Todos vemos a alguna estrella apagarse a lo largo de nuestras vidas. Echas un vistazo al cielo y ves la luz caer por última vez. Las llamamos estrellas fugaces, porque aunque nos llaman la atención, sabemos que no determinan nuestro día a día. Apenas lo condicionan.
Sin embargo, si lo que vemos apagarse es el sol, entonces las cosas serían muy distintas. Se perdería la fuente de calor, y el frío junto a la oscuridad inundarían lo que nos rodea.
Con las personas pasa igual. Y cuando ese sol se apaga, la devastación es terrible. Pierdes el lazo que tenías con alguien que, de una forma u otra, impactaba en tu día a día.
Porque, al fin y al cabo, tú sólo eres una estrella fugaz para ese sol que se te apaga.
https://youtu.be/EzqNtvQiCro
Bienvenido a un mundo tan abstracto como lo que pasa por mi cabeza. Literatura rompecabezas que significa cualquier cosa menos la que es. O puede que veas la realidad.
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viernes, 25 de diciembre de 2015
domingo, 29 de noviembre de 2015
La bruma
- ¡Hola! ¿Cómo vas? Llevo ya un tiempo sin venir...
- Cierto. Catorce días bastan para que llegue el invierno. Yo he estado bien, ya me conoces. ¿Qué hay de ti?
- Mentiroso. Sabes que no es verdad. Al igual que tú, también noto los cambios. El río se desborda, y este frío... No es sólo porque el invierno esté aquí.
- Es posible que tengas razón.
- ¿Es por mi ausencia?
- En parte.
- ¿Entonces? ¿Qué sucede?
- A veces viene un hombre trajeado y se sienta conmigo, cuando tú no estás. Entonces comenzamos a hablar. Él me riñe por seguir viniendo aquí. Me dice que este lugar es como una mota de polvo en comparación con lo que hay allá afuera. Que no comprende mi obstinación cuando las cartas ya se han puesto sobre la mesa.
- No parece ilógico lo que dice.
- No. No lo es. Es razonable. Pero esta sensación no lo es. Tampoco mis actos lo son, en cierta medida.
- Pero, si piensas así, ¿cual es el problema?
- El problema radica en que observo mi situación. No puedo pasar de la linde, como bien sabes, y apenas te veo. Es cierto que pervive una luz que no se marcha, pero a veces no es suficiente. Y todo se trastoca. Entonces me quiero perder en la bruma, y desaparecer. Aunque siempre acabo volviendo aquí.
- ¿Por qué?
- Porque aunque tú estés en tu línea y yo en la mía, siento que hay un roce. Y esa leve inclinación me hace pensar que las paralelas podrían coincidir algún día. Ese atisbo de esperanza es lo que me hace seguir aquí. Puede que no sea más que una mentira que me cuento a mí mismo; aún así no quiero tirar por la borda todo. No mientras quede algo.
- De acuerdo. Sólo... Sólo puedo decirte que la solución no está en la bruma.
Ella se acerca y se dan un abrazo. Quizá el frío es lo que hace que esa regla de la distancia se quiebre. No se ven, sólo se sienten. Y una humedad caliente se desliza por los rostros. Una gota. Sólo una.
https://youtu.be/KBGfmdI7zkY
- Cierto. Catorce días bastan para que llegue el invierno. Yo he estado bien, ya me conoces. ¿Qué hay de ti?
- Mentiroso. Sabes que no es verdad. Al igual que tú, también noto los cambios. El río se desborda, y este frío... No es sólo porque el invierno esté aquí.
- Es posible que tengas razón.
- ¿Es por mi ausencia?
- En parte.
- ¿Entonces? ¿Qué sucede?
- A veces viene un hombre trajeado y se sienta conmigo, cuando tú no estás. Entonces comenzamos a hablar. Él me riñe por seguir viniendo aquí. Me dice que este lugar es como una mota de polvo en comparación con lo que hay allá afuera. Que no comprende mi obstinación cuando las cartas ya se han puesto sobre la mesa.
- No parece ilógico lo que dice.
- No. No lo es. Es razonable. Pero esta sensación no lo es. Tampoco mis actos lo son, en cierta medida.
- Pero, si piensas así, ¿cual es el problema?
- El problema radica en que observo mi situación. No puedo pasar de la linde, como bien sabes, y apenas te veo. Es cierto que pervive una luz que no se marcha, pero a veces no es suficiente. Y todo se trastoca. Entonces me quiero perder en la bruma, y desaparecer. Aunque siempre acabo volviendo aquí.
- ¿Por qué?
- Porque aunque tú estés en tu línea y yo en la mía, siento que hay un roce. Y esa leve inclinación me hace pensar que las paralelas podrían coincidir algún día. Ese atisbo de esperanza es lo que me hace seguir aquí. Puede que no sea más que una mentira que me cuento a mí mismo; aún así no quiero tirar por la borda todo. No mientras quede algo.
- De acuerdo. Sólo... Sólo puedo decirte que la solución no está en la bruma.
Ella se acerca y se dan un abrazo. Quizá el frío es lo que hace que esa regla de la distancia se quiebre. No se ven, sólo se sienten. Y una humedad caliente se desliza por los rostros. Una gota. Sólo una.
https://youtu.be/KBGfmdI7zkY
domingo, 1 de noviembre de 2015
Tragicomedia
Hay silencios que te muestran campos vacíos sobre tus pies, un lejano rumor que ensordece todas las demás voces. Imponente, carcome todo lo que existe, y te muestra la dureza del frío; una coraza hueca, cuando todas las flechas resbalaban ante otros invasores.
Hay silencios que muestran más que las palabras; crudos, ponzoñosos. Te enseñan que hay un límite en tus pasos, que a tu alrededor sólo puede crecer un brote, nada más.
Hay silencios que desangran, pues al filo de la navaja corta todo, incluso cuando sabes que se apagaron las luces.
Y es que los brazos abarcan mucho, aunque las manos no sientan calor. Perdí mi lugar, no el propósito; como un teatrillo itinerante que no se detiene en ningún sitio pero sabe cuál es su función.
No me reconozco en los ojos de la multitud; siendo sin ser parte de nada, participando con un rol de tercera, ya ni siquiera aspiro a ser protagonista en esta obra macabra.
Y no hay ningún sitio para mí allá afuera, donde la careta del personaje es horrible; y sus gustos, exigentes. Tal vez, algún día, se logre finalizar bien esta tragicomedia.
Hay silencios que muestran más que las palabras; crudos, ponzoñosos. Te enseñan que hay un límite en tus pasos, que a tu alrededor sólo puede crecer un brote, nada más.
Hay silencios que desangran, pues al filo de la navaja corta todo, incluso cuando sabes que se apagaron las luces.
Y es que los brazos abarcan mucho, aunque las manos no sientan calor. Perdí mi lugar, no el propósito; como un teatrillo itinerante que no se detiene en ningún sitio pero sabe cuál es su función.
No me reconozco en los ojos de la multitud; siendo sin ser parte de nada, participando con un rol de tercera, ya ni siquiera aspiro a ser protagonista en esta obra macabra.
Y no hay ningún sitio para mí allá afuera, donde la careta del personaje es horrible; y sus gustos, exigentes. Tal vez, algún día, se logre finalizar bien esta tragicomedia.
lunes, 12 de octubre de 2015
Estrellas
- ¿Por qué te quedas aquí por la noche?
- Me gusta ver las estrellas que se ven desde este lugar. De allí adonde vengo no puedo verlas.
Ambos están sentados. Es noche cerrada. Sólo se ven estrellas en el cielo.
- ¿Y por qué te gustan?
- Antes creía que me gustaban por ser bonitas. Pero hay algo más. Levanta un brazo, todo lo alto que puedas. ¿A que no puedes siquiera soñar con tocarlas? Un espectáculo tan bello, una luz tan profunda, fuera del alcance. Quizá sea eso lo que me atrae. Lo imposible que parece llegar hasta ellas. A veces me gustaría ser aire, ¿sabes? Para tocar aquello que no puedo acariciar, para sentir todo aquello que no puedo sublimar.
- Parece bonito, pero a la vez aterrador. Pensar que es algo que no puedes conseguir por mucho que lo intentes...
- En cierto modo tienes razón. Yo una vez vi dos estrellas que pasaron muy cerca de mí, y, a pesar de la cercanía, sólo era posible soñar con ellas. Nada más.
- ¿Qué estrellas eran esas?
- Me están mirando ahora mismo.
https://youtu.be/oE4XWJj_KHU
- Me gusta ver las estrellas que se ven desde este lugar. De allí adonde vengo no puedo verlas.
Ambos están sentados. Es noche cerrada. Sólo se ven estrellas en el cielo.
- ¿Y por qué te gustan?
- Antes creía que me gustaban por ser bonitas. Pero hay algo más. Levanta un brazo, todo lo alto que puedas. ¿A que no puedes siquiera soñar con tocarlas? Un espectáculo tan bello, una luz tan profunda, fuera del alcance. Quizá sea eso lo que me atrae. Lo imposible que parece llegar hasta ellas. A veces me gustaría ser aire, ¿sabes? Para tocar aquello que no puedo acariciar, para sentir todo aquello que no puedo sublimar.
- Parece bonito, pero a la vez aterrador. Pensar que es algo que no puedes conseguir por mucho que lo intentes...
- En cierto modo tienes razón. Yo una vez vi dos estrellas que pasaron muy cerca de mí, y, a pesar de la cercanía, sólo era posible soñar con ellas. Nada más.
- ¿Qué estrellas eran esas?
- Me están mirando ahora mismo.
https://youtu.be/oE4XWJj_KHU
sábado, 3 de octubre de 2015
El río
- Hoy has llegado antes que yo. Es extraño. Suelo verte cuando ya no se distinguen las piedras del camino.
- Puede ser que tuviese más tiempo hoy.
- Bien. Me parece bien. Eso nos deja un rato más extenso, espero.
- Tal vez. ¿Sabes? Hoy he visto que el bosque estaba distinto. Como que... No, seguro que son figuraciones mías. Vamos, siéntate. Siempre me lo dices y hoy te quedas de pie.
Me siento a su lado, y decido no preguntarle a qué se refiere. Porque yo también lo he notado. El cambio.
- He estado reflexionando, ¿sabes? Y es posible que sea cierto lo que me dijiste. Que el pasado se me queda pegado como una mancha. Un rastro oscuro que tapa toda la luz que puedas ver. Y, quizá por eso, me extraña y me aterra el que sigas viniendo. Vi una película en la que decían que el pasado sólo son historias que nos contamos a nosotros mismos. Y podría decir que coincido. Pero tú, de alguna manera, rompes con esa máxima.
- ¿Por qué?
- Porque sigues aquí.
- Pero entonces no soy el pasado. Ni tú tampoco. ¿Quieres saber lo que es el pasado? Acompáñame.
Le extendí la mano, y, cogiéndola tras un momento de duda, me siguió a través del bosque. Llegamos a un lugar donde había dispuesto un montón de hojarasca con ramitas secas, al lado de un río de aguas tranquilas.
- Espera un momento.
Me acerqué al montón de leña y le prendí fuego. Unas llamas vivaces devoraron las hojas marrones y las ramitas. Me volví hacia ella.
- ¿Ves ese fuego? Eso es el pasado. Y todo aquello que produce el pasado, que deja rastro de él, son las cenizas que dejarán las hojas. Este fuego se apagará. Y, dime, ¿qué esperas rescatar de lo que quede? Tal vez un comportamiento razonable. Nada más. No se puede más.
- Pero, ¿y el amor?, ¿qué hay del amor? ¿Acaso no está?
- Claro que sí. Pero no ahí. Lo has tenido justo al lado.
- ¿Te refieres al río?
- Exacto. El amor no arde. Porque no tiene un único curso. No puede pertenecer al pasado porque el pasado sólo tiene una razón de ser. El amor, en cambio, es voluble. Puede secarse el río, es cierto. Y también puede llegar a un punto en el que no cese de ir por el mismo trayecto. Pero eso no es obligatorio, ni tampoco se da necesariamente.
- ¿Y cómo puede de profundo ser el amor?
- ¿Te gustaría comprobarlo?
- Sí.
- Yo no te lo aconsejo.
- ¿Por qué?
- Verás, dijiste al llegar que habías notado cambios, ¿no es así? La razón es, que hoy el bosque me percibe a mí. Todo lo que ves tiene un reflejo en mi interior.
- Comprendo... Pero, ¿qué tiene que ver eso?
- Es muy sencillo. Si entras en el río para comprobar cómo de profundo puede ser el amor, entonces...
Silencio.
- ¿Entonces, qué?
- Morirías ahogada.
https://youtu.be/lD0IlFhSI7Y
- Puede ser que tuviese más tiempo hoy.
- Bien. Me parece bien. Eso nos deja un rato más extenso, espero.
- Tal vez. ¿Sabes? Hoy he visto que el bosque estaba distinto. Como que... No, seguro que son figuraciones mías. Vamos, siéntate. Siempre me lo dices y hoy te quedas de pie.
Me siento a su lado, y decido no preguntarle a qué se refiere. Porque yo también lo he notado. El cambio.
- He estado reflexionando, ¿sabes? Y es posible que sea cierto lo que me dijiste. Que el pasado se me queda pegado como una mancha. Un rastro oscuro que tapa toda la luz que puedas ver. Y, quizá por eso, me extraña y me aterra el que sigas viniendo. Vi una película en la que decían que el pasado sólo son historias que nos contamos a nosotros mismos. Y podría decir que coincido. Pero tú, de alguna manera, rompes con esa máxima.
- ¿Por qué?
- Porque sigues aquí.
- Pero entonces no soy el pasado. Ni tú tampoco. ¿Quieres saber lo que es el pasado? Acompáñame.
Le extendí la mano, y, cogiéndola tras un momento de duda, me siguió a través del bosque. Llegamos a un lugar donde había dispuesto un montón de hojarasca con ramitas secas, al lado de un río de aguas tranquilas.
- Espera un momento.
Me acerqué al montón de leña y le prendí fuego. Unas llamas vivaces devoraron las hojas marrones y las ramitas. Me volví hacia ella.
- ¿Ves ese fuego? Eso es el pasado. Y todo aquello que produce el pasado, que deja rastro de él, son las cenizas que dejarán las hojas. Este fuego se apagará. Y, dime, ¿qué esperas rescatar de lo que quede? Tal vez un comportamiento razonable. Nada más. No se puede más.
- Pero, ¿y el amor?, ¿qué hay del amor? ¿Acaso no está?
- Claro que sí. Pero no ahí. Lo has tenido justo al lado.
- ¿Te refieres al río?
- Exacto. El amor no arde. Porque no tiene un único curso. No puede pertenecer al pasado porque el pasado sólo tiene una razón de ser. El amor, en cambio, es voluble. Puede secarse el río, es cierto. Y también puede llegar a un punto en el que no cese de ir por el mismo trayecto. Pero eso no es obligatorio, ni tampoco se da necesariamente.
- ¿Y cómo puede de profundo ser el amor?
- ¿Te gustaría comprobarlo?
- Sí.
- Yo no te lo aconsejo.
- ¿Por qué?
- Verás, dijiste al llegar que habías notado cambios, ¿no es así? La razón es, que hoy el bosque me percibe a mí. Todo lo que ves tiene un reflejo en mi interior.
- Comprendo... Pero, ¿qué tiene que ver eso?
- Es muy sencillo. Si entras en el río para comprobar cómo de profundo puede ser el amor, entonces...
Silencio.
- ¿Entonces, qué?
- Morirías ahogada.
https://youtu.be/lD0IlFhSI7Y
jueves, 17 de septiembre de 2015
No da igual
Si las otras estrellas
tapaban mi brillo
da igual, da igual,
encontré alegría
en el polvo.
Si las otras huellas
borraron mi camino
da igual, da igual,
avancé a tientas
en el lodo.
Si las otras voces
acallaban la mía
da igual, da igual,
susurré cálido
en la soledad.
Si los otros ojos
cerraban los míos
da igual, da igual,
imaginé los tuyos
en la oscuridad.
Si las otras manos
apartaban las mías
da igual, da igual,
me aferré fuerte
en los sueños.
Si las otras mentes
reprimieron la mía
da igual, da igual,
la mantuve libre
en tus palabras.
Y por eso lamento
que te asustases
de mi sombra,
no da igual, no da igual,
la luz la proyectaste tú.
Y por eso escribo
con un poco de ti,
un mucho inventado,
y la sensación de
perderte sin encontrarte.
Para la M que me mostró a Murakami
tapaban mi brillo
da igual, da igual,
encontré alegría
en el polvo.
Si las otras huellas
borraron mi camino
da igual, da igual,
avancé a tientas
en el lodo.
Si las otras voces
acallaban la mía
da igual, da igual,
susurré cálido
en la soledad.
Si los otros ojos
cerraban los míos
da igual, da igual,
imaginé los tuyos
en la oscuridad.
Si las otras manos
apartaban las mías
da igual, da igual,
me aferré fuerte
en los sueños.
Si las otras mentes
reprimieron la mía
da igual, da igual,
la mantuve libre
en tus palabras.
Y por eso lamento
que te asustases
de mi sombra,
no da igual, no da igual,
la luz la proyectaste tú.
Y por eso escribo
con un poco de ti,
un mucho inventado,
y la sensación de
perderte sin encontrarte.
Para la M que me mostró a Murakami
jueves, 27 de agosto de 2015
El torneo
En el torneo de los Tres Reyes, celebrado en Villa Penumbra; estaba a punto de disputarse el último combate.
A un lado de la arena, el paladín de la hija del señor del castillo, llamado K. Su escudo, una calavera negra sobre llamas granates.
En frente, su contrincante, J, un caballero errante. Su escudo de armas, un rayo de luz sobre cielo estrellado.
El pregonero inició las presentaciones, y M, que así se llamaba la chica, observaba expectante el que iba a ser el combate decisivo. El ganador podría quedarse con ella, o pedir una recompensa en metálico.
Un rugido ensordecedor llega desde el público, ávido de espectáculo. Las bancadas, de madera, parecían a punto de derrumbarse. Pero nada de esto importaba a los contendientes.
Una última mirada de odio entre los dos, y se colocan los yelmos. El suelo, húmedo por las lluvias, está embarrado, y en muchos puntos hay charcos enormes. Eso dificulta el movimiento, sobre todo si la armadura es pesada.
Esto lo sabía J, por eso llevaba piezas ligeras en el cuerpo, de las que solían llevar los arqueros. El inconveniente era que en pos de la agilidad, perdía mucha defensa. K, en cambio, parecía una mole de hierro impenetrable, una torre que apenas podría moverse.
Hicieron el saludo de rigor, y, al sonido de los cuernos, iniciaron el combate.
K empezó fuerte, con tajos de espada abiertos, potentes, fugaces. J bailaba a su ritmo, impotente. Parada y retroceso.
Al ver que así no podía seguir, echó a correr hacia el centro de la arena. K, más lento, se vió obligado a seguirlo. Suelta una carcajada de triunfo que se trunca cuando nota que sus pesadas grebas se hunden en el barro. La espada, lista para golpear a J, se mueve, torpe y sin gracia, y le deja vía libre a J para asestar un mandoble.
La multitud está en su máximo esplendor. Voces de apoyo a ambos enemigos, y la pasión por el combate avivan las emociones.
La espada de K se desploma en el suelo, y es devorada por el barro. Y, aunque K no se rinde, y sigue luchando con las manos, el resultado está marcado. J esquiva y golpea, esquiva y golpea, hasta que encuentra un punto débil entre los brazos, y sentencia.
Entonces, de repente, la gente se queda muda. Un silencio incómodo cubre la arena.
- Muy bien, K. Contra todo pronóstico has conseguido ganar, y como tal puedes elegir el premio, te lo has merecido. Di, ¿la mano de M, o el dinero? - Inquirió el señor de Villa Penumbra.
- La mano, señor. - Respondió, sin pensarlo apenas.
- Ya lo has oído, niña, baja con él y recíbelo como merece.
M se va del palco y baja a la arena. El vestido, blanco, se le ensucia por el barro, pero no le importa.
- Entonces, tú y yo estaremos juntos a partir de ahora, ¿no? - Le preguntó M, con los oscuros ojos brillando.
- Sí, si es vuestro deseo.
- Claro que sí. - Sonrió.
Acarició su pelo, negro y largo, bien cuidado, y, mientras lo hacía, ella lo besó. Fue algo instantáneo, veloz. Inolvidable.
Entonces se escuchó el murmullo del aire y una fuerte ráfaga invadió el lugar. Cuando J pudo mirar a su alrededor, vio que no había nadie. Solo M.
- ¿Dónde ha ido la gente?
- ¿Qué gente?
- Pues... La que había aquí, como tu padre y K.
- No te entiendo. Estamos solos.
- M... ¿No me estás engañando?
Pausa de extrañeza.
- Claro que no. Además, no me llamo M. Soy Soledad.
A un lado de la arena, el paladín de la hija del señor del castillo, llamado K. Su escudo, una calavera negra sobre llamas granates.
En frente, su contrincante, J, un caballero errante. Su escudo de armas, un rayo de luz sobre cielo estrellado.
El pregonero inició las presentaciones, y M, que así se llamaba la chica, observaba expectante el que iba a ser el combate decisivo. El ganador podría quedarse con ella, o pedir una recompensa en metálico.
Un rugido ensordecedor llega desde el público, ávido de espectáculo. Las bancadas, de madera, parecían a punto de derrumbarse. Pero nada de esto importaba a los contendientes.
Una última mirada de odio entre los dos, y se colocan los yelmos. El suelo, húmedo por las lluvias, está embarrado, y en muchos puntos hay charcos enormes. Eso dificulta el movimiento, sobre todo si la armadura es pesada.
Esto lo sabía J, por eso llevaba piezas ligeras en el cuerpo, de las que solían llevar los arqueros. El inconveniente era que en pos de la agilidad, perdía mucha defensa. K, en cambio, parecía una mole de hierro impenetrable, una torre que apenas podría moverse.
Hicieron el saludo de rigor, y, al sonido de los cuernos, iniciaron el combate.
K empezó fuerte, con tajos de espada abiertos, potentes, fugaces. J bailaba a su ritmo, impotente. Parada y retroceso.
Al ver que así no podía seguir, echó a correr hacia el centro de la arena. K, más lento, se vió obligado a seguirlo. Suelta una carcajada de triunfo que se trunca cuando nota que sus pesadas grebas se hunden en el barro. La espada, lista para golpear a J, se mueve, torpe y sin gracia, y le deja vía libre a J para asestar un mandoble.
La multitud está en su máximo esplendor. Voces de apoyo a ambos enemigos, y la pasión por el combate avivan las emociones.
La espada de K se desploma en el suelo, y es devorada por el barro. Y, aunque K no se rinde, y sigue luchando con las manos, el resultado está marcado. J esquiva y golpea, esquiva y golpea, hasta que encuentra un punto débil entre los brazos, y sentencia.
Entonces, de repente, la gente se queda muda. Un silencio incómodo cubre la arena.
- Muy bien, K. Contra todo pronóstico has conseguido ganar, y como tal puedes elegir el premio, te lo has merecido. Di, ¿la mano de M, o el dinero? - Inquirió el señor de Villa Penumbra.
- La mano, señor. - Respondió, sin pensarlo apenas.
- Ya lo has oído, niña, baja con él y recíbelo como merece.
M se va del palco y baja a la arena. El vestido, blanco, se le ensucia por el barro, pero no le importa.
- Entonces, tú y yo estaremos juntos a partir de ahora, ¿no? - Le preguntó M, con los oscuros ojos brillando.
- Sí, si es vuestro deseo.
- Claro que sí. - Sonrió.
Acarició su pelo, negro y largo, bien cuidado, y, mientras lo hacía, ella lo besó. Fue algo instantáneo, veloz. Inolvidable.
Entonces se escuchó el murmullo del aire y una fuerte ráfaga invadió el lugar. Cuando J pudo mirar a su alrededor, vio que no había nadie. Solo M.
- ¿Dónde ha ido la gente?
- ¿Qué gente?
- Pues... La que había aquí, como tu padre y K.
- No te entiendo. Estamos solos.
- M... ¿No me estás engañando?
Pausa de extrañeza.
- Claro que no. Además, no me llamo M. Soy Soledad.
lunes, 10 de agosto de 2015
La danza del olvido
Me
he vuelto a perder. Creía que ya tenía el camino marcado, que había
alguien al final. Pero al hablar el eco es el único que devuelve las
palabras. Es una persona extraña, ¿sabéis? A veces, baja del cielo
y habla conmigo, y me dice que todo irá bien, que no hay más senda
que aquella por la que se pelea para poder recorrerla, que al final
estará ella y que se podrán abrir las puertas. Esas que se
encontraban cerradas a cal y canto del mundo exterior.
Pero
entonces, sucede que todo era una ilusión. Y comienza a llover,
fuerte, muy fuerte. Y bajo la luz de una solitaria farola en el
camino abandonado, el corazón se escucha más que el golpeteo del
agua contra los charcos. Y sucede que esbozas una sonrisa. Es una
lucha que lleva librándose desde hace tiempo, en la que nadie
pierde, nadie gana nada. Solo se sigue avanzando, de un punto a otro,
sin rozarse, sin saber ningún dato más del habitual.
Dos
personas condenadas a buscarse, sin encontrarse nunca. Quizá ni
siquiera es una condena. Se sentía igual que una recta paralela,
corriendo, eterna, sin toparse jamás con el punto que quería. Y es
que las matemáticas son tan frías como el brillo de sus ojos. Un
niño travieso al que le dan un manotazo cuando quiere coger galletas
antes de la hora de la comida. Así estaba yo. Me perdería en otras
constelaciones, e infinitas líneas me atravesarían de lado a lado,
más nunca aquella que viaja al lado, y que comparte temores e
ilusiones.
El
sabor salado se mezcla con el dulce en mis labios, dejándome un
regusto extraño. No sé por qué tenía que llover. Estar empapado
no ayuda. La humedad de alrededor es caliente, y crea una neblina asfixiante. Y entonces la veo. Viene hacia mí con un vestido blanco,
que debido a la lluvia se queda muy pegado en su piel.
-
Te puedo conceder un baile. Solo uno. Y entonces te darás cuenta de
que el ritmo que llevamos es distinto. De que tus objetivos son
distintos a los míos, aunque en el fondo persigan lo mismo. Tú eres
un murmullo que nunca cesa, aunque no te hagas notar, mientras que yo
soy una bala. Ruidosa, solo necesito un impacto. Y, después,
silencio. Yo soy la oscuridad, y tú piensas que soy la luz, que las
tinieblas te rodean. Cuando el único halo de luminosidad es el que
tú has ido trazando a lo largo de los días. ¿Qué quieres que te
diga? No me convences, pero tampoco vale la pena echar por la borda
todo lo que se ha dibujado en el horizonte. Por eso, bailaré
contigo, una danza donde la derrota y la victoria se dan la mano.
Porque conseguirás tu deseo, y al mismo tiempo lo perderás.
-
¿Y por qué crees que este es mi deseo? - Respondí.
-
Porque me acabas de dar la mano.
Microrrelato finalista en I Certamen Literario "Fuente de creación", de Cuponeta Editorial.
domingo, 9 de agosto de 2015
Una extraña despedida
- Yo nunca quise hacer daño. Es solo que todo es tan... Extraño. Sí, quizá sea esa la palabra. No comprendo cómo puede haber una tormenta si las nubes ni siquiera se han tocado. Parece demasiado irreal, aunque intentes mostrar lo contrario. Y asusta. Asusta mucho pensarlo.- Dijo, agachando la cabeza.
- Lo sé. Quizá no sea culpa de nadie. Que hay cosas que se nos escapan. En el fondo me esperaba todo esto, aunque me resistía hasta el final. No es admirable, lo sé. Parece enfermizo incluso. Y, aún así, se ha creado tanto... Cosas hermosas, ¿sabes? En otro momento diría que no tanto como tú, pero ya lo ves... No importa siquiera si ha sido todo una ilusión. Todo lo que salía de ella era verdadero. Al menos se sentía así. Y todo eso es difícil de olvidar. Dudo que lo haga. A pesar de todo.
- Siento que acabe así. Sin siquiera haber empezado. Tal vez si fuese otro tiempo, y otras circunstancias... Si no fuese tan grande que diese miedo mirarlo. Quizá ahí, hubiese sucedido algo. Y entonces mi silencio no sabría tan amargo. Ni las murallas serían tan altas. Ni mis ojos se abnegarían en lágrimas. ¿Quién sabe? No se nos concede siempre lo que queremos, aunque luchemos por ello. Y eso, aunque no guste, hace que haya otras cosas que parecen mejores.
- Podría ser. Otro lugar, otro mundo. Como ha sido siempre. Allí donde el eco no te devuelve la voz. También yo lo lamento. Podrían haber sido tantas cosas... En realidad tú no te irás nunca. No solo porque no te has llegado a quedar, sino porque en las mismas letras moras. Puede ser triste, es cierto, pero a la vez es hermoso. Me has abierto caminos que nadie había dicho que existían.
- Tampoco creo poder huir de todo esto. De alguna manera estamos conectados. El problema es, que aunque todo sea bonito, también es aterrador. ¿Es que no lo ves? Todo lo que haces está en tu cabeza. Y, tal vez sea como dices, pero hay muchas sombras entre toda esa luz. No puedo avanzar así. Todo explotaría como una pompa de jabon gigante. Todo se derrumbaría. Y tú también. Y no haré eso. Pones en mis manos un poder peligroso.
- Sí. Lo veo. Y lo entiendo. Por eso nada cambiará. Tú a un lado del cristal y yo al otro. Te tocaré con las palabras, y tú, tal vez, me acariciarás con las canciones. Te miraré en el rincón de mi mente, y mi silueta cruzará, quizá, de vez en cuando tus pensamientos. Y cada rayo de sol que aparezca ante mis ojos me recordará a ti. Porque siempre fuiste luz. Una luz en mi oscura cabeza.
- Lo sé. Quizá no sea culpa de nadie. Que hay cosas que se nos escapan. En el fondo me esperaba todo esto, aunque me resistía hasta el final. No es admirable, lo sé. Parece enfermizo incluso. Y, aún así, se ha creado tanto... Cosas hermosas, ¿sabes? En otro momento diría que no tanto como tú, pero ya lo ves... No importa siquiera si ha sido todo una ilusión. Todo lo que salía de ella era verdadero. Al menos se sentía así. Y todo eso es difícil de olvidar. Dudo que lo haga. A pesar de todo.
- Siento que acabe así. Sin siquiera haber empezado. Tal vez si fuese otro tiempo, y otras circunstancias... Si no fuese tan grande que diese miedo mirarlo. Quizá ahí, hubiese sucedido algo. Y entonces mi silencio no sabría tan amargo. Ni las murallas serían tan altas. Ni mis ojos se abnegarían en lágrimas. ¿Quién sabe? No se nos concede siempre lo que queremos, aunque luchemos por ello. Y eso, aunque no guste, hace que haya otras cosas que parecen mejores.
- Podría ser. Otro lugar, otro mundo. Como ha sido siempre. Allí donde el eco no te devuelve la voz. También yo lo lamento. Podrían haber sido tantas cosas... En realidad tú no te irás nunca. No solo porque no te has llegado a quedar, sino porque en las mismas letras moras. Puede ser triste, es cierto, pero a la vez es hermoso. Me has abierto caminos que nadie había dicho que existían.
- Tampoco creo poder huir de todo esto. De alguna manera estamos conectados. El problema es, que aunque todo sea bonito, también es aterrador. ¿Es que no lo ves? Todo lo que haces está en tu cabeza. Y, tal vez sea como dices, pero hay muchas sombras entre toda esa luz. No puedo avanzar así. Todo explotaría como una pompa de jabon gigante. Todo se derrumbaría. Y tú también. Y no haré eso. Pones en mis manos un poder peligroso.
- Sí. Lo veo. Y lo entiendo. Por eso nada cambiará. Tú a un lado del cristal y yo al otro. Te tocaré con las palabras, y tú, tal vez, me acariciarás con las canciones. Te miraré en el rincón de mi mente, y mi silueta cruzará, quizá, de vez en cuando tus pensamientos. Y cada rayo de sol que aparezca ante mis ojos me recordará a ti. Porque siempre fuiste luz. Una luz en mi oscura cabeza.
lunes, 3 de agosto de 2015
Un amor lejano
¿Conocen
esa sensación de querer alcanzar algo y no poder obtenerlo nunca?
Pues así me sentía yo con ella. Deseaba tocarla, envolverla con mi
humedad, y, lo peor es que no sabía por qué. Nunca habíamos
hablado antes. Cierto es que este poderoso sentimiento no ocurría
cada día.
Verán,
ella era bastante voluble. Unos días iba completamente vestida,
otros, enseñando algo, y, cuando se mostraba desnuda, ahí, yo caía
en su hechizo. Llena de luz, de geometría perfecta, así era. Yo
invocaba al viento y al rayo, pero nunca me elevaba lo suficiente. Y
sigo sin lograrlo.
Microrrelato seleccionado en el concurso "Pasiones", de Letras con Arte.
martes, 21 de julio de 2015
Cicatrices
- ¿Y ésta? ¿Donde te la hiciste?
Ella no pudo evitar escuchar la conversación que se daba a pocos pasos. Era la noche del Windest End, y había ido al bosque cercano para ver el espectáculo de las luciérnagas. Se había colocado en un árbol caído, en un lugar apartado, pero claro, al ir mucha gente, era inevitable el escenario.
- Ah, esa fue durante el asalto a la fortaleza de Lemer. La flecha me pasó rozando, por poco no la diño.
- Tienes mucha suerte. Estás todo lleno de señales y estás vivo, aquí, hablando con nosotros. Brindo por eso.
Se escuchó el tintineo de unas jarras. Con seguridad se trataría de cerveza.
- Dicen que el ejército de los grises se aproxima. ¿Qué opináis de eso?
- Que vengan, que vengan. ¿Qué son unas heridas más?
- Te envidio, con todo lo que has pasado y sigues con ganas de pelear. Eres muy fuerte.
- Bueno, bueno, no te preocupes, algún día llegarás a parecerte a mí, si dejas de estar escuchimizao'.
- Qué humilde eres.
Risas.
Ya no pudo aguantar más. Se levantó del tronco y se acercó a los desconocidos.
- No sabéis de lo que habláis. Dejad de decir payasadas. - Dijo la mujer.
- ¿Y quién eres tú para decirnos de qué tenemos que hablar? ¿Acaso además de fisgona tienes que dar órdenes? - Preguntó uno.
- ¿De qué se supone que no hemos de hablar, moza? - Inquirió el de las cicatrices.
- De lo fuerte que eres. De lo mal que lo has pasado. Porque no tienes ni idea.
- 'Amos, ande', pero si ni siquiera tienes cicatriz alguna. Tú sí que no sabes nada.
- Eso, lárgate, que ni pinchas ni cortas aquí.
Las lágrimas aparecieron tímidamente en la cara. Se dió la vuelta y se alejó. En el fondo sabía que no tenía que haberse acercado. Entró al bosque, y, ante el espectáculo de las luciérnagas, sus negros ojos, todavía húmedos, relumbraron en la oscuridad. Entonces murmuró:
- Que vosotros no las veáis no quiere decir que no las tenga. Y acaso sean peores que el roce de una flecha. Las cicatrices que se guardan adentro.
https://youtu.be/2iknSyuTwZ0?list=PLHGgUQ3I6mwArWFKRikzbbU2VGldjcEaW
Ella no pudo evitar escuchar la conversación que se daba a pocos pasos. Era la noche del Windest End, y había ido al bosque cercano para ver el espectáculo de las luciérnagas. Se había colocado en un árbol caído, en un lugar apartado, pero claro, al ir mucha gente, era inevitable el escenario.
- Ah, esa fue durante el asalto a la fortaleza de Lemer. La flecha me pasó rozando, por poco no la diño.
- Tienes mucha suerte. Estás todo lleno de señales y estás vivo, aquí, hablando con nosotros. Brindo por eso.
Se escuchó el tintineo de unas jarras. Con seguridad se trataría de cerveza.
- Dicen que el ejército de los grises se aproxima. ¿Qué opináis de eso?
- Que vengan, que vengan. ¿Qué son unas heridas más?
- Te envidio, con todo lo que has pasado y sigues con ganas de pelear. Eres muy fuerte.
- Bueno, bueno, no te preocupes, algún día llegarás a parecerte a mí, si dejas de estar escuchimizao'.
- Qué humilde eres.
Risas.
Ya no pudo aguantar más. Se levantó del tronco y se acercó a los desconocidos.
- No sabéis de lo que habláis. Dejad de decir payasadas. - Dijo la mujer.
- ¿Y quién eres tú para decirnos de qué tenemos que hablar? ¿Acaso además de fisgona tienes que dar órdenes? - Preguntó uno.
- ¿De qué se supone que no hemos de hablar, moza? - Inquirió el de las cicatrices.
- De lo fuerte que eres. De lo mal que lo has pasado. Porque no tienes ni idea.
- 'Amos, ande', pero si ni siquiera tienes cicatriz alguna. Tú sí que no sabes nada.
- Eso, lárgate, que ni pinchas ni cortas aquí.
Las lágrimas aparecieron tímidamente en la cara. Se dió la vuelta y se alejó. En el fondo sabía que no tenía que haberse acercado. Entró al bosque, y, ante el espectáculo de las luciérnagas, sus negros ojos, todavía húmedos, relumbraron en la oscuridad. Entonces murmuró:
- Que vosotros no las veáis no quiere decir que no las tenga. Y acaso sean peores que el roce de una flecha. Las cicatrices que se guardan adentro.
https://youtu.be/2iknSyuTwZ0?list=PLHGgUQ3I6mwArWFKRikzbbU2VGldjcEaW
viernes, 17 de abril de 2015
Arriba
Una mirada al horizonte, donde las paredes de los edificios tapan la vista. Un lugar donde las utopías nunca se terminarán, abnegado el presente en una ola de confusión, donde los términos se usan al antojo y pierden su valor original.
Y allí, al fondo de los suburbios, una mano altruista parece querer romper con los moldes predeterminados, la presencia de una hebra de luz sobre un suelo oscuro como el carbón que lo construyó.
No es a la soledad a quien debes temer, no, pues es un ser que, aunque sus besos sepan amargos, únicamente es un ente neutral. Un abrazo ausente, una caricia imaginaria. No esperes más. No asesina como la mentira, esa aliada de lo social.
Y me quedo aquí, observando, huyendo, y levantando castillos frente a todo lo que se acerca. No es maldad, ni siquiera indiferencia, es la mano que siembra lo mismo que ha recogido.
Es la mano de fuego que ya se ha congelado. Un último suspiro, y la certeza de que solo vendrán los que quieran asaltar las murallas.
Para Melissa.
Palabras clave: Utopía, altruismo y soledad
Y allí, al fondo de los suburbios, una mano altruista parece querer romper con los moldes predeterminados, la presencia de una hebra de luz sobre un suelo oscuro como el carbón que lo construyó.
No es a la soledad a quien debes temer, no, pues es un ser que, aunque sus besos sepan amargos, únicamente es un ente neutral. Un abrazo ausente, una caricia imaginaria. No esperes más. No asesina como la mentira, esa aliada de lo social.
Y me quedo aquí, observando, huyendo, y levantando castillos frente a todo lo que se acerca. No es maldad, ni siquiera indiferencia, es la mano que siembra lo mismo que ha recogido.
Es la mano de fuego que ya se ha congelado. Un último suspiro, y la certeza de que solo vendrán los que quieran asaltar las murallas.
Para Melissa.
Palabras clave: Utopía, altruismo y soledad
sábado, 4 de abril de 2015
En la carretera
Todo vuelve a su cauce, a pesar de la monotonía de los días, donde los sueños se disfrazan de rutina, y el horizonte aparece pintado de gris.
Un descenso a lo más alto de la melancolía, donde solo una distracción esporádica ejerce un papel de contención. No se han apagado las luces de la carretera, pues realmente nunca las hubo, y las piernas no pueden seguir corriendo cuando ya se han acostumbrado a la sedentarización.
Me sentaré ahí, al borde de la calzada, y esperaré a que pase algún coche que quiera recogerme, pero lo dudo. No hay ojos que puedan posarse en mí, no sin apartar la vista, pues la aureola del miedo rodea la esperanza que se disipa, y la pasividad del desconocido domina el techo del mundo.
Ya descansarán los pies.
Un descenso a lo más alto de la melancolía, donde solo una distracción esporádica ejerce un papel de contención. No se han apagado las luces de la carretera, pues realmente nunca las hubo, y las piernas no pueden seguir corriendo cuando ya se han acostumbrado a la sedentarización.
Me sentaré ahí, al borde de la calzada, y esperaré a que pase algún coche que quiera recogerme, pero lo dudo. No hay ojos que puedan posarse en mí, no sin apartar la vista, pues la aureola del miedo rodea la esperanza que se disipa, y la pasividad del desconocido domina el techo del mundo.
Ya descansarán los pies.
miércoles, 18 de marzo de 2015
Dos copas, por favor
La taberna El Paso estaba como siempre. Luces deprimentes, tapadas por el humo de los cigarrillos. Porque sí, se podía fumar en El Paso, aunque yo soy un talibán del tabaco, bien cierto es. Pero no importa, lo que interesa es lo que ocurrió allí dentro.
La gente se apiñaba en grupos, en la barra, o en la mesa del billar. Allí había de todo. Clientes habituales, macarras de paso, o ingenuos visitantes que desconocían la fama del lugar que pisaban. Si me preguntas a mí, soy como el hijo de este sitio. No tanto, pero casi. Afuera las cosas cambian, pero ahí todo es igual, y eso en parte me gusta. No se nota el paso del tiempo, no te sientes viejo, y los recuerdos te asaltan según el tipo de bebida que te de el camarero, Bill. Todas despiertan cosas, agradables o endiabladamente demoledoras.
Da igual lo lleno que esté el local, siempre tengo libre mi sitio habitual. Un día, un gallito insoportable se sentó ahí, y lo echaron a ostias. No es que a mí me guste la violencia, pero él se lo buscó. Le lanzó el contenido de su vaso a Ladd, el cabecilla de una banda callejera de aquí, que había intercedido por mí. No creo que ese muchacho vuelva, pero más o menos os haréis a la idea de que, aquí, no importa lo que ocurra fuera, todos somos una piña. Un mundo dentro de otro. Es gracioso, ¿no creeis?
- ¿Qué tal todo, Joe? - Me saluda Bill.
- Bien. Ya lo sabes.
- Por supuesto, por supuesto. - Se ríe.
- ¿Qué tienes hoy para mí, viejo zorro?
- Pues hoy me ha llegado una bebida muy extraña, y bastante buena, por cierto. Te regalaré un trago por ser tú.
Bill saca una botella sin seña alguna, blanca, y coge un vaso un echa un par de chorros.
- Toma. Pruébala y me dices.
Cojo el vaso y me bebo el contenido de un trago. La sensación es increíble. No sabría deciros a qué sabe, si lo probáseis lo entenderíais. El estómago se comprime, y el corazón se acelera. La sien en mi cabeza se vuelve loca, y alrededor mía las cosas carecen de importancia. No hay nada igual, os lo juro. Después de esto, cualquier cosa que pruebe me sabrá a tierra y cenizas. Puro veneno. La emoción bombardea los campos de sal y el cuerpo tiembla, sacudido por las sensaciones. La franja de visión se estrecha, y el deseo fluye a flor de piel. Esto se queda grabado, y no hay manera de quitarlo de aquí dentro. Os lo aseguro.
- Esto es increíble Bill. Ponme dos copas de esa mierda, por favor. - Le suplico, sudoroso y jadeante.
- Claro, amigo, como ordenes.
Rellena el vaso que me he bebido, y, cuando he dado buena cuenta de él, vuelve a llenarlo. Tenía el poder de hacer cualquier cosa. Mi cuerpo me pedía acción. Romper cosas, lanzarme a por alguien. Algo. Pero me contuve.
- ¿Cómo decías que se llamaba esa bebida, Bill?
- No te dije el nombre. El que me la vendió dice que se llama "Amor".
- Amor, ¿eh? ¿Y es cara?
- ¿La botella? No. El hombre prácticamente me la dió. Se le veía feliz de desquitarse de ella.
- ¿Por qué? Es todo un manjar.
- Me dijo que, si la bebida no funciona bien, causa efectos secundarios terribles. Heridas muy profundas, dice.
- Pero a mí me ha funcionado bien, ¿no?
¿No?
https://youtu.be/v30RadD_aiI
La gente se apiñaba en grupos, en la barra, o en la mesa del billar. Allí había de todo. Clientes habituales, macarras de paso, o ingenuos visitantes que desconocían la fama del lugar que pisaban. Si me preguntas a mí, soy como el hijo de este sitio. No tanto, pero casi. Afuera las cosas cambian, pero ahí todo es igual, y eso en parte me gusta. No se nota el paso del tiempo, no te sientes viejo, y los recuerdos te asaltan según el tipo de bebida que te de el camarero, Bill. Todas despiertan cosas, agradables o endiabladamente demoledoras.
Da igual lo lleno que esté el local, siempre tengo libre mi sitio habitual. Un día, un gallito insoportable se sentó ahí, y lo echaron a ostias. No es que a mí me guste la violencia, pero él se lo buscó. Le lanzó el contenido de su vaso a Ladd, el cabecilla de una banda callejera de aquí, que había intercedido por mí. No creo que ese muchacho vuelva, pero más o menos os haréis a la idea de que, aquí, no importa lo que ocurra fuera, todos somos una piña. Un mundo dentro de otro. Es gracioso, ¿no creeis?
- ¿Qué tal todo, Joe? - Me saluda Bill.
- Bien. Ya lo sabes.
- Por supuesto, por supuesto. - Se ríe.
- ¿Qué tienes hoy para mí, viejo zorro?
- Pues hoy me ha llegado una bebida muy extraña, y bastante buena, por cierto. Te regalaré un trago por ser tú.
Bill saca una botella sin seña alguna, blanca, y coge un vaso un echa un par de chorros.
- Toma. Pruébala y me dices.
Cojo el vaso y me bebo el contenido de un trago. La sensación es increíble. No sabría deciros a qué sabe, si lo probáseis lo entenderíais. El estómago se comprime, y el corazón se acelera. La sien en mi cabeza se vuelve loca, y alrededor mía las cosas carecen de importancia. No hay nada igual, os lo juro. Después de esto, cualquier cosa que pruebe me sabrá a tierra y cenizas. Puro veneno. La emoción bombardea los campos de sal y el cuerpo tiembla, sacudido por las sensaciones. La franja de visión se estrecha, y el deseo fluye a flor de piel. Esto se queda grabado, y no hay manera de quitarlo de aquí dentro. Os lo aseguro.
- Esto es increíble Bill. Ponme dos copas de esa mierda, por favor. - Le suplico, sudoroso y jadeante.
- Claro, amigo, como ordenes.
Rellena el vaso que me he bebido, y, cuando he dado buena cuenta de él, vuelve a llenarlo. Tenía el poder de hacer cualquier cosa. Mi cuerpo me pedía acción. Romper cosas, lanzarme a por alguien. Algo. Pero me contuve.
- ¿Cómo decías que se llamaba esa bebida, Bill?
- No te dije el nombre. El que me la vendió dice que se llama "Amor".
- Amor, ¿eh? ¿Y es cara?
- ¿La botella? No. El hombre prácticamente me la dió. Se le veía feliz de desquitarse de ella.
- ¿Por qué? Es todo un manjar.
- Me dijo que, si la bebida no funciona bien, causa efectos secundarios terribles. Heridas muy profundas, dice.
- Pero a mí me ha funcionado bien, ¿no?
¿No?
https://youtu.be/v30RadD_aiI
domingo, 8 de marzo de 2015
Siempre
Volví a los
vertederos grises,
me enterré
bajo la basura.
Me salté la
hora del descanso
para poder
seguir soñando.
Esos trastos que
ves por ahí
son mis soldados.
Esas cosas que
nadie quiere
son mis manos
y mis pensamientos.
Pero aún sigue
la esperanza
creyendo poder
reparar el caos.
Hay más humanidad
en los vidrios rotos
que en los corazones
de la gente.
Hay más calor
en las viejas cenizas
que en las sonrisas
de la falsedad.
Pero no importa,
siempre hay algo
que nos anima a
querer romper ventanas.
Siempre hay algo,
por efímero que sea,
que alegra el día,
que ilumina la noche.
Para Malena.
Palabras clave en poesía: Humanidad, esperanza y alegría.
vertederos grises,
me enterré
bajo la basura.
Me salté la
hora del descanso
para poder
seguir soñando.
Esos trastos que
ves por ahí
son mis soldados.
Esas cosas que
nadie quiere
son mis manos
y mis pensamientos.
Pero aún sigue
la esperanza
creyendo poder
reparar el caos.
Hay más humanidad
en los vidrios rotos
que en los corazones
de la gente.
Hay más calor
en las viejas cenizas
que en las sonrisas
de la falsedad.
Pero no importa,
siempre hay algo
que nos anima a
querer romper ventanas.
Siempre hay algo,
por efímero que sea,
que alegra el día,
que ilumina la noche.
Para Malena.
Palabras clave en poesía: Humanidad, esperanza y alegría.
viernes, 27 de febrero de 2015
Lightning
Viajé a los rincones oscuros del Cocito; no sé qué esperaba encontrar, pero no había nada. Seguí mirando, atravesando los espacios más peligrosos, paracaidistas devorados por los monstruos del agua, miles de muertos agazapados, escudriñando el cielo sin poder ver. Lámparas de aceite en zonas letales, donde regurgitan los heridos de guerra. Banderas rotas, ninguna es mi país, todas blancas, todas negras. Me volví loco. Empecé a correr, y llegué a la zona más iluminada, donde las flores de hielo dibujan bellos paisajes, atrayendo a los pecadores hacia el descanso eterno.
Y allí, cantando, la encontré. Era una sombra sonriente, magnífica, sentada encima de la memoria. Rasgaba las cuerdas del alma con lentitud, dándole a cada acorde un brillo infernal. Conforme me acercaba, el Cocito iba congelándome el cuerpo. Tiritando, ardiendo, conseguí ponerme enfrente.
La sombra, extrañada, me miró.
- ¿Cómo has llegado aquí? Nadie puede acercarse sin ser absorbido por el lago.
- Lo sé. Pero quería hacerte un favor. Te ruego que me escuches.
- Umm... Has llegado hasta aquí, ¿por qué no? ¿Qué quieres?
- Quiero que invoques el poder del rayo. Quiero que limpies el Cocito por completo, y que la luz vuelva a inundar los valles.
- Eso que me pides es difícil. Ninguna sombra antes que yo lo ha conseguido. ¿Qué te hace pensar que yo sí?
- Tu poder lleva haciéndose grande desde hace años. Has conseguido dominar gran parte del lugar, y, al contrario de lo que creía, estás en el lado más luminoso.
- De acuerdo. Lo puedo intentar, al fin y al cabo, pareces muy convencido.
- Bien. Estaré impaciente por verlo.
Me di la vuelta, y comencé a andar.
- ¡Ah, sí! Olvidé decirte que yo no me congelo, porque todo lo que hay en este lugar es mío. Yo creé este sitio. Y confío en que tú me ayudes a manejarlo.
http://youtu.be/CRTa7l511nU
Y allí, cantando, la encontré. Era una sombra sonriente, magnífica, sentada encima de la memoria. Rasgaba las cuerdas del alma con lentitud, dándole a cada acorde un brillo infernal. Conforme me acercaba, el Cocito iba congelándome el cuerpo. Tiritando, ardiendo, conseguí ponerme enfrente.
La sombra, extrañada, me miró.
- ¿Cómo has llegado aquí? Nadie puede acercarse sin ser absorbido por el lago.
- Lo sé. Pero quería hacerte un favor. Te ruego que me escuches.
- Umm... Has llegado hasta aquí, ¿por qué no? ¿Qué quieres?
- Quiero que invoques el poder del rayo. Quiero que limpies el Cocito por completo, y que la luz vuelva a inundar los valles.
- Eso que me pides es difícil. Ninguna sombra antes que yo lo ha conseguido. ¿Qué te hace pensar que yo sí?
- Tu poder lleva haciéndose grande desde hace años. Has conseguido dominar gran parte del lugar, y, al contrario de lo que creía, estás en el lado más luminoso.
- De acuerdo. Lo puedo intentar, al fin y al cabo, pareces muy convencido.
- Bien. Estaré impaciente por verlo.
Me di la vuelta, y comencé a andar.
- ¡Ah, sí! Olvidé decirte que yo no me congelo, porque todo lo que hay en este lugar es mío. Yo creé este sitio. Y confío en que tú me ayudes a manejarlo.
http://youtu.be/CRTa7l511nU
lunes, 23 de febrero de 2015
Signal fire
Hoy alguien me lanzó una botella de oxígeno. No sé si por casualidad, o inducido por señales. El caso es, que vuelvo a respirar. No sé si bien, porque el fuego atravesó mis pulmones. Puede ser que esté en un desierto y solo vea espejismos donde yo creo ver una realidad. Es posible que alguien salve el día, o que la grieta de la suerte me devore hacia las entrañas de la oscuridad. No lo sé. Me quité la máscara, ya lo ves, pero eso puede hacer que tus manos desgarren mis ojos. Es lo que tiene la vulnerabilidad.
Me quedé descalzo, de pie. Puedes arrancarme la piel, también. Mis soldados tienen muchos pies, pero ningún arma. Ya dispararon sus flechas.
Ya lo ves, las luces del alma me hicieron respirar, lo que no sé, es por cuánto tiempo.
http://youtu.be/11KD3gN6Bus
Me quedé descalzo, de pie. Puedes arrancarme la piel, también. Mis soldados tienen muchos pies, pero ningún arma. Ya dispararon sus flechas.
Ya lo ves, las luces del alma me hicieron respirar, lo que no sé, es por cuánto tiempo.
http://youtu.be/11KD3gN6Bus
sábado, 14 de febrero de 2015
Voces
He vuelto a caminar por los lugares donde dejé mis huellas, y no coincide el tamaño de mis pies. Será que he crecido, o al revés. Un ser pequeño con una sombra pequeña. Y sí, ya sé que tiendo a expandirme y ocupar todo lo posible sin romperme, pero últimamente no hay mucha luz en el cielo. Me encontré con cosas que no recuerdo, o que, simplemente, no estaban. Y viceversa.
¿Donde están las ninfas que jugaban junto al río? ¿Y los leñadores? Solo veo gestos hoscos y miradas de reproche. Ya lo ven, algún precio debía tener.
Hay voces discordantes que me arropan y me relajan, sombras lejanas, de algún punto de Tesalónica, o más allá. Y puedo sentir manos, acariciando, en cualquier lugar perdido de mi mente. No sé si despertándola o adormeciendola, pero lo cierto es que que su perfume embriaga.
Y es entonces que, al cerrar los ojos, me encuentro con mares de hebras marrones.
¿Donde están las ninfas que jugaban junto al río? ¿Y los leñadores? Solo veo gestos hoscos y miradas de reproche. Ya lo ven, algún precio debía tener.
Hay voces discordantes que me arropan y me relajan, sombras lejanas, de algún punto de Tesalónica, o más allá. Y puedo sentir manos, acariciando, en cualquier lugar perdido de mi mente. No sé si despertándola o adormeciendola, pero lo cierto es que que su perfume embriaga.
Y es entonces que, al cerrar los ojos, me encuentro con mares de hebras marrones.
lunes, 14 de julio de 2014
City of echoes
Voces que se entrecruzan y vuelven a sonar, una y otra vez, rebotan, vuelan, saltan, sin querer apagarse. Son mariposas eternas en medio del silencio. Nada. Eran dos luchadores con espadas de papel que podían darse realmente fuerte, y herir al otro. Y el mismo papel usado servía para cubrir la herida. No llega la sangre al río. Ni siquiera sale sangre. Balas de aire. Bombas de insomnio.
Edificios pintados con cera y asfalto de flores, con vehículos transparentes como fantasmas, atravesando todo a su paso. Su luz llenaba por completo la de las farolas, y en medio de la ausencia de ruido, era un estruendoso huracán. Lo removía todo con sus momentos mudos. El largo pelo le tapaba el rostro, igual que si fuese una capucha y un pasamontañas a la vez. Se sentaba allí, en el bar Las Dudas, y bebía sin parar hasta que yo iba a por ella y la devolvía de nuevo a su casa. Una vez allí se calmaba, mientras que los vándalos de la Estabilidad destrozaban el bar. Hasta que volvieran a arreglarlo. Hasta entonces puedo hacer que no sienta la necesidad de pasar por allí.
Seguimos danzando, con ganas, sonido disperso, pétalos flotando. Es la misma danza, mismo son, y las notas atraviesan las corazas más duras. Sabemos que es complicado realizar el baile, pero las ganas pueden con todos los monstruos de la noche, y los escudos que cubren el escenario nos salvan de cuchillas exteriores. El poder de dos se vuelve el de uno solo. Y las olas de nuestras aguas inundarán esta pequeña ciudad llena de ecos.
https://www.youtube.com/watch?v=zukO1h11hrM
Edificios pintados con cera y asfalto de flores, con vehículos transparentes como fantasmas, atravesando todo a su paso. Su luz llenaba por completo la de las farolas, y en medio de la ausencia de ruido, era un estruendoso huracán. Lo removía todo con sus momentos mudos. El largo pelo le tapaba el rostro, igual que si fuese una capucha y un pasamontañas a la vez. Se sentaba allí, en el bar Las Dudas, y bebía sin parar hasta que yo iba a por ella y la devolvía de nuevo a su casa. Una vez allí se calmaba, mientras que los vándalos de la Estabilidad destrozaban el bar. Hasta que volvieran a arreglarlo. Hasta entonces puedo hacer que no sienta la necesidad de pasar por allí.
Seguimos danzando, con ganas, sonido disperso, pétalos flotando. Es la misma danza, mismo son, y las notas atraviesan las corazas más duras. Sabemos que es complicado realizar el baile, pero las ganas pueden con todos los monstruos de la noche, y los escudos que cubren el escenario nos salvan de cuchillas exteriores. El poder de dos se vuelve el de uno solo. Y las olas de nuestras aguas inundarán esta pequeña ciudad llena de ecos.
https://www.youtube.com/watch?v=zukO1h11hrM
lunes, 30 de diciembre de 2013
Camina bella, como la noche
Camina bella, como la noche
De climas despejados y de cielos estrellados,
Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz
Resplandece en su aspecto y en sus ojos,
Enriquecida así por esa tierna luz
Que el cielo niega al vulgar día.
Una sombra de más, un rayo de menos,
Hubieran mermado la gracia inefable
Que se agita en cada trenza suya de negro brillo,
O ilumina suavemente su rostro,
Donde dulces pensamientos expresan
Cuán pura, cuán adorable es su morada.
Y en esa mejilla, y sobre esa frente,
Son tan suaves, tan tranquilas, y a la vez elocuentes,
Las sonrisas que vencen, los matices que iluminan
Y hablan de días vividos con felicidad.
Una mente en paz con todo,
¡Un corazón con inocente amor!
De climas despejados y de cielos estrellados,
Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz
Resplandece en su aspecto y en sus ojos,
Enriquecida así por esa tierna luz
Que el cielo niega al vulgar día.
Una sombra de más, un rayo de menos,
Hubieran mermado la gracia inefable
Que se agita en cada trenza suya de negro brillo,
O ilumina suavemente su rostro,
Donde dulces pensamientos expresan
Cuán pura, cuán adorable es su morada.
Y en esa mejilla, y sobre esa frente,
Son tan suaves, tan tranquilas, y a la vez elocuentes,
Las sonrisas que vencen, los matices que iluminan
Y hablan de días vividos con felicidad.
Una mente en paz con todo,
¡Un corazón con inocente amor!
Lord Byron
Ubicación:
23170 La Guardia, Jaén, España
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