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martes, 24 de noviembre de 2015

Silencio

No encontré más
que una marioneta,
sonriente palidez.


Ni siquiera un
ventrilocuo triunfa
ante tu barrera,
sonriente tristeza.


Ni siquiera el
eco conversa,
amueblada cabeza
que detiene la voz.


Y tus disparos
cercenan fieros,
te escondes bien
tras la muralla.


¡Oh, tremendo alboroto!,
¡oh, tremenda algarabía!,
que tu silencio retumba
y destroza mis tímpanos,
sonriente espejo.


Finalista en Certamen de Poesía "Letras Como Espada", de Letras como Espada.





domingo, 1 de noviembre de 2015

Tragicomedia

Hay silencios que te muestran campos vacíos sobre tus pies, un lejano rumor que ensordece todas las demás voces. Imponente, carcome todo lo que existe, y te muestra la dureza del frío; una coraza hueca, cuando todas las flechas resbalaban ante otros invasores.

Hay silencios que muestran más que las palabras; crudos, ponzoñosos. Te enseñan que hay un límite en tus pasos, que a tu alrededor sólo puede crecer un brote, nada más.

Hay silencios que desangran, pues al filo de la navaja corta todo, incluso cuando sabes que se apagaron las luces.

Y es que los brazos abarcan mucho, aunque las manos no sientan calor. Perdí mi lugar, no el propósito; como un teatrillo itinerante que no se detiene en ningún sitio pero sabe cuál es su función.

No me reconozco en los ojos de la multitud; siendo sin ser parte de nada, participando con un rol de tercera, ya ni siquiera aspiro a ser protagonista en esta obra macabra.

Y no hay ningún sitio para mí allá afuera, donde la careta del personaje es horrible; y sus gustos, exigentes. Tal vez, algún día, se logre finalizar bien esta tragicomedia.

jueves, 22 de octubre de 2015

La musa

El silencio se desborda en el dique, con palabras que apuntalan la gravedad. Una venda en mis ojos, eso es lo que veo. Acaso las balas me golpean cuando no van dirigidas a mí. Tal vez el sonido se propaga en otra dirección y yo lo capto.

No soy un eje como tú, eso es cierto, tras de mí sólo gira el tiempo, lento e implacable. Busqué refugio en los lugares más inciertos, así de seguro puedo llegar a ser. ¿Qué hay en tu cabeza? ¿Hay disponible una estancia para mí o solamente el sonido de mi irritante timbre?

Locura, locura en las palmas de mis manos. Nunca el deseo tan lejano en la cercanía. ¿Qué puedo esperar? Máscaras más hermosas se han visto, disfraces más elegantes se han dispuesto. Sólo doy un regalo que no será devuelto, una ilusión jamás proyectada en mis pupilas.

La ruleta rusa ríe y me señala. "Tú", "tú", "tú" como única compañía. Otra hiel sabrá amarga; otras manos, ásperas; otras sonrisas, muecas; olvida la dicha que te den otros cuerpos, ninguno es el que buscas; quédate con la alegría, la impronta, nada más. Sólo lo que nunca alcanzas será tu culmen, el temblor del gozo, más, descártalo, pues sólo te saludará su alma.

"Será tu musa", susurra, "una musa que te rehuye y te observa, que participa aún con un rastro de temor; una musa que te rehace mientras buscas hacer algo con ella. Nada más cristalino que lo imposible".

Y ahí está, una M que me desgrana, aún cuando otras letras buscan entrar; la M que crea y cuyos ecos llegan a mis dedos, dibujando algo que quizá sólo ella y yo comprendemos, porque nada es casual y toda construcción tiene un por qué.

Y ahí está, conociendo lo que le muestro, y mostrando lo que quiere que conozca. Nada más.

jueves, 27 de agosto de 2015

El torneo

En el torneo de los Tres Reyes, celebrado en Villa Penumbra; estaba a punto de disputarse el último combate.

A un lado de la arena, el paladín de la hija del señor del castillo, llamado K. Su escudo, una calavera negra sobre llamas granates.

En frente, su contrincante, J, un caballero errante. Su escudo de armas, un rayo de luz sobre cielo estrellado.

El pregonero inició las presentaciones, y M, que así se llamaba la chica, observaba expectante el que iba a ser el combate decisivo. El ganador podría quedarse con ella, o pedir una recompensa en metálico.

Un rugido ensordecedor llega desde el público, ávido de espectáculo. Las bancadas, de madera, parecían a punto de derrumbarse. Pero nada de esto importaba a los contendientes.

Una última mirada de odio entre los dos, y se colocan los yelmos. El suelo, húmedo por las lluvias, está embarrado, y en muchos puntos hay charcos enormes. Eso dificulta el movimiento, sobre todo si la armadura es pesada.

Esto lo sabía J, por eso llevaba piezas ligeras en el cuerpo, de las que solían llevar los arqueros. El inconveniente era que en pos de la agilidad, perdía mucha defensa. K, en cambio, parecía una mole de hierro impenetrable, una torre que apenas podría moverse.

Hicieron el saludo de rigor, y, al sonido de los cuernos, iniciaron el combate.
K empezó fuerte, con tajos de espada abiertos, potentes, fugaces. J bailaba a su ritmo, impotente. Parada y retroceso.

Al ver que así no podía seguir, echó a correr hacia el centro de la arena. K, más lento, se vió obligado a seguirlo. Suelta una carcajada de triunfo que se trunca cuando nota que sus pesadas grebas se hunden en el barro. La espada, lista para golpear a J, se mueve, torpe y sin gracia, y le deja vía libre a J para asestar un mandoble.

La multitud está en su máximo esplendor. Voces de apoyo a ambos enemigos, y la pasión por el combate avivan las emociones.

La espada de K se desploma en el suelo, y es devorada por el barro. Y, aunque K no se rinde, y sigue luchando con las manos, el resultado está marcado. J esquiva y golpea, esquiva y golpea, hasta que encuentra un punto débil entre los brazos, y sentencia.

Entonces, de repente, la gente se queda muda. Un silencio incómodo cubre la arena.

- Muy bien, K. Contra todo pronóstico has conseguido ganar, y como tal puedes elegir el premio, te lo has merecido. Di, ¿la mano de M, o el dinero? - Inquirió el señor de Villa Penumbra.

- La mano, señor. - Respondió, sin pensarlo apenas.
- Ya lo has oído, niña, baja con él y recíbelo como merece.

M se va del palco y baja a la arena. El vestido, blanco, se le ensucia por el barro, pero no le importa.

- Entonces, tú y yo estaremos juntos a partir de ahora, ¿no? - Le preguntó M, con los oscuros ojos brillando.

- Sí, si es vuestro deseo.

- Claro que sí. - Sonrió.

Acarició su pelo, negro y largo, bien cuidado, y, mientras lo hacía, ella lo besó. Fue algo instantáneo, veloz. Inolvidable.

Entonces se escuchó el murmullo del aire y una fuerte ráfaga invadió el lugar. Cuando J pudo mirar a su alrededor, vio que no había nadie. Solo M.

- ¿Dónde ha ido la gente?
- ¿Qué gente?
- Pues... La que había aquí, como tu padre y K.
- No te entiendo. Estamos solos.
- M... ¿No me estás engañando?

Pausa de extrañeza.

- Claro que no. Además, no me llamo M. Soy Soledad.

domingo, 9 de agosto de 2015

Una extraña despedida

- Yo nunca quise hacer daño. Es solo que todo es tan... Extraño. Sí, quizá sea esa la palabra. No comprendo cómo puede haber una tormenta si las nubes ni siquiera se han tocado. Parece demasiado irreal, aunque intentes mostrar lo contrario. Y asusta. Asusta mucho pensarlo.- Dijo, agachando la cabeza.

- Lo sé. Quizá no sea culpa de nadie. Que hay cosas que se nos escapan. En el fondo me esperaba todo esto, aunque me resistía hasta el final. No es admirable, lo sé. Parece enfermizo incluso. Y, aún así, se ha creado tanto... Cosas hermosas, ¿sabes? En otro momento diría que no tanto como tú, pero ya lo ves... No importa siquiera si ha sido todo una ilusión. Todo lo que salía de ella era verdadero. Al menos se sentía así. Y todo eso es difícil de olvidar. Dudo que lo haga. A pesar de todo.

- Siento que acabe así. Sin siquiera haber empezado. Tal vez si fuese otro tiempo, y otras circunstancias... Si no fuese tan grande que diese miedo mirarlo. Quizá ahí, hubiese sucedido algo. Y entonces mi silencio no sabría tan amargo. Ni las murallas serían tan altas. Ni mis ojos se abnegarían en lágrimas. ¿Quién sabe? No se nos concede siempre lo que queremos, aunque luchemos por ello. Y eso, aunque no guste, hace que haya otras cosas que parecen mejores.

- Podría ser. Otro lugar, otro mundo. Como ha sido siempre. Allí donde el eco no te devuelve la voz. También yo lo lamento. Podrían haber sido tantas cosas... En realidad tú no te irás nunca. No solo porque no te has llegado a quedar, sino porque en las mismas letras moras. Puede ser triste, es cierto, pero a la vez es hermoso. Me has abierto caminos que nadie había dicho que existían.

- Tampoco creo poder huir de todo esto. De alguna manera estamos conectados. El problema es, que aunque todo sea bonito, también es aterrador. ¿Es que no lo ves? Todo lo que haces está en tu cabeza. Y, tal vez sea como dices, pero hay muchas sombras entre toda esa luz. No puedo avanzar así. Todo explotaría como una pompa de jabon gigante. Todo se derrumbaría. Y tú también. Y no haré eso. Pones en mis manos un poder peligroso.

- Sí. Lo veo. Y lo entiendo. Por eso nada cambiará. Tú a un lado del cristal y yo al otro. Te tocaré con las palabras, y tú, tal vez, me acariciarás con las canciones. Te miraré en el rincón de mi mente, y mi silueta cruzará, quizá, de vez en cuando tus pensamientos. Y cada rayo de sol que aparezca ante mis ojos me recordará a ti. Porque siempre fuiste luz. Una luz en mi oscura cabeza.

sábado, 18 de julio de 2015

Ecos en el mar

Me senté en la arena. El agua mojaba la planta de los pies, y el sol se había puesto hacía ya rato. Apenas quedaba gente por la playa.

- ¿Crees que cuando hablamos el sonido se lo llevan las olas y luego lo traen aquí, de vuelta a nuestros pies? Ven, acércate. Sé que estás ahí, aunque no hables. Siéntate. - Dije, de espaldas a la otra persona.

Llevaba una mata de pelo negro que se confundía con el color oscuro que iba tomando el cielo, y una sonrisa tímida que se dibujaba en diversas ocasiones. Se sentó, sin decir nada, y se quedó mirando a las olas.

- Hace tiempo que te vengo observando, y no logro entender cuales son tus propósitos. Dime, ¿de qué sirve que yo hable y tú lo hagas solo a veces? Ni siquiera sé si es por ignorancia, dejadez, o hastío. Intento dar un paso y me doy de bruces contra un muro. Que se supone que no está. Escuchar tu propia voz en el eco muchas veces no es bueno, y te diré por qué. Te recuerda que estás solo. Que sigues solo.

Me detengo un momento. Ya no tiene la vista fija en el horizonte. Me mira a mí. Sus ojos tienen un brillo extraño. ¿Interés? ¿Tristeza? No logro descifrarlo.

- Sé que no es algo nuevo, ¿sabes? Pero cuando te das cuenta, es duro. No por el hecho en sí, sino porque quieres cambiarlo, de una forma especial, y ves que no se puede. Y vuelve a aparecer el muro, que solo se salva con las palomas mensajeras. Y tú, estás ahí, presente, y no haces ninguna señal. Me miras, te miro, y dudamos. Porque el mar es peligroso, y nadie quiere tormentas en un naufragio. ¿Dirás algo esta vez? ¿O me hablarás de nuevo con el silencio?

- El mar... Está hoy precioso. ¿No crees? Quizá salga más tarde a navegar. Y quizá te pida que vengas conmigo.

https://youtu.be/JAruwBxhZoI


domingo, 12 de julio de 2015

Los pájaros

La primera vez que me saludó, recuerdo que el desierto era lo único que se veía. Estaba sentada en la arena, al lado de un cactus enorme, donde se posaban dos pájaros de color azul, cada uno a los extremos de la planta.

Quizá lo extraño no era cómo podían estar en un cactus, piando, sino cómo podía ser posible encontrar unos pájaros así en un terreno tan hostil.

- ¿Te has perdido? - Inquirió, con una mezcla de curiosidad y timidez.- Hace tiempo que no viene nadie por aquí.

- No. El camino me ha traído hasta este lugar, pero no me he perdido. Aún.- Respondí.

Se quedó un rato pensativa, sin saber qué decir.

- ¿Por qué no te sientas aquí un rato? Así puedes descansar.

- De acuerdo.

Me senté a su lado, y nos quedamos en silencio, mirando a los dos pájaros, escuchándolos trinar.

- Ese pájaro azul... Es tuyo, ¿verdad? Vino esta mañana, se puso ahí, en el cactus, y... Y el mío también quiso salir.

- ¿Qué te hace pensar eso?

- Has venido ahora, ¿no? No hay nadie más aquí. Quiero decir... Mira a tu alrededor.  

- ¿Y si así fuese?

- No lo sé. - Contestó, al cabo de un rato.- Como ves, aquí no queda mucho. Ni siquiera hay agua.

Esbocé una sonrisa.

- ¿Te refieres a esto?- Inquirí, abarcando con los brazos los alrededores.- Este sitio, antes no era así. Es cierto que no sé cómo era, pero que así no estaba, de eso estoy seguro. Y este lugar, esta atmósfera, no son permanentes. Puede cambiar.

- ¿Cómo puedes saberlo tú? ¿Cómo puedes demostrar eso?

Me levanté, y le extendí la mano.

- Vamos, te lo diré.

Una vez estuvo conmigo, le señalé su pájaro azul.

- Fíjate en él. ¿Escuchas el sonido? Es un sonido alegre. Mira su pelaje, y su cuerpo. Está sano. El día en que tu pájaro no quiera cantar de ninguna de las maneras, ese día sabrás que el paisaje que haya no puede tranformarse.

La miré a los ojos, y, sin que se lo esperase, la abracé. Fuerte, suave. Y devolvió el abrazo. Ahora los pájaros revoloteaban.

- Y esto, demuestra que el desierto no será permanente.- Le susurré al oído.

Ella no lo veía porque tenía los ojos cerrados, pero de haberlos abiertos, habría visto que, en el suelo, y en un círculo que los rodeaba, había brotado hierba cubierta de rocío, y, en el cactus, de entre las espinas, surgieron flores.

https://youtu.be/-1tppqa62W8


sábado, 13 de junio de 2015

Mil golpes, una salida

Los cristales verdes
se deshacen entre
ríos de púrpura.

Las gotas malditas
saltan una vez,
antes de pegarse
contra el suelo.

Lágrima solitaria
que surca brillante
la palidez mortal.

Un gesto, una mirada,
castillos derrumbándose
sobre el salón.

Los niños miran,
otro juego más,
el miedo los busca
en el escondite.

Silencio que atruena,
ecos reverberan
en las heridas
de la mente.

Un golpe, luego otro,
donde la ceguera
cubrió con su ira
al perdedor.

Gritos enmudecidos,
vano escudo de
dedos agarrotados.

Nunca la espada y
la pared habían estado
tan unidas.

Sirenas iluminan
las calles del horror,
los murmullos trajeron
agentes del caos.

La vida se escapa
en un suspiro,
corre, corre
hacia delante.

Corre, corre,
pues no hay nada
que compense
las magulladuras.

Corre, corre,
pues en la caverna
de las tinieblas
estarás siempre a oscuras.

jueves, 7 de mayo de 2015

Casualidades y causalidades

Todos buscamos nuestro lugar en aquello que nos rodea. Ser partícipes de forma activa, adquirir un segundo plano, ser un mecanismo apenas relevante y habitual (como el que adquiere la gente que ves pasar por la calle), etc.

El caso es que ha surgido una cara en mí que siempre uno guarda, que se activa en momentos extraños, quizá especiales. Se sentó al lado una desconocida, que, no era atractiva en el sentido rígido de la palabra, sino que guardaba esa belleza reservada a la aparente inocencia, un halo de curiosas características, que hacía difícil ignorar su presencia.

En el espacio de una hora nos limitamos a permanecer callados, haciendo nuestras cosas, si bien, de vez en cuando la mirada se desviaba. Quizá era inevitable, pues había algo que se salía de lo normal en todo aquello.

Pasaron muchas cosas. Una de ellas fue que, decidí que ese episodio no iba a engrosar una larga lista de casualidades abandonadas, y, la segunda, era la idea de que, al igual que se pueden controlar a los personajes que creamos, también podemos controlar nosotros la situación. Es cierto que se limita solo a la nuestra, pero es muy importante ese hecho.

Fue entonces, y solo entonces, cuando, al romper la barrera del silencio, se estableció un vínculo espontáneo. Pero ya no era una casualidad, sino una causalidad. Ya no era un mecanismo secundario. Decidí hacer de la historia un papel relevante.

Y, al menos, puedo decir que empezó bien.

sábado, 25 de abril de 2015

Ya no más

El silencio hizo 
una brecha 
en el muro.

Al irse, ruidoso,
llenó el aire
de viejas palabras.

Huecas por dentro,
vistosas por fuera,
la risa burlona
en la sala central.

Ya no más, dije,
las cometas 
se enredan en los
alambres oxidados.

Ya no más, dije,
la guerra es tuya,
tuya la miseria,
tuya la victoria.

Me quedaré con
la gris apatía
del soldado.

Me quedaré con
las emociones 
que nunca existieron.

lunes, 13 de abril de 2015

Sal

De nada sirvió darle la mano al silencio que tú misma me diste. Resignado, las estrechamos, como dos educados enemigos que no tienen más remedio que convivir juntos. Asentí con la cabeza, y, con un saludo, me marché. Él se vino conmigo, claro, ¿con quién iba a marcharse entonces?

Y, justo cuando ya nos llevamos bien, hasta el punto de olvidar las viejas rencillas, apareces tú de la mano del caos, y me apartas de mi compañero. Quizá entendí alguna de las palabras que dijiste, no lo sé. Fue extraño. ¿Qué sentido tiene aparecer ahora?

Ya enterraste en una fosa a medio hacer todas las palabras que pude formar para alejar al silencio, y tú te encargaste de dar la orden que abrió fuego. Entonces, ¿qué haces aquí ahora? Llevas en tu mejilla la sangre de los vencidos, donde el carmín se vuelve pálido, y tu sonrisa recrea monstruos ya desaparecidos.

Lárgate, márchate. No está bien dispararme en la pierna para luego salir corriendo y pedir que te siga. No le veo la lógica.

La sal no es lo mejor para las heridas, deberías saberlo.

miércoles, 1 de abril de 2015

El asesinato

Aquel día la ciudad parecía dormir por completo. Eran las cuatro de la mañana, y el único movimiento era el de los semáforos que marcaban el paso del inexistente tranvía. Se podía pasar por la carretera sin temor alguno, aún con el peatón de color rojo mirándote con enfado.

Es como si me estuviesen dando una llave con la que abrir el alma de esas calles, donde las luces hacían de las sombras todo un imperio que controlaban cada rincón. Fue entonces cuando lo vi. Allí, tumbado en el suelo, había un hombre. Borbotones de sangre por la boca, las manos en el tórax, aguantando a duras penas la marea roja que inundaba el asfalto.

Me quedé allí, paralizado, sin saber qué hacer. Decidí entonces acercarme, aguantando las ganas de vomitar, y soportando el olor que desprendía.

- ¿Qué ha pasado? ¿Quién le ha hecho esto? - Acerté a preguntar.

Su voz, apenas audible, acertó a decir tres palabras. Solo tres.

- Ya es... está aquí.
- ¿Quién está aquí? ¿Señor?

Demasiado tarde ya. Ya no respiraba. Le puse un pequeño espejo que llevaba conmigo en la cara, y nada. No quise tocar el cuerpo por razones obvias. De nada servía llamar a la ambulancia, así que fuí a una cabina pública y dejé recado de aquello. Yo no debía ser visto. No debía ser interrogado.

Con paso ligero me marché de allí, con el ruido de mis pisadas haciéndose ensordecedor. Es increíble lo que puede llegar a agudizarse el oído cuando lo que te rodea es un silencio mortal. Estaba alerta, ante cualquier movimiento que pudiese pertubar la aparente calma.

Fue ahí cuando apareció. Iba andando, tranquilo, un traseúnte despreocupado, que no llamaría la atención si no fuese la hora que era, y si no hubiese un cadáver dos calles más arriba. No podía ver bien su rostro. ¿Sabéis esa sensación que produce el alcohol en exceso que te difuculta la visión? Bueno, pues a mí no me hace falta probar ni gota. Quitándome las gafas ya me pasa. Y yo en ese momento no las llevaba. Se me cayeron en algún momento, y no sé cuando.

Eso explica que solo viese una sonrisa esbozándose en la lejanía. Eso justifica que saliese por patas, subiendo unas escaleras que habían cerca y que atajaban a un parque que quedaba más arriba. Pero era inútil. No escuchaba más pisadas que las mías. Ningún jadeo más que el que producía mi boca. El sudor, frío, a pesar de lo calurosa que era la noche, contrastaba con lo abrasados que sentía los pies.

Me giré un momento, y allí estaba esa persona. Siguiéndome el paso de forma perfecta. Se mantenía a la distancia suficiente como para darme esperanzas de huir, pero al mismo tiempo, la necesaria para atraparme si él quisiera.

- No tiene sentido que corras. No podrás huir. Solo he venido a devolverte algo.

Me detuve, curioso y escéptico a la vez. Preparado para defenderme como fuese necesario si la situación lo requería.

Se acercó, y, a pocos pasos de mí, me entregó un paquetito. Lo abrí allí, mientras el chico, sin dejar de sonreir, me miraba, expectante.

Dentro del paquete había, para mi sorpresa y asco, un cuchillo ensangrentado, y mis gafas, algo estropeadas y manchadas de sangre.

- ¿Por qué...? ¿Por qué me das esto a mí?
- ¿Cómo que por qué? Es tuyo. Te lo dejaste allí. - Respondió el chico, divertido.
- No lo entiendo. Yo cuando llegué ya había sucedido todo.
- Pues claro que sí. Lo que no sé es por qué volviste sobre tus pasos. Eso fue imprudente.
- Pero... El hombre dijo que "ya estaba aquí", refiriéndose a alguien.
- ¿Y qué esperas de una persona que va a morir? Se refería a su muerte. Que ya había llegado.
- No puede ser... ¿Quién eres tú?
- Me contrataste por si sucedía algo mientras realizabas el trabajo. Ya me imagino por qué. No pareces recordar bien las cosas, ¿eh? Anda, vámonos a deshacernos de eso antes de que la policía nos vea.


Para Andrea.


Palabras clave: Traseúnte, escalera, y suelo.

domingo, 29 de marzo de 2015

Crear y destruir

Yo no quería saber nada de Laura. Corté toda conexión con ella y me embarqué en un viaje a través de los pasadizos que me quedaban por recorrer.
Lo cierto es que no encontraba nada, porque yo nunca apuntalé un solo muro en las calles del tiempo. Una persona descuidada, sobre cuyas espaldas recaía el sujetar los débiles lazos que rodeaban el cuello. Ninguna cosa que tocasen mis manos se volvía sólida, solamente se resquebrajaba y terminaba por desaparecer, igual que lo hacía yo en mis silencios.

Tenía miedo de empezar cualquier cosa. Las náuseas burbujean desde el fondo, y todo rostro que aparece a cada esquina es un enemigo del que hay que huir. Es curioso que, los mismos dedos que crean, puedan destruir tan salvajemente. Por eso no cuidé los cimientos de las casas donde me dejaban entrar. Por eso pinté narraciones escuetas donde podría poner algo más.

Y, quizá, y solamente quizá, encuentre la felicidad bajo la capa del valiente. Bajo la coraza de quien se atreva a sostener mis manos sin temor a que todo el edificio se convierta en un miserable cascote.

Para Fátima.



Palabras clave: Laura, viaje, felicidad

miércoles, 25 de marzo de 2015

Algún día

Un tambor golpea fuertemente en las cercanías. Su retumbar no me deja en paz, y cada vez que intento dormir aparecen sueños de guerra y peleas de bandas callejeras, que destrozan mis oídos.

Pero es el silencio que le precede lo que más miedo me da, cuando todo a tu alrededor no es más que una mueca que te saluda, en soledad. Perdí la cuenta de todo lo que os debo, ya me la volveréis a pasar, cuando os atreváis a entrar en el circo de las mariposas. Perdimos la capacidad de volar, y nos quedamos sobre los restos de una flor muerta, deseando que una ráfaga de aire entre y traiga algún retazo de vida, una madeja de ilusiones, quizá.

No os preocupéis, algún día será diferente. Algún día volverá a brillar la sonrisa sobre el bosque de la nostalgia.

https://www.youtube.com/watch?v=LqI78S14Wgg

jueves, 19 de marzo de 2015

No hay peor forma

Las flechas del cielo laceran la tarde, calles regadas con los litros de la vida, pero no de la mía. Me quedé sin nada aquí, solo la tinta recorre los intrincados pasillos del corazón, negra, como la visión del horizonte. Una sima entre lo que soy y lo que alguna vez deseé. Las burbujas reventaron y me quedé impregnado del olor putrefacto del que estaban hechas, un fuerte tufo a ingenuidad, y a ilusión traicionera, tal es la magnitud del crímen.

No hay peor forma de matar a alguien que mirándolo, pasivamente, mientras asiste a su propia destrucción, y, a las palabras que lance, responderle con un silencio ensordecedor, y una chispa escondida de ilusión.

No hay peor forma de matar a alguien que dándole la mano mientras le clavas el puñal.

miércoles, 11 de marzo de 2015

La chimenea de hielo

He estado encendiendo la chimenea del hielo con los fósforos de tus miradas. Me recuerdan a un lobo. Frías, penetrantes, un taladro mudo reventando puertas y ventanas. Tú también puedes acercarte, caluroso viajero, ven. Olvida ese ruidoso ventilador que corta en pedazos el silencio y la quietud de la habitación.

Ponte aquí, extiende tus manos y deja que la escarcha penetre en tus huesos, que se congele poco a poco tu corazón, hasta que ya no quede alrededor más que un mundo verdadero y pleno, lleno de aventuras salvajes. El calor del amor ensucia tu dentadura y la deja verde y amarillenta, llena de grietas. Deja que la lumbre helada limpie esas imperfecciones, y te otorgue la ansiada belleza sobrenatural que habita en el fondo de las cuevas de los polos.

Ven, ven aquí viajero. Seguro que estás cansado de vagar entre silutas que aparecen y se van, entre falsas ilusiones y espejismos destruídos. Deja que tus pies se enfríen, hasta que pierdan la sensibilidad que nos hace perder la cabeza persiguiendo cosas imposibles. Ven, pues quiero compartir contigo lo que es darlo todo, a cambio de nada.

Quiero compartir contigo lo que es actuar en caliente, y enfriarte cuando ya es tarde. Por eso, no te preocupes. Mantendré esta chimenea activa, y la alimentaré con las ramas de la desazón y la desesperanza. No te preocupes. Seguirá fría cuando vuelvas.


Para María Romero. 


Palabras clave: Compartir, dentadura y ventilador.

lunes, 9 de marzo de 2015

Acidez

No hay peor idea que la de quedarse viendo el ritmo de la vida pasar. Hay gente que se queda metida en una caverna. Las cosas evolucionan a su alrededor, y, sin embargo, se aferran a un pasado muerto, a unas respuestas que permanecen iguales cuando las preguntas ya no son las mismas.

He probado muchas cosas, incluso los dulces placeres prohibidos por un pulmón enfermo y ennegrecido que respira por nosotros. He tenido un fantasma rondando por mi cabeza desde hace años, y nunca se marcha. Silencioso, nunca dice nada, pero su presencia se escucha desde lo más profundo del Cocito. Las ramas con las que puedo cubrirte están enfermas y devoradas por la verticilosis que habita en lo más recóndito de mis emociones.

Puede que todo sea igual que un limón partido por la mitad. Que las cosas te hagan cerrar los ojos, que te salten lágrimas por la acidez de lo que te devora, y que, sin embargo, te guste el sabor, aunque se te queden los labios arrugados y la cara desencajada. Pero, oye, si no lo pruebas, no podrás disfrutar lo demás.

Si me preguntas a mí, prefiero mezclar la acidez del limón, con el dulzor de tus labios. Aunque, quizá sea todo al contrario.

Para Martina.


Palabras clave: Dulce, limón e idea.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Amistad

Hoy no es un buen día. Todo está nublado, dentro y fuera. Ni siquiera llueve, no. Ni siquiera eso. Quizá sea porque no sé qué hacer para que los hilos de la suerte vuelvan a mis dedos. Los cortaste tú, con una sola mirada. No era una mirada mala, solo era la que no quería ver. Todo es injusto, ¿verdad? Pero no te culpo. No es algo extraño. Solo que, eso puede conmigo.

He construido con mis manos mundos que ni siquiera sabía que existían, solo para ti. Y podría hacer más, si quisieras. No sabes cuántos segundos murieron en la batalla de las horas únicamente para poder acariciar con los dedos las alambradas de tu alma. He acariciado el cielo de tu piel desde el infierno, sin saber qué paso dar para evitar más muertes, rodeado de cloro y gas mostaza, y como máscara protectora, el eco de tu voz viajando a través de la desolación. Conseguí para ti la flor escondida en la ciudad de la metralla, escondida tras barro y metal, bajo un casco de ilusiones.

Yo, que he recorrido kilómetros y kilómetros en lugares únicos, que he viajado bajo el peligro de lo estático, y como única guía, la locura.
Yo, que lo único que quería era embriagarme de tu aliento durante toda la noche, embarcados sobre rayos de erizos.

Y ahora te veo, levantas bandera blanca, y te conviertes en mi amiga. Y quieres paz, cuando yo llevo todo un ejército dedicado a la guerra. Me colocas en la frontera, cuando yo quiero la anexión.
Y es que la neutralidad es extraña. Sobre todo cuando me ofreces una tregua que yo nunca podré ganar.

La del silencio.

Para Marta.



Palabras clave: Amistad, infierno, flor.

lunes, 2 de marzo de 2015

Sonrisas

Un pájaro carpintero ha hecho un nido sobre hilos negros, buscando comida y picoteando a un solo gusano. El zepelín se estrella, no puede más. El oxígeno prendió la llama. Un salto, luego otro. No sé adonde caigo, pero no hay nada más aquí. La tierra no se puede comer, pero no está mal una vez te acostumbras a probarla. Ya lo ves, el silencio puede destrozar los tímpanos y la energía. Todo alrededor tiembla, y recibe tus balas sin decir nada, sin rechistar. Se comprende. O quizá no, y entonces se vuelve un bucle en el que la bicicleta gira pero no avanza. Nada claro en el brillo de las espadas. Solo impotencia, la de ser un gigante con pies de barro, donde los ecos del vacío se expanden más poderosos que nunca.

Perdí la mitad de mi cara en la guerra de las cenizas, y la máscara, la mascara es lo que dibuja una sonrisa completa libre del horror.

sábado, 28 de febrero de 2015

Imperios

Mensajes borrados
en agua de lluvia, 
bebiendo arena 
de tus silencios,
cuando el cañón
ya retumbó anoche.

Todos los puentes
quemados,
derribados,
solo la sombra
de la ilusión.

Un monstruo que
se alimenta,
ojos grises que
se apagan,
y el eco devuelve
mis respuestas.

Sueños polvorientos,
que abrazan,
que persiguen,
que se difuminan
al alba.

Nunca fuí más
que el sapo,
el príncipe destronado
de las palabras,
sentado en sillas
de espejismos.

Y aquí estoy,
sentado en el mar
de la esperanza,
deseando que vuelva
la botella que lancé.

Y cuando suba 
la marea,
y la soledad 
abrace mi cuerpo,
podré decir:
Basta un solo día
para destruir imperios.