a mis brazos.
- No te harán nada.- Murmuró.
- ¿No? Bueno es saberlo. ¿Cuando volverás? Te eché de menos, ¿sabes? Venía aquí cada día y echaba un vistazo, por si te veía aparecer. Sin resultado. Hasta hoy. Aunque debes encontrar extraño eso, ¿verdad? Al fin y al cabo soy yo el que se pone a hablarte. Tú apenas hablas. Conmigo. Con el bosque sí. El río cambia cuando vienes. Y el viento. Lo cambias todo.
- Yo no cambio nada. Las cosas cambian.
- Umm... Las cosas cambian debido a ti. Sin ti permanecen igual. No importa cómo lo quieras definir.
Se escuchan dentelladas y aullidos escalofriantes. Los lobos se pelean. Se muerden en las orejas, se dan zarpazos en la cara, se revuelcan en el suelo.
- Traje piruletas. No sé si te gustan, pero quise traerlas. Ten.
- ¿Por qué haces esto? - Cogió la piruleta y la abrió.
- ¿El qué?
- Todo esto. Lo de venir aquí. Lo de hablarme. Darme esto. - Se metió la piruleta en la boca.
- ¿Y por qué no habría de hacerlo?
Un gemido lastimero interrumpe la escena. Uno de los animales va ganando. No se distingue bien quién, debido a la sangre y a la oscuridad del lugar.
- Yo también he estado pensado... Cuando vienes aquí, y me hablas, ¿me hablas a mí o hablas contigo mismo? ¿Me dices a mí las cosas o te las repites para ti?
- Quizá las dos opciones son ciertas. Pero piensa que si no vinieses nada de esto se habría dicho.
Una ráfaga de sangre empapa a los interlocutores. Solo queda un lobo, que aulla, victorioso. El muchacho se gira para ver qué lobo es el que ha muerto.
- ¡Mira! Ha matado al lobo que tenía los ojos...
- Lo sé. No hace falta que me gire. Sé quién ha ganado. Lo que no sé es si tienes algo que ver en eso.
La figura se desplaza y se sitúa al lado. Los lobos, al fondo, se quedan expectantes. Uno es de color negro con ojos verdes, el otro, blanco con ojos azul intenso. Deben ser del mismo tiempo, pues la altura y complexión que tienen son similares. Son jóvenes. Casi es de noche, por lo que sus ojos despiden un brillo hermoso.
- Bueno, ¿cómo van las cosas? Ya estás de vuelta al trabajo, ¿no es cierto? Y después, "finito". Ya me contarás donde conseguiste los lobos. Ahora que has venido, me preguntaba si... Es una duda que tengo, y es que, tú dices cosas, hablas, pero, ¿algo de eso me lo dices a mí? A mí me gusta pensar que sí, que por alguna razón vienes de vez en cuando a sentarte aquí. Aunque en realidad tengo mis dudas. Y no afirmo nada. Es mejor así. ¿No?
Silencio. Los lobos ya no están quietos. Están uno frente al otro y se gruñen, enseñando los dientes. La noche se cierra.
- Tus lobos no tienen buen humor hoy, ¿eh? A ver si se les va a escapar un bocado. Que yo le tengo mucho aprecio a mis brazos.
- No te harán nada.- Murmuró.
- ¿No? Bueno es saberlo. ¿Cuando volverás? Te eché de menos, ¿sabes? Venía aquí cada día y echaba un vistazo, por si te veía aparecer. Sin resultado. Hasta hoy. Aunque debes encontrar extraño eso, ¿verdad? Al fin y al cabo soy yo el que se pone a hablarte. Tú apenas hablas. Conmigo. Con el bosque sí. El río cambia cuando vienes. Y el viento. Lo cambias todo.
- Yo no cambio nada. Las cosas cambian.
- Umm... Las cosas cambian debido a ti. Sin ti permanecen igual. No importa cómo lo quieras definir.
Se escuchan dentelladas y aullidos escalofriantes. Los lobos se pelean. Se muerden en las orejas, se dan zarpazos en la cara, se revuelcan en el suelo.
- Traje piruletas. No sé si te gustan, pero quise traerlas. Ten.
- ¿Por qué haces esto? - Cogió la piruleta y la abrió.
- ¿El qué?
- Todo esto. Lo de venir aquí. Lo de hablarme. Darme esto. - Se metió la piruleta en la boca.
- ¿Y por qué no habría de hacerlo?
Un gemido lastimero interrumpe la escena. Uno de los animales va ganando. No se distingue bien quién, debido a la sangre y a la oscuridad del lugar.
- Yo también he estado pensado... Cuando vienes aquí, y me hablas, ¿me hablas a mí o hablas contigo mismo? ¿Me dices a mí las cosas o te las repites para ti?
- Quizá las dos opciones son ciertas. Pero piensa que si no vinieses nada de esto se habría dicho.
Una ráfaga de sangre empapa a los interlocutores. Solo queda un lobo, que aulla, victorioso. El muchacho se gira para ver qué lobo es el que ha muerto.
- ¡Mira! Ha matado al lobo que tenía los ojos...
- Lo sé. No hace falta que me gire. Sé quién ha ganado. Lo que no sé es si tienes algo que ver en eso.
miércoles, 1 de julio de 2015
El asesino de obras
Marcos
siguió el rastro de la sangre. La herida debía estar en una parte
elevada del cuerpo, posiblemente en la cabeza. Lo sabía porque las
gotas a esa altura, al caer al suelo, son más grandes que si están
abajo. Cosas de la gravedad.
Conociendo
esto, supo que el criminal no habría ido muy lejos. Como
investigador jefe de la división Fahrenheit, era consciente de la
importancia de ese caso. Todo esfuerzo era poco. Y fue allí, en la
farola encendida de un sucio callejón, donde lo encontró. Marcos no
lo distinguía muy bien desde esa distancia, pero parecía que,
efectivamente, el origen de la sangre procedía de la cabeza. La
cara, roja de la misma, cansada y macilenta, indicaba que no había
muchas esperanzas en aquel individuo. Los ojos, ya sin brillo,
observaban fijamente la figura que se acercaba a darle caza.
- No
esperaba que fueses a cogerme tan tarde. - Le dijo a Marcos, tosiendo
violentamente, con una leve sonrisa.
El
agente se acerca al herido.
- Ni yo
que te rindieses tan pronto, viejo amigo. Sabes que esto acaba aquí,
¿no? - Contestó el aludido, con un deje de tristeza.
- Sí.
Hazlo rápido. Mejor tú que otro.
Un
momento de titubeo, y, al fin, el jefe de la división Fahrenheit
saca el arma, y apunta a la cabeza. Suena un disparo, expandido su
sonido por el eco.
Con
lágrimas en los ojos, Marcos apunta en su libreta: "14 de
Noviembre a las 12:30 pm. El asesino prófugo ha sido ajusticiado.
Delito producido: Eliminar la coma de un fragmento de La Divina
Comedia. Pena impuesta originalmente por el tribunal: Tortura
ortográfica durante veinte años. Fin del parte policial."
Microrrelato seleccionado en I Concurso de Historias Cortas "Relatos Policíacos", de Letras con Arte.
viernes, 15 de mayo de 2015
Carta del rey blanco
Hola María, ¿qué tal estás? Espero
que bien.
Ya sé que no hablamos nunca, a pesar
de que estamos siempre mirándonos en la distancia. Te escribo desde
la otra punta del mundo, y, aún así, alcanzo a verte entre todas
esas figuras que buscan entorpecer la visión de la belleza en mis
ojos.
Es una pena que tengamos que vivir así,
en la retaguardia de dos bandos enfrentados por siempre, con colores
opuestos, y que cada vez que pueden se enzarzan en una sangrienta
guerra donde tú eres la figura que destaca, brillante, sobre todas
las demás. Eres mortífera y silenciosa a la par, y te encanta dejar
a tu paso ríos de sangre, enardeciendo tu figura. ¡Si pudiera tan
solo besarte antes de que el filo de tu espada pose sus labios sobre
mí! Cuán feliz sería, de poder acariciar tu faz oscura, mientras
los soldados se quedan blancos de rabia.
Y no, no me importa la gloria, me da
igual cazar a tu esposo, mientras tú estés en mis dominios. Que se
rompa el equilibrio, ¿qué más da? Si tú y yo podemos voltear el
juego durante siglos. Sé que es difícil escapar a la mano que lo
domina todo, pero, ¿no vale la pena intentarlo? No quiero creer que
estamos condenados a querernos mientras nos quitamos la vida entre
nosotros.
Seis cuadrados nos separan, y a mí me
cuesta avanzar, pues el universo es inmenso, y está lleno de
peligros, pero, ¡es tan fácil para ti alcanzarme! Me tienes al
alcance de tu mano, y, aún así, se siente tan lejano...
Lo único que me mantiene en pie son
las ganas de estar contigo. No puedo imaginarme cuándo será ese
día, de cualquier modo ya me has arrebatado este corazón de madera
que late con fuerza bajo mi coraza. Parece fuerte, pero se astilla al
menor golpe, sobre todo si son tus palabras las que asestan el
sablazo. De todas maneras, me niego a rendirme en esta lucha que
mantenemos los dos contra el destino. Me niego a que seas una
estrella en el horizonte, imposible de alcanzarse.
Y cuando las hostilidades comiencen, y
te tenga aquí a mi lado, podrás decir, sin levantar ningún arma, y
con razón: Jaque mate.
Porque ese día, ese día seré completamente
tuyo, y mi reino entero cambiará de color.
viernes, 24 de abril de 2015
Colorea el mundo
Sobre el fondo rojizo se distinguen las formas oscuras de los árboles, en un lugar donde las llamas que prenden los rastrojos se apagaron hace tiempo.
Una mochila con veinte piedras, sujetada en la espalda, imposible de quitar. Ella sabe que durante unos días, no se nota, pero a pesar del poco peso, a veces las piedras tiran de ella hacia abajo, cuando la energía sufre alguna oscilación negativa.
De vez en cuando musita alguna plegaria, una canción, cuya letra olvidó en la inmensidad de los problemas. Sabe que las únicas manos capaces de dibujar el camino son las suyas, y no las de algún Dios mudo escondido en la hipocresía del lobo. Y eso le alegra. Porque en las paredes en blanco puede levantar los intentos fallidos con sonrisas de colores.
Alguien se llevó el mes de Abril y dejó aquí una obra de arte inacabada, una ilusión, y un poema desconfigurado.
La hilera blanca
de tu rostro
desgarró la piel
de las sombras.
Sangre roja, azul,
qué más da,
qué más da,
si ya me has pintado.
Tus ojos hacen juego
con mi cabeza,
negro amargo,
penumbra dulce.
No debes abrir esta
caja sin sorpresa,
donde nadie nunca
supo conocer nada.
Coge mejor el día,
y sobre tu caballete
coloca tu bella curva
y colorea el mundo de ti.
Feliz cumpleaños, María Sancambro :)
Una mochila con veinte piedras, sujetada en la espalda, imposible de quitar. Ella sabe que durante unos días, no se nota, pero a pesar del poco peso, a veces las piedras tiran de ella hacia abajo, cuando la energía sufre alguna oscilación negativa.
De vez en cuando musita alguna plegaria, una canción, cuya letra olvidó en la inmensidad de los problemas. Sabe que las únicas manos capaces de dibujar el camino son las suyas, y no las de algún Dios mudo escondido en la hipocresía del lobo. Y eso le alegra. Porque en las paredes en blanco puede levantar los intentos fallidos con sonrisas de colores.
Alguien se llevó el mes de Abril y dejó aquí una obra de arte inacabada, una ilusión, y un poema desconfigurado.
La hilera blanca
de tu rostro
desgarró la piel
de las sombras.
Sangre roja, azul,
qué más da,
qué más da,
si ya me has pintado.
Tus ojos hacen juego
con mi cabeza,
negro amargo,
penumbra dulce.
No debes abrir esta
caja sin sorpresa,
donde nadie nunca
supo conocer nada.
Coge mejor el día,
y sobre tu caballete
coloca tu bella curva
y colorea el mundo de ti.
Feliz cumpleaños, María Sancambro :)
miércoles, 15 de abril de 2015
La armadura
Siempre fuiste una armadura hueca. Unas manos inexistentes sujetaban un hacha enorme, y con ella partías en dos todo aquello que hubiese por delante de tu camino y que te disgustaba. No importaba la resistencia. Lo que está vacío no puede destruirse. Lo máximo que se conseguía era un sonoro ruido ante las piezas de metal desperdigadas por el suelo.
Uno podría pensar que ese sonido no era otra cosa que la victoria, pero realmente era una falsa visión, donde hubo aire, más aire vendrá a ocupar su lugar. Ser de carne y hueso es una tara, y estar lleno de sangre, hace que todo pueda ser expulsado más rápido de adentro.
Por supuesto que no se puede vencer así a la armadura. Claro que, tampoco podemos volvernos como ella. La única manera es, hacerse con las piezas. Antes de que el hacha vuelva a caer frente a nuestra cara.
Uno podría pensar que ese sonido no era otra cosa que la victoria, pero realmente era una falsa visión, donde hubo aire, más aire vendrá a ocupar su lugar. Ser de carne y hueso es una tara, y estar lleno de sangre, hace que todo pueda ser expulsado más rápido de adentro.
Por supuesto que no se puede vencer así a la armadura. Claro que, tampoco podemos volvernos como ella. La única manera es, hacerse con las piezas. Antes de que el hacha vuelva a caer frente a nuestra cara.
lunes, 13 de abril de 2015
Sal
De nada sirvió darle la mano al silencio que tú misma me diste. Resignado, las estrechamos, como dos educados enemigos que no tienen más remedio que convivir juntos. Asentí con la cabeza, y, con un saludo, me marché. Él se vino conmigo, claro, ¿con quién iba a marcharse entonces?
Y, justo cuando ya nos llevamos bien, hasta el punto de olvidar las viejas rencillas, apareces tú de la mano del caos, y me apartas de mi compañero. Quizá entendí alguna de las palabras que dijiste, no lo sé. Fue extraño. ¿Qué sentido tiene aparecer ahora?
Ya enterraste en una fosa a medio hacer todas las palabras que pude formar para alejar al silencio, y tú te encargaste de dar la orden que abrió fuego. Entonces, ¿qué haces aquí ahora? Llevas en tu mejilla la sangre de los vencidos, donde el carmín se vuelve pálido, y tu sonrisa recrea monstruos ya desaparecidos.
Lárgate, márchate. No está bien dispararme en la pierna para luego salir corriendo y pedir que te siga. No le veo la lógica.
La sal no es lo mejor para las heridas, deberías saberlo.
Y, justo cuando ya nos llevamos bien, hasta el punto de olvidar las viejas rencillas, apareces tú de la mano del caos, y me apartas de mi compañero. Quizá entendí alguna de las palabras que dijiste, no lo sé. Fue extraño. ¿Qué sentido tiene aparecer ahora?
Ya enterraste en una fosa a medio hacer todas las palabras que pude formar para alejar al silencio, y tú te encargaste de dar la orden que abrió fuego. Entonces, ¿qué haces aquí ahora? Llevas en tu mejilla la sangre de los vencidos, donde el carmín se vuelve pálido, y tu sonrisa recrea monstruos ya desaparecidos.
Lárgate, márchate. No está bien dispararme en la pierna para luego salir corriendo y pedir que te siga. No le veo la lógica.
La sal no es lo mejor para las heridas, deberías saberlo.
miércoles, 1 de abril de 2015
El asesinato
Aquel día la ciudad parecía dormir por completo. Eran las cuatro de la mañana, y el único movimiento era el de los semáforos que marcaban el paso del inexistente tranvía. Se podía pasar por la carretera sin temor alguno, aún con el peatón de color rojo mirándote con enfado.
Es como si me estuviesen dando una llave con la que abrir el alma de esas calles, donde las luces hacían de las sombras todo un imperio que controlaban cada rincón. Fue entonces cuando lo vi. Allí, tumbado en el suelo, había un hombre. Borbotones de sangre por la boca, las manos en el tórax, aguantando a duras penas la marea roja que inundaba el asfalto.
Me quedé allí, paralizado, sin saber qué hacer. Decidí entonces acercarme, aguantando las ganas de vomitar, y soportando el olor que desprendía.
- ¿Qué ha pasado? ¿Quién le ha hecho esto? - Acerté a preguntar.
Su voz, apenas audible, acertó a decir tres palabras. Solo tres.
- Ya es... está aquí.
- ¿Quién está aquí? ¿Señor?
Demasiado tarde ya. Ya no respiraba. Le puse un pequeño espejo que llevaba conmigo en la cara, y nada. No quise tocar el cuerpo por razones obvias. De nada servía llamar a la ambulancia, así que fuí a una cabina pública y dejé recado de aquello. Yo no debía ser visto. No debía ser interrogado.
Con paso ligero me marché de allí, con el ruido de mis pisadas haciéndose ensordecedor. Es increíble lo que puede llegar a agudizarse el oído cuando lo que te rodea es un silencio mortal. Estaba alerta, ante cualquier movimiento que pudiese pertubar la aparente calma.
Fue ahí cuando apareció. Iba andando, tranquilo, un traseúnte despreocupado, que no llamaría la atención si no fuese la hora que era, y si no hubiese un cadáver dos calles más arriba. No podía ver bien su rostro. ¿Sabéis esa sensación que produce el alcohol en exceso que te difuculta la visión? Bueno, pues a mí no me hace falta probar ni gota. Quitándome las gafas ya me pasa. Y yo en ese momento no las llevaba. Se me cayeron en algún momento, y no sé cuando.
Eso explica que solo viese una sonrisa esbozándose en la lejanía. Eso justifica que saliese por patas, subiendo unas escaleras que habían cerca y que atajaban a un parque que quedaba más arriba. Pero era inútil. No escuchaba más pisadas que las mías. Ningún jadeo más que el que producía mi boca. El sudor, frío, a pesar de lo calurosa que era la noche, contrastaba con lo abrasados que sentía los pies.
Me giré un momento, y allí estaba esa persona. Siguiéndome el paso de forma perfecta. Se mantenía a la distancia suficiente como para darme esperanzas de huir, pero al mismo tiempo, la necesaria para atraparme si él quisiera.
- No tiene sentido que corras. No podrás huir. Solo he venido a devolverte algo.
Me detuve, curioso y escéptico a la vez. Preparado para defenderme como fuese necesario si la situación lo requería.
Se acercó, y, a pocos pasos de mí, me entregó un paquetito. Lo abrí allí, mientras el chico, sin dejar de sonreir, me miraba, expectante.
Dentro del paquete había, para mi sorpresa y asco, un cuchillo ensangrentado, y mis gafas, algo estropeadas y manchadas de sangre.
- ¿Por qué...? ¿Por qué me das esto a mí?
- ¿Cómo que por qué? Es tuyo. Te lo dejaste allí. - Respondió el chico, divertido.
- No lo entiendo. Yo cuando llegué ya había sucedido todo.
- Pues claro que sí. Lo que no sé es por qué volviste sobre tus pasos. Eso fue imprudente.
- Pero... El hombre dijo que "ya estaba aquí", refiriéndose a alguien.
- ¿Y qué esperas de una persona que va a morir? Se refería a su muerte. Que ya había llegado.
- No puede ser... ¿Quién eres tú?
- Me contrataste por si sucedía algo mientras realizabas el trabajo. Ya me imagino por qué. No pareces recordar bien las cosas, ¿eh? Anda, vámonos a deshacernos de eso antes de que la policía nos vea.
Para Andrea.
Palabras clave: Traseúnte, escalera, y suelo.
Es como si me estuviesen dando una llave con la que abrir el alma de esas calles, donde las luces hacían de las sombras todo un imperio que controlaban cada rincón. Fue entonces cuando lo vi. Allí, tumbado en el suelo, había un hombre. Borbotones de sangre por la boca, las manos en el tórax, aguantando a duras penas la marea roja que inundaba el asfalto.
Me quedé allí, paralizado, sin saber qué hacer. Decidí entonces acercarme, aguantando las ganas de vomitar, y soportando el olor que desprendía.
- ¿Qué ha pasado? ¿Quién le ha hecho esto? - Acerté a preguntar.
Su voz, apenas audible, acertó a decir tres palabras. Solo tres.
- Ya es... está aquí.
- ¿Quién está aquí? ¿Señor?
Demasiado tarde ya. Ya no respiraba. Le puse un pequeño espejo que llevaba conmigo en la cara, y nada. No quise tocar el cuerpo por razones obvias. De nada servía llamar a la ambulancia, así que fuí a una cabina pública y dejé recado de aquello. Yo no debía ser visto. No debía ser interrogado.
Con paso ligero me marché de allí, con el ruido de mis pisadas haciéndose ensordecedor. Es increíble lo que puede llegar a agudizarse el oído cuando lo que te rodea es un silencio mortal. Estaba alerta, ante cualquier movimiento que pudiese pertubar la aparente calma.
Fue ahí cuando apareció. Iba andando, tranquilo, un traseúnte despreocupado, que no llamaría la atención si no fuese la hora que era, y si no hubiese un cadáver dos calles más arriba. No podía ver bien su rostro. ¿Sabéis esa sensación que produce el alcohol en exceso que te difuculta la visión? Bueno, pues a mí no me hace falta probar ni gota. Quitándome las gafas ya me pasa. Y yo en ese momento no las llevaba. Se me cayeron en algún momento, y no sé cuando.
Eso explica que solo viese una sonrisa esbozándose en la lejanía. Eso justifica que saliese por patas, subiendo unas escaleras que habían cerca y que atajaban a un parque que quedaba más arriba. Pero era inútil. No escuchaba más pisadas que las mías. Ningún jadeo más que el que producía mi boca. El sudor, frío, a pesar de lo calurosa que era la noche, contrastaba con lo abrasados que sentía los pies.
Me giré un momento, y allí estaba esa persona. Siguiéndome el paso de forma perfecta. Se mantenía a la distancia suficiente como para darme esperanzas de huir, pero al mismo tiempo, la necesaria para atraparme si él quisiera.
- No tiene sentido que corras. No podrás huir. Solo he venido a devolverte algo.
Me detuve, curioso y escéptico a la vez. Preparado para defenderme como fuese necesario si la situación lo requería.
Se acercó, y, a pocos pasos de mí, me entregó un paquetito. Lo abrí allí, mientras el chico, sin dejar de sonreir, me miraba, expectante.
Dentro del paquete había, para mi sorpresa y asco, un cuchillo ensangrentado, y mis gafas, algo estropeadas y manchadas de sangre.
- ¿Por qué...? ¿Por qué me das esto a mí?
- ¿Cómo que por qué? Es tuyo. Te lo dejaste allí. - Respondió el chico, divertido.
- No lo entiendo. Yo cuando llegué ya había sucedido todo.
- Pues claro que sí. Lo que no sé es por qué volviste sobre tus pasos. Eso fue imprudente.
- Pero... El hombre dijo que "ya estaba aquí", refiriéndose a alguien.
- ¿Y qué esperas de una persona que va a morir? Se refería a su muerte. Que ya había llegado.
- No puede ser... ¿Quién eres tú?
- Me contrataste por si sucedía algo mientras realizabas el trabajo. Ya me imagino por qué. No pareces recordar bien las cosas, ¿eh? Anda, vámonos a deshacernos de eso antes de que la policía nos vea.
Para Andrea.
Palabras clave: Traseúnte, escalera, y suelo.
viernes, 27 de marzo de 2015
En picado
Me olvidé de respirar, no sabía cómo seguir, si todo carece de importancia y la vida se reduce a un compás lastimero y rutinario. Pocas cosas en el horizonte, solo un globo que se eleva para ver si salva algún trozo de cordura.
No sentir nada en absoluto es una sensación horrible, que te abre en canal y pinta de rojo todo cuanto te rodea. No, no es un puñetazo, ni tan siquiera una herida que escuece. Es la indiferencia, contemplar con pasividad cómo todo pasa y no montarte en la barca del tiempo. No cambias nada porque no estás en contacto con nadie, igual que una feminista aislada que cumple con todas las revoluciones mentales marcadas, pero que no las expande más allá de su habitación.
Una mota de polvo en las gafas del presente, cuyo único propósito es seguir existiendo cuando todo lo demás ya ha desaparecido. Una araña vieja y asustada sujeta a un último hilo cuando toda su red ya ha sido destruída por el palo de un niño travieso.
Un suspiro, la toalla perdida, y las letras como último colchón.
Para Sally
Palabras clave: Rojo, globo y feminismo.
No sentir nada en absoluto es una sensación horrible, que te abre en canal y pinta de rojo todo cuanto te rodea. No, no es un puñetazo, ni tan siquiera una herida que escuece. Es la indiferencia, contemplar con pasividad cómo todo pasa y no montarte en la barca del tiempo. No cambias nada porque no estás en contacto con nadie, igual que una feminista aislada que cumple con todas las revoluciones mentales marcadas, pero que no las expande más allá de su habitación.
Una mota de polvo en las gafas del presente, cuyo único propósito es seguir existiendo cuando todo lo demás ya ha desaparecido. Una araña vieja y asustada sujeta a un último hilo cuando toda su red ya ha sido destruída por el palo de un niño travieso.
Un suspiro, la toalla perdida, y las letras como último colchón.
Para Sally
Palabras clave: Rojo, globo y feminismo.
lunes, 23 de marzo de 2015
Dolor de garganta
En el fondo de la caverna roja un insecto golpea sobre la frágil pared. Nada consigue matarlo, y por las demás salidas solo se vierte sangre. La voz sale cambiada, débil, no se propaga como debería porque es retenida por afiladas cuchillas en su intento por subir hacia arriba, en el centro de la cueva.
Tampoco pudieron salvar mi hogar los consejos de una paladín de los colores, haciendo mezclas agridulces con sus idas y venidas. Me quedo aquí, sentado, mientras observo los muebles arder, tomándome una taza de café, frío, que desgarre las aberturas. No espero a ningún bombero, porque nada puede salvar ninguna cosa buena de las cenizas. Quizá, al fondo, un dibujo aún por empezar, donde solo la mitad de mí se consume y la otra se sube a la barca del olvido.
Tampoco pudieron salvar mi hogar los consejos de una paladín de los colores, haciendo mezclas agridulces con sus idas y venidas. Me quedo aquí, sentado, mientras observo los muebles arder, tomándome una taza de café, frío, que desgarre las aberturas. No espero a ningún bombero, porque nada puede salvar ninguna cosa buena de las cenizas. Quizá, al fondo, un dibujo aún por empezar, donde solo la mitad de mí se consume y la otra se sube a la barca del olvido.
martes, 17 de marzo de 2015
Soy
Hoy soy un libro con las palabras desordenadas, imposible de leer. La quiromancia más extraña, dormida en los posos de la brea que despiden mis ojos. Una bacanal confusa, adormecida, con los ánimos sin pulso alguno. Soy la antorcha que oscurece tu sonrisa de satisfacción. Una mano muerta que se desliza por el suave vaivén del aire, resistente a dejar de funcionar, cuando ya no queda nada por lo que moverse.
Hoy soy aún más un planeta hueco, que se sale de su órbita y se estrella contra la luna. Un montón de líneas difusas, con trazos de idas y retornos, irregulares compases cuyas bifurcaciones pierden la alegría. Un buscador chiflado que se pierde en el desierto de tus astros para nunca salir, muerto de hambre y sed, y ningún tesoro en sus manos.
Soy melancolía, una bruma espesa que sacude los cimientos de todo en lo que alguna vez creí. El hacha que termina de talar el solitario árbol milenario, cuyas raíces controlaban todo el bosque. La esperanza moribunda que rasca con sus uñas la puerta de lo inalcanzable, mientras jadea y escupe cuajerones de sangre.
No hay nada al otro lado, nada a lo que aferrarse, nada que voltee el rumbo de los barcos a la deriva.
Por eso hoy, más que nunca, puedo decir que, al hablar, el eco me responde.
https://youtu.be/2sNSA09euT8
Hoy soy aún más un planeta hueco, que se sale de su órbita y se estrella contra la luna. Un montón de líneas difusas, con trazos de idas y retornos, irregulares compases cuyas bifurcaciones pierden la alegría. Un buscador chiflado que se pierde en el desierto de tus astros para nunca salir, muerto de hambre y sed, y ningún tesoro en sus manos.
Soy melancolía, una bruma espesa que sacude los cimientos de todo en lo que alguna vez creí. El hacha que termina de talar el solitario árbol milenario, cuyas raíces controlaban todo el bosque. La esperanza moribunda que rasca con sus uñas la puerta de lo inalcanzable, mientras jadea y escupe cuajerones de sangre.
No hay nada al otro lado, nada a lo que aferrarse, nada que voltee el rumbo de los barcos a la deriva.
Por eso hoy, más que nunca, puedo decir que, al hablar, el eco me responde.
https://youtu.be/2sNSA09euT8
sábado, 14 de marzo de 2015
Da igual
En la diana de mis ojos apagados te entretienes en lanzarme dardos. Da igual, ya no me sirven. Quédatelos si quieres, juega con ellos hasta desangrarlos, nunca se saldrán de sus órbitas. Los perdí cuando me jugué contigo mis manos. No debí hacerlo, bien cierto es. Ahora no puedo controlar nada. Todo aquí adentro es tuyo, pues es con mis dedos con lo único que consigo expandir mi mundo.
Da igual, te los has ganado. No pude evitar apostar que, al contacto con mis dedos, tu piel se levantaría con la brisa del norte. Qué equivocado estaba. Ni siquiera un suspiro, solo quietud, esperanzas muertas. Cuervos llevándose las pocas emociones brillantes que aún guardaba. Da igual, ahora no sé lo que soy. Espero que puedas manejar mi cuerpo con tus hilos color burdeos. No sé si la niebla se despejará, ni si tú harás algo más que mirarme desde tu trono de lo desconocido.
No importa, aunque no la veas, te gusta el olor dulzón de la sangre. Aunque no sepas que se derrama, e insistas en llenarme las maletas de esperanzas. Pesan demasiado, y no creo poder cargarlas, aún así, mis manos son tuyas, y llevaré cualquier cosa. Pero luego no me hagas abrirlas para tirar el contenido por el suelo.
Porque eso, querida, eso no me da igual.
Para María del Mar.
Palabras clave: Dardos, cuervos, maletas.
Da igual, te los has ganado. No pude evitar apostar que, al contacto con mis dedos, tu piel se levantaría con la brisa del norte. Qué equivocado estaba. Ni siquiera un suspiro, solo quietud, esperanzas muertas. Cuervos llevándose las pocas emociones brillantes que aún guardaba. Da igual, ahora no sé lo que soy. Espero que puedas manejar mi cuerpo con tus hilos color burdeos. No sé si la niebla se despejará, ni si tú harás algo más que mirarme desde tu trono de lo desconocido.
No importa, aunque no la veas, te gusta el olor dulzón de la sangre. Aunque no sepas que se derrama, e insistas en llenarme las maletas de esperanzas. Pesan demasiado, y no creo poder cargarlas, aún así, mis manos son tuyas, y llevaré cualquier cosa. Pero luego no me hagas abrirlas para tirar el contenido por el suelo.
Porque eso, querida, eso no me da igual.
Para María del Mar.
Palabras clave: Dardos, cuervos, maletas.
martes, 10 de marzo de 2015
La última batalla
Vengo de un limbo lejano en el espacio, donde la ruleta siempre gira y nunca se detiene. No conozco mi suerte, aunque apueste hasta la saciedad por la misma mente. Nunca combatí de frente, agazapado en los parapetos de las palabras, aprendí a esquivar los obuses que pasaban entre áreas y áreas de kilómetros. Daré el paso, libraré mi única batalla de verdad entre cuervos ansiosos por picotearme la cara y arrancarme la piel de mis manos.
Ya no podré escudarme en nada. Extenderé mis brazos y me mostraré ante ti, experto francotirador. No duraré ni un asalto si decides matarme, pues demasiado he visto ya aquí, desde mi escondite, como para seguir luchando en una derrota interminable.
Y no, no esperes rendición si no aprietas el gatillo, pues aunque la carne hieda, y el dolor consuma, y la metralla desgarre la piel, y la sangre se vierta, deseosa de escapar, yo seguiré caminando hasta donde brillan tus ojos.
Ya no podré escudarme en nada. Extenderé mis brazos y me mostraré ante ti, experto francotirador. No duraré ni un asalto si decides matarme, pues demasiado he visto ya aquí, desde mi escondite, como para seguir luchando en una derrota interminable.
Y no, no esperes rendición si no aprietas el gatillo, pues aunque la carne hieda, y el dolor consuma, y la metralla desgarre la piel, y la sangre se vierta, deseosa de escapar, yo seguiré caminando hasta donde brillan tus ojos.
viernes, 6 de marzo de 2015
Bailar
Ya está todo listo. Con las flores que me regalaste he sembrado todo un campo de minas. Ya está todo listo, solo falta el pistoletazo de salida. Tú, en un lado, y yo, al otro. Frente a frente. ¿Qué es eso que destellea en tus ojos? ¿Será el reflejo de los míos? Me encanta, me encanta. Este es mi mundo, y nadie puede matarme, nada puede tocarme, y aún así, vamos a bailar.
Ven, quiero ver cómo le abrazas a la locura, aquí, en tierra de nadie, un cuchillo en la boca y una rosa en la mano, ¿acaso son cortantes tus besos?
Da igual la sangre si tus labios son dulces, ¿no crees cariño?
Cogí tus cartas y las lancé a la hoguera de la desesperación. Deberías haberlas visto arder. Pero eso no es nada comparado con tu cuerpo, ¿verdad, amor? Te mueves haciendo ruido, no eres silenciosa, y esos gritos de guerra tuyos llaman la atención de cualquier tirador enemigo. No los quiero alrededor, esto es entre tú y yo.
Te mostraré qué tengo yo entre mis manos. Mira, qué sorpresa. Son las ganas de agarrarte y cambiar de baile. Te rajaré la ropa con ese cuchillo, ya lo verás, nada más que barro en nuestros cuerpo, sobre las heridas rojas y las viejas cicatrices.
¿Que por qué no te pido eso? Pues porque los dos sabemos que a lo que más nos gusta jugar es a esto. A la danza del orgullo.
Para María B.
Palabras clave: Amor, orgullo, locura.
Ven, quiero ver cómo le abrazas a la locura, aquí, en tierra de nadie, un cuchillo en la boca y una rosa en la mano, ¿acaso son cortantes tus besos?
Da igual la sangre si tus labios son dulces, ¿no crees cariño?
Cogí tus cartas y las lancé a la hoguera de la desesperación. Deberías haberlas visto arder. Pero eso no es nada comparado con tu cuerpo, ¿verdad, amor? Te mueves haciendo ruido, no eres silenciosa, y esos gritos de guerra tuyos llaman la atención de cualquier tirador enemigo. No los quiero alrededor, esto es entre tú y yo.
Te mostraré qué tengo yo entre mis manos. Mira, qué sorpresa. Son las ganas de agarrarte y cambiar de baile. Te rajaré la ropa con ese cuchillo, ya lo verás, nada más que barro en nuestros cuerpo, sobre las heridas rojas y las viejas cicatrices.
¿Que por qué no te pido eso? Pues porque los dos sabemos que a lo que más nos gusta jugar es a esto. A la danza del orgullo.
Para María B.
Palabras clave: Amor, orgullo, locura.
Dos lugares distintos
Toco el piano usando mis manos ensangrentadas. Me desgarré la piel, pudo conmigo la termitera del interior. No cesaba de mandar sacudidas eléctricas por todas partes. Ningún bálsamo, ningún poder que pueda cubrir el dolor de acariciar con la carne. Ningún escudo, por frágil que sea. No es la lepra, no. Es mi cabeza. Cuchilladas de carnicero, destrozando lo que la mente no puede depurar. Debilidad, notas amargas. Una línea del frente que abarca kilómetros de distancia entre la locura y el delirio, donde las ideas más peligrosas fueron liberadas de sus cárceles censuradoras. Una nueva era empieza, donde el poder de la mente domina todos los combates y todas las batallas frente a la debilidad de lo carnal.
No es que tus armas no sean poderosas, es que las mías no se ven. Y, ¿qué puedes hacer tú contra lo que te derrota desde las sombras? ¿Cómo parar la maquinaria de lo invisible? Da igual que dispares, no podrás detener una explosión nuclear en tu cabeza.
No es que tus armas no sean poderosas, es que las mías no se ven. Y, ¿qué puedes hacer tú contra lo que te derrota desde las sombras? ¿Cómo parar la maquinaria de lo invisible? Da igual que dispares, no podrás detener una explosión nuclear en tu cabeza.
martes, 3 de marzo de 2015
Recuerdos
No sé qué le llevó a Martin llevar a cabo aquella acción, yo aún no puedo darme cuenta de nada, aunque lo vi todo, aquel día, en el bosque. Pero si se lo contase a alguien seguramente me hubieran tildado de loco, y el que hoy les escribe para intentar quitar tinieblas del extraño caso acontecido en el Glad Forest hace veinte años, seguramente estaría en el centro de salud mental.
Verán, Martin era un joven maestro de escuela, en aquel agujero en medio de la nada que era mi pueblo. No estaba en medio de la nada, es cierto, porque la ciudad estaba cerca. Pero las mentalidades eran demasiado conservadoras, como suele darse en estos lugares. Yo era un muchacho que aún tenía todo por descubrir, y la fascinación que sentía por mi maestro, me hizo seguirlo a través del bosque. No lograba entender cómo alguien como él, que sabía seis idiomas, y era muy inteligente, hubiera acabado en un sitio como este, cuando seguramente en otros lugares estaría mejor.
El caso es, que aquel día Martin estaba extraño. Caminaba con dificultad, con pesar, y llevaba una mochilita a la espalda. Anduvimos largo rato, y, en el centro del bosque, se detuvo. Había un tronco enorme de un viejo pino que había sido cortado al estar enfermo, y ahí se sentó mi maestro. Abrió la mochila, y sacó un trozo de queso y algo de pan. Debo decir que me dió hambre, pues era ya tarde, y quedaba poco sol en el cielo. Y yo, que era un poco miedica por aquel entonces, dudaba sobre si salir, o quedarme así. Ahora me alegro de haberme quedado escondido, pues lo que voy a revelar, sin duda se os antojará terrorífico.
Una vez hubo terminado de comer, Martin cogió de la mochila un escalpelo, y una foto, en la que aparecía una chica. No sabía quién era, ni nunca lo sabré, porque no supe más que aquello. Entonces, comienza a cantar. No conozco el idioma, pues yo no tenía ni idea de lo que decía. Lo único que sabía era que estaba impregnada de melancolía y de dolor. Era noche cerrada, y yo estaba paralizado de miedo, pues no me esperaba una escena así.
Cuanto más cantaba, más desgarrada era la canción, llegando a incluso a llorar. Yo me aguantaba como podía. Entonces, empezaron a llegar luciérnagas, pues no lejos de allí había un lago donde solían ir. Lo curioso era que todas iban hacia él, y se posaban en su cuerpo. Una vez terminada la canción, cogió el escalpelo, y, con determinación, se rajó el cuello. Rápido. Limpio.
Las luciérnagas se fueron todas, como si aquello fuese un horrible crímen en el estado de la naturaleza. Todas, excepto una. Se quedó en el cuello, llenándose de sangre, y su luz fue haciéndose cada vez más y más intensa, de un rojo increíble, hasta el punto en que pensé que podía llegar a estallar en cualquier momento. Fue entonces cuando llegó lo peor. La luciérnaga se dirigió hacia mí, lenta, pero inexorable, y se posó en mis labios. Ya pueden imaginarme. Ojos abiertos de par en par, a punto de llorar y gritar, conmocionado por lo que acababa de ver. Un espectáculo poco digno de ver, un espectador inoportuno.
Y fue cuando lo escuché. La voz, la maldita voz de Martin. Parecía provenir directamente de aquella luciérnaga endiablada.
- Escucha bien, Aluccard, la lucha que no lleva a nada acaba en derrota, nunca pelees por aquello que no aprecia tu esfuerzo, no te marques un solo camino, porque si se corta, no sabes adonde ir. No seas como yo Aluccard, o las libélulas devorarán tu alma.
Para Nana
Palabras clave: Libélula, escalpelo, políglota.
Verán, Martin era un joven maestro de escuela, en aquel agujero en medio de la nada que era mi pueblo. No estaba en medio de la nada, es cierto, porque la ciudad estaba cerca. Pero las mentalidades eran demasiado conservadoras, como suele darse en estos lugares. Yo era un muchacho que aún tenía todo por descubrir, y la fascinación que sentía por mi maestro, me hizo seguirlo a través del bosque. No lograba entender cómo alguien como él, que sabía seis idiomas, y era muy inteligente, hubiera acabado en un sitio como este, cuando seguramente en otros lugares estaría mejor.
El caso es, que aquel día Martin estaba extraño. Caminaba con dificultad, con pesar, y llevaba una mochilita a la espalda. Anduvimos largo rato, y, en el centro del bosque, se detuvo. Había un tronco enorme de un viejo pino que había sido cortado al estar enfermo, y ahí se sentó mi maestro. Abrió la mochila, y sacó un trozo de queso y algo de pan. Debo decir que me dió hambre, pues era ya tarde, y quedaba poco sol en el cielo. Y yo, que era un poco miedica por aquel entonces, dudaba sobre si salir, o quedarme así. Ahora me alegro de haberme quedado escondido, pues lo que voy a revelar, sin duda se os antojará terrorífico.
Una vez hubo terminado de comer, Martin cogió de la mochila un escalpelo, y una foto, en la que aparecía una chica. No sabía quién era, ni nunca lo sabré, porque no supe más que aquello. Entonces, comienza a cantar. No conozco el idioma, pues yo no tenía ni idea de lo que decía. Lo único que sabía era que estaba impregnada de melancolía y de dolor. Era noche cerrada, y yo estaba paralizado de miedo, pues no me esperaba una escena así.
Cuanto más cantaba, más desgarrada era la canción, llegando a incluso a llorar. Yo me aguantaba como podía. Entonces, empezaron a llegar luciérnagas, pues no lejos de allí había un lago donde solían ir. Lo curioso era que todas iban hacia él, y se posaban en su cuerpo. Una vez terminada la canción, cogió el escalpelo, y, con determinación, se rajó el cuello. Rápido. Limpio.
Las luciérnagas se fueron todas, como si aquello fuese un horrible crímen en el estado de la naturaleza. Todas, excepto una. Se quedó en el cuello, llenándose de sangre, y su luz fue haciéndose cada vez más y más intensa, de un rojo increíble, hasta el punto en que pensé que podía llegar a estallar en cualquier momento. Fue entonces cuando llegó lo peor. La luciérnaga se dirigió hacia mí, lenta, pero inexorable, y se posó en mis labios. Ya pueden imaginarme. Ojos abiertos de par en par, a punto de llorar y gritar, conmocionado por lo que acababa de ver. Un espectáculo poco digno de ver, un espectador inoportuno.
Y fue cuando lo escuché. La voz, la maldita voz de Martin. Parecía provenir directamente de aquella luciérnaga endiablada.
- Escucha bien, Aluccard, la lucha que no lleva a nada acaba en derrota, nunca pelees por aquello que no aprecia tu esfuerzo, no te marques un solo camino, porque si se corta, no sabes adonde ir. No seas como yo Aluccard, o las libélulas devorarán tu alma.
Para Nana
Palabras clave: Libélula, escalpelo, políglota.
jueves, 26 de febrero de 2015
Vida y obra de una lágrima
Me deslizo entre las hojas que pueblan los astros de la avenida 16, no me muevo yo, me mueve el viento. Choco contra las tinieblas de tu cuerpo, un visitante más, un litro de sangre menos; se quedó pegado a ti, cuando cerraste las compuertas de los faros. Me muevo entre la arena de tus tapices, y es cuando me voy quedando pegado a tu pintura: Ya avanzo poco. Es entonces que una enfermera me inyecta el 0 negativo, y vuelvo a correr entre la eterna llanura que baja al inframundo por un único camino.
Pero no creo poder bajar, cuando el parapeto me lleva a cárceles de porcelana, y, ahí, me lanzo al vacío para ser arrastrado de nuevo. Los dulces y yo no encajamos, qué le vamos a hacer. Qué le vamos a hacer si, aunque el momento sea alegre, soy salada como el mar.
Pero no creo poder bajar, cuando el parapeto me lleva a cárceles de porcelana, y, ahí, me lanzo al vacío para ser arrastrado de nuevo. Los dulces y yo no encajamos, qué le vamos a hacer. Qué le vamos a hacer si, aunque el momento sea alegre, soy salada como el mar.
martes, 17 de febrero de 2015
Acantilados
Volví a caer dentro de zarzas en medio de la lluvia. Tropezar al borde de un acantilado puede darte colchones extraños, con espinas que atraviesan la piel, pero que salvan la vida. La lluvia me riega a mí, y la sangre riega las zarzas. La tierra y el arbusto se vuelven rojos, y comienzan a brotar flores del mismo color entre las espinas.
Es entonces cuando me quito poco a poco de las espinas, fuertemente incrustadas. Caigo al suelo, sin apenas poder moverme. Me falta el aliento.
No sé cómo seguir, cómo continuar, cuando el tsunami del tiempo me ahoga y la vida se me escapa entre suspiros de metralla. No hay nadie ahí fuera, en la yerma extensión de mi mente, y las bombas desgarraron mi piel. Desnudo, sin nada, una mancha roja tumbada en el suelo.
Es entonces cuando me quito poco a poco de las espinas, fuertemente incrustadas. Caigo al suelo, sin apenas poder moverme. Me falta el aliento.
No sé cómo seguir, cómo continuar, cuando el tsunami del tiempo me ahoga y la vida se me escapa entre suspiros de metralla. No hay nadie ahí fuera, en la yerma extensión de mi mente, y las bombas desgarraron mi piel. Desnudo, sin nada, una mancha roja tumbada en el suelo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)