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martes, 26 de mayo de 2015

La ciudad de las sombras

Las viejas ramificaciones se unen con las nuevas, dentro del árbol milenario de la ciudad. Las sombras se esconden entre los pulmones de la vida, y todo viajero sabe que puede ser atraído por el afilado corte de la curiosidad. No sabes qué hay en cada portal, en cada esquina, cuando tus pasos te llevan a lo antiguo.

¿Qué se esconde tras las máscaras de la gente? Ellos también respiran la oscuridad de la ciudad. Algunos conocen bien por dónde se mueven los monstruos y prefieren evitarlos. Otros, en cambio, se unen a ellos para aumentar las legiones. El humo de las tinieblas puede deslizarse por el gaznate, entrar en las venas diluido en sangre, o meterse por la nariz, carcomiendo el tabique con su mala praxis.
Todo visitante es atraído por la falsa luz atractiva de los neones, que indican el camino hacia el negro palacio de la noche. Claro que, todo tiene un precio. Nada es gratis en la cuna del placer.

Intrincados callejones hacia la locura, nuevas experiencias, donde los museos de lo cotidiano cambian de exposición conforme pasan las horas. Los templos de los abstemios solo se llenan una vez, durante el día, hasta que los cubren las alas de la bruma, la niebla de los sentidos, los jinetes tenebrosos. Los cuadros de la gente se difuminan, y se confunden, surreales, extraños, obras de Monet en la distancia. Ser parte o no de la ciudad, te preguntarás. Fundirse con los muros, las pisadas uniformes del espectro que lo controla todo. O correr persiguiendo la salvación, en contra de los designios del corazón, que domina los cerebros de la gente que entra en su circulación.

Si me preguntas a mí, no sé qué decirte. Si me preguntas a mí, puede que no sepa la respuesta. Porque nunca traspasé la línea que separa la ciudad de mis pies.

miércoles, 1 de abril de 2015

El asesinato

Aquel día la ciudad parecía dormir por completo. Eran las cuatro de la mañana, y el único movimiento era el de los semáforos que marcaban el paso del inexistente tranvía. Se podía pasar por la carretera sin temor alguno, aún con el peatón de color rojo mirándote con enfado.

Es como si me estuviesen dando una llave con la que abrir el alma de esas calles, donde las luces hacían de las sombras todo un imperio que controlaban cada rincón. Fue entonces cuando lo vi. Allí, tumbado en el suelo, había un hombre. Borbotones de sangre por la boca, las manos en el tórax, aguantando a duras penas la marea roja que inundaba el asfalto.

Me quedé allí, paralizado, sin saber qué hacer. Decidí entonces acercarme, aguantando las ganas de vomitar, y soportando el olor que desprendía.

- ¿Qué ha pasado? ¿Quién le ha hecho esto? - Acerté a preguntar.

Su voz, apenas audible, acertó a decir tres palabras. Solo tres.

- Ya es... está aquí.
- ¿Quién está aquí? ¿Señor?

Demasiado tarde ya. Ya no respiraba. Le puse un pequeño espejo que llevaba conmigo en la cara, y nada. No quise tocar el cuerpo por razones obvias. De nada servía llamar a la ambulancia, así que fuí a una cabina pública y dejé recado de aquello. Yo no debía ser visto. No debía ser interrogado.

Con paso ligero me marché de allí, con el ruido de mis pisadas haciéndose ensordecedor. Es increíble lo que puede llegar a agudizarse el oído cuando lo que te rodea es un silencio mortal. Estaba alerta, ante cualquier movimiento que pudiese pertubar la aparente calma.

Fue ahí cuando apareció. Iba andando, tranquilo, un traseúnte despreocupado, que no llamaría la atención si no fuese la hora que era, y si no hubiese un cadáver dos calles más arriba. No podía ver bien su rostro. ¿Sabéis esa sensación que produce el alcohol en exceso que te difuculta la visión? Bueno, pues a mí no me hace falta probar ni gota. Quitándome las gafas ya me pasa. Y yo en ese momento no las llevaba. Se me cayeron en algún momento, y no sé cuando.

Eso explica que solo viese una sonrisa esbozándose en la lejanía. Eso justifica que saliese por patas, subiendo unas escaleras que habían cerca y que atajaban a un parque que quedaba más arriba. Pero era inútil. No escuchaba más pisadas que las mías. Ningún jadeo más que el que producía mi boca. El sudor, frío, a pesar de lo calurosa que era la noche, contrastaba con lo abrasados que sentía los pies.

Me giré un momento, y allí estaba esa persona. Siguiéndome el paso de forma perfecta. Se mantenía a la distancia suficiente como para darme esperanzas de huir, pero al mismo tiempo, la necesaria para atraparme si él quisiera.

- No tiene sentido que corras. No podrás huir. Solo he venido a devolverte algo.

Me detuve, curioso y escéptico a la vez. Preparado para defenderme como fuese necesario si la situación lo requería.

Se acercó, y, a pocos pasos de mí, me entregó un paquetito. Lo abrí allí, mientras el chico, sin dejar de sonreir, me miraba, expectante.

Dentro del paquete había, para mi sorpresa y asco, un cuchillo ensangrentado, y mis gafas, algo estropeadas y manchadas de sangre.

- ¿Por qué...? ¿Por qué me das esto a mí?
- ¿Cómo que por qué? Es tuyo. Te lo dejaste allí. - Respondió el chico, divertido.
- No lo entiendo. Yo cuando llegué ya había sucedido todo.
- Pues claro que sí. Lo que no sé es por qué volviste sobre tus pasos. Eso fue imprudente.
- Pero... El hombre dijo que "ya estaba aquí", refiriéndose a alguien.
- ¿Y qué esperas de una persona que va a morir? Se refería a su muerte. Que ya había llegado.
- No puede ser... ¿Quién eres tú?
- Me contrataste por si sucedía algo mientras realizabas el trabajo. Ya me imagino por qué. No pareces recordar bien las cosas, ¿eh? Anda, vámonos a deshacernos de eso antes de que la policía nos vea.


Para Andrea.


Palabras clave: Traseúnte, escalera, y suelo.

jueves, 12 de marzo de 2015

Las sombras de la ciudad

El espectro de la ciudad es un árbol con ramificaciones extrañas, perturbadoras. Un murmullo de oscuridad corroe los callejones y las alcantarillas exteriores. Figuras grises, no hay matiz, no hay conocimiento sobre el tamaño del monstruo o de la cuchilla. Da igual que quieras protegerte el cuello, si no tienes cuidado, el farolillo rojo te atraerá hacia la misma puerta de las tinieblas.

Las sombras de la ciudad están ahí, aunque no puedas verlas, aunque no quieras verlas. Tú eres parte de ellas, en mayor o menor medida. De ti depende que te absorban o luchar contra ellas. Es cierto que no sabes cuales son, pero de algún modo, se distinguen de lo demás porque rompen con lo que esperabas. Seguridad, armonía, olvida eso. Si no puedes ver la brecha en las pisadas del asfalto es que realmente ya te ha devorado la ciudad.


jueves, 5 de marzo de 2015

A mi querida enemiga

Tú, grasa andante,
albóndiga gigante
cuyos fofos pies
arman terremotos.

Me acaricias con
gruesas morcillas,
saliva corriendo
por tu barbilla.

Ven, ven aquí,
deja que toque
tu nido de escalopendras
oscuras y finas.

Ven, ven aquí,
cántame con
tu ahogada voz
unas rancheras.

No importa que tardes,
yo te espero:
Diez minutos en tren,
cuarenta en el velero.

Y es que es lo que hay,
si te tropiezas
le digo adiós al herrete,
que con tus planchas
me fundes, rico tranchette.

Y así te quiero yo,
hermosa, bien alimentá,
que para ver palos
tengo la ciudad.  

Para María, o Eme, como le gusta a ella.

Palabras clave en poesía: Escalopendra, albondiga y herrete.

viernes, 20 de febrero de 2015

Apuestas

Andar bajo la lluvia puede ser alentador, sobre todo si no tienes adonde ir. Caminar, caminar, y avanzar hacia una ciudad derruida, donde los destrozos cubren el pavimento, y los edificios parecen haber sido cortados con una espada en un corte diagonal.

Ustedes no saben lo que es ver la completa calma en movimiento. Coches destrozados, brisas de aire que se llevan la primavera lejos, y monstruos de nieve que buscan destrozarte con sus gélidos abrazos.
No sé si soy un perdedor, cuando en este momento solo estamos yo y la soledad. No sé si hago mal mis apuestas, jugándome lo único que me queda. Mi ropa, un libro, y una sonrisa. Si te atreves, ven, haz tu apuesta.

lunes, 14 de julio de 2014

City of echoes

Voces que se entrecruzan y vuelven a sonar, una y otra vez, rebotan, vuelan, saltan, sin querer apagarse. Son mariposas eternas en medio del silencio. Nada. Eran dos luchadores con espadas de papel que podían darse realmente fuerte, y herir al otro. Y el mismo papel usado servía para cubrir la herida. No llega la sangre al río. Ni siquiera sale sangre. Balas de aire. Bombas de insomnio.

Edificios pintados con cera y asfalto de flores, con vehículos transparentes como fantasmas, atravesando todo a su paso. Su luz llenaba por completo la de las farolas, y en medio de la ausencia de ruido, era un estruendoso huracán. Lo removía todo con sus momentos mudos. El largo pelo le tapaba el rostro, igual que si fuese una capucha y un pasamontañas a la vez. Se sentaba allí, en el bar Las Dudas, y bebía sin parar hasta que yo iba a por ella y la devolvía de nuevo a su casa. Una vez allí se calmaba, mientras que los vándalos de la Estabilidad destrozaban el bar. Hasta que volvieran a arreglarlo. Hasta entonces puedo hacer que no sienta la necesidad de pasar por allí.


Seguimos danzando, con ganas, sonido disperso, pétalos flotando. Es la misma danza, mismo son, y las notas atraviesan las corazas más duras. Sabemos que es complicado realizar el baile, pero las ganas pueden con todos los monstruos de la noche, y los escudos que cubren el escenario nos salvan de cuchillas exteriores. El poder de dos se vuelve el de uno solo. Y las olas de nuestras aguas inundarán esta pequeña ciudad llena de ecos.



https://www.youtube.com/watch?v=zukO1h11hrM

lunes, 28 de octubre de 2013

Manchas

Soy una mancha que camina por la ciudad. Las farolas encendidas flanquean el camino. El suelo está mojado. Llovió no hace mucho. Árboles peleándose por arrebatarle el lugar a las farolas. No hay coches, no hay motos. Nada en la carretera. Casas monótonas en el otro lado. El cielo es una mezcla heterogénea de colores azulados. Soy una mancha. Me expando por todos sitios, formo figuras, pero no se engañe, soy lo que soy. Voy al lado de una mujer llamada Helena, con una mascota que no recuerdo haber tenido. Un perro negro. Solo cabe ir hacia delante, bajo la luz de las farolas, aunque solo me fije en la que irradian sus ojos. ¿Dónde está? ¿Sigue ahí? Porque me muevo un poco y desaparece de mi vista. Y otra vez me difumino entre colores fríos y cálidos. Me muevo en los charcos. Me aferro a ella con fuerza: No quiero perderla. Pero solo soy una mancha... ¿Qué puede hacer una mancha sino expandirse y cambiarlo todo? ¿Qué puedo hacer sino dibujar con palabras lo que no puedo retratar en un lienzo?


jueves, 10 de octubre de 2013

¡No me grites!

Las caprichosas nubes del sueño me envuelven, y entonces me convierto en un niño pequeño que juega en un parque de la ciudad. Me pongo a gritar mientras corro con los brazos extendidos, y, de repente, una niña que hay cerca de mí me dice que me calle. "No me grites", dice. Me detengo a unos palmos de ella.

- No te estaba gritando...- Musité.

Como no parecía convencida, le di un abrazo.

- Tonto.- Murmuró.

Me cogió de la mano y me llevó al tobogán. Pero al llegar al suelo ya no estaba en el parque, sino nadando en un estanque. Era el atardecer, y alrededor mía había nenúfares flotando. En la orilla, los juncos danzaban horizontalmente. No era muy grande el espacio, y el agua estaba algo fría. De mi mano seguía teniendo a aquella muchacha, pero me percaté de que ambos habíamos crecido. Tenía el pelo mojado, largo, y se le quedaba flotando sobre el agua. Me miraba sonriente, en silencio, como esperando a que hiciera algo. Nos quedamos así, largo rato, y fue entonces que ella se acercó y me acarició el pelo y los brazos. Empecé a sentir calor a pesar de la temperatura del estanque. Me acerqué al cabo de un rato, y, tras darle un beso en su húmeda mejilla, le mordisqueé dulcemente en el hombro. Fue entonces que me apartó y me dijo: "No me ciega la luz rápida del rayo, sino la pausada y tranquila respiración que exhalas en mi oído".



lunes, 7 de octubre de 2013

Vidas cruzadas

Hoy, por un instante, las conexiones neuronales se esmeraron en dibujar relaciones entre dos mentes alejadas, que dibujaron una brecha durante mucho tiempo. No arde el fuego cuando ya se han consumido las cenizas, no para el tren cuando se ha perdido, y lo que sí queda es el pensamiento de lo que pudo ser y de lo que nunca ha sido.

Pero las cartas de la mano van cambiado, la baraja se modifica, y lo mismo te sale un as que te sale el joker. Y lo mismo te va bien con las dos, pero las reglas del juego no cambian, siempre se mueve la ruleta rusa. No queda nada como una simple anécdota, y, sin embargo, es como si una red interminable se moviera por toda la ciudad, y tú y yo cambiamos aleatoriamente de papel. El insecto y la araña, pero curiosamente, un insecto que ansía ser devorado, y una araña que, ya saciada, se niega a tomar esa vida voluntaria.



"Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Quién ha muerto en el? Leamos. ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!"- Mariano José de Larra.

http://youtu.be/wNI3ZOnq7Ro