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jueves, 3 de diciembre de 2015

Dos mujeres (II)


II

Aún veo las huellas,
y ni aún así dejo
de buscar atrás,
esperando ilusiones.

No conozco a mi musa,
se largó antes de verme,
sus campos de batalla se
libran fuera de aquí.

Yo la persigo, cruel utopía,
me deja rastros, canciones,
y a mí me salen palabras,
allí donde antes era humo.

Nos saludamos, extraños,
ella busca rehacerse,
yo busco su vacío,
nunca nos tocaremos.

Soy un imán con el mismo
polo para todos, la daga,
guardo la pureza roja
bajo la manga de mi sonrisa.

Dibujo en los espejos,
así no rompo ninguno,
y es que destroza ver el
rostro de una mala estrella.

Quebrado, como los trozos
de esperanza del piso,
mantengo en pie los
puentes que se alzaron.

Viviendo en la periferia
de sus pensamientos,
me harté de tragar barro
y detener la sangre.

No soy de ella, pertenezco
a la ruina, hijo del olvido,
bebo para recordar, y sueño
para borrar mi memoria.

Aún así la veo, riendo,
en los límites de la locura,
sobre el precipicio que
jamás podré saltar.

jueves, 8 de octubre de 2015

Caníbal

A veces surge que
en este recipiente
se rompen rastros
de algo bello.

Y quiero huir,
tal vez otras manos
puedan lograrlo,
tal vez otro rostro
gane las Termópilas.

Y me devoro, voraz,
un dolor otro palia,
y donde la sangre 
fluye no se siente.

Y cada vez menos
humano, más yo,
la fuerza imposible
del inestable.

El desgarro que 
causa ese pico,
no quisiera que 
lo sufrieras,
nunca viste así
tal felicidad.

A veces se marcha
y creo estar tranquilo,
pero vuelve la tormenta,
cuando todo cicatriza.

Un vicio es poco, sin
aditivos, nada edulcora
la destrucción.

Y dirás que puedo huir,
hacer frente, sí, 
batalla cerebral eterna.

Tal vez si tomases
lo que soy, tal vez
las cuchillas devorarían
otra cosa distinta.

 

martes, 10 de marzo de 2015

La última batalla

Vengo de un limbo lejano en el espacio, donde la ruleta siempre gira y nunca se detiene. No conozco mi suerte, aunque apueste hasta la saciedad por la misma mente. Nunca combatí de frente, agazapado en los parapetos de las palabras, aprendí a esquivar los obuses que pasaban entre áreas y áreas de kilómetros. Daré el paso, libraré mi única batalla de verdad entre cuervos ansiosos por picotearme la cara y arrancarme la piel de mis manos.

Ya no podré escudarme en nada. Extenderé mis brazos y me mostraré ante ti, experto francotirador. No duraré ni un asalto si decides matarme, pues demasiado he visto ya aquí, desde mi escondite, como para seguir luchando en una derrota interminable.

Y no, no esperes rendición si no aprietas el gatillo, pues aunque la carne hieda, y el dolor consuma, y la metralla desgarre la piel, y la sangre se vierta, deseosa de escapar, yo seguiré caminando hasta donde brillan tus ojos.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Amistad

Hoy no es un buen día. Todo está nublado, dentro y fuera. Ni siquiera llueve, no. Ni siquiera eso. Quizá sea porque no sé qué hacer para que los hilos de la suerte vuelvan a mis dedos. Los cortaste tú, con una sola mirada. No era una mirada mala, solo era la que no quería ver. Todo es injusto, ¿verdad? Pero no te culpo. No es algo extraño. Solo que, eso puede conmigo.

He construido con mis manos mundos que ni siquiera sabía que existían, solo para ti. Y podría hacer más, si quisieras. No sabes cuántos segundos murieron en la batalla de las horas únicamente para poder acariciar con los dedos las alambradas de tu alma. He acariciado el cielo de tu piel desde el infierno, sin saber qué paso dar para evitar más muertes, rodeado de cloro y gas mostaza, y como máscara protectora, el eco de tu voz viajando a través de la desolación. Conseguí para ti la flor escondida en la ciudad de la metralla, escondida tras barro y metal, bajo un casco de ilusiones.

Yo, que he recorrido kilómetros y kilómetros en lugares únicos, que he viajado bajo el peligro de lo estático, y como única guía, la locura.
Yo, que lo único que quería era embriagarme de tu aliento durante toda la noche, embarcados sobre rayos de erizos.

Y ahora te veo, levantas bandera blanca, y te conviertes en mi amiga. Y quieres paz, cuando yo llevo todo un ejército dedicado a la guerra. Me colocas en la frontera, cuando yo quiero la anexión.
Y es que la neutralidad es extraña. Sobre todo cuando me ofreces una tregua que yo nunca podré ganar.

La del silencio.

Para Marta.



Palabras clave: Amistad, infierno, flor.

martes, 5 de noviembre de 2013

Shadows

A veces pienso que todas las personas somos círculos. Y que nos hacemos más grandes dependiendo de quién nos vea. A su vez, entramos dentro de otros círculos, en menor o mayor grado, compartiendo un espacio que puede modificarse. Entre todos se forma una gran estructura, pero lo que interesa aquí son las relaciones unipersonales. Imaginen dos círculos que se van aproximando cada vez más, tanto, que las acciones propias que a uno le puedan parecer insignificantes, al otro puede llegar a calarle hondo. Esto se debe a que se dualizan las emociones, y, aunque en muchas ocasiones, ambos las compartan, otras veces sentirán emociones intensas en solitario por una cosa determinada, mientras que la otra persona no sentirá igual. Solo cuando los dos círculos se unen hasta alcanzar casi la forma de otro círculo, se da una mayor unanimidad, pero como causa de que los sentimientos ganan la batalla frente al vacío de antaño.

martes, 8 de octubre de 2013

Flores para el cementerio

Era un día nublado. El sol se escondía tras las nubes grisáceas, mientras que mis piernas se movían solas por las calles. No sabía hacia donde iba, ni qué haría a lo largo del trayecto. Después de un rato me salí a la periferia, y, a mi alrededor, habían zonas donde crecían flores muy diversas. Supe que debía coger, atrapar muchas entre mis manos, hasta hacer un ramo generoso.

Blanco, rojo, anaranjado, y rosáceo; esos eran los pigmentos que batallaban entre ellos para llamar la atención del ojo humano. Continué mi camino, en una carretera de sentido único, sin vehículos, yo solo. No lo sabía, pero estaba en dirección hacia el cementerio. Una verja enorme se alzaba flanqueada por un blanco muro que abrazaba el terreno de la muerte. Entré en el lugar, y, caminando sobre las piedras que marcaban el camino entre la hierba, iba observando el lugar sin dejar de andar. Los cipreses, alargados, gobernaban el lugar. Y, bajo su regio mandato, el viento se moderaba lo justo para acariciarlos y moverlos levemente.

Parecía que iba a llegar a mi destino, cuando vi a una chica con un vestido blanco, de espaldas, delante de una lápida. Al escucharme, se giró, y sonriendo, dijo:

- Te estaba esperando. ¿Eso es para mí?- Preguntó, muy contenta, señalando el ramo de flores.

Asentí con la cabeza, y al darle el ramo, posó sus labios sobre los míos, durante un par de segundos. Me cogió de la mano y salimos del cementerio.

Y, en la descripción de la tumba que acababa de dejar atrás, se leía: "Aquí yace Soledad".