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viernes, 25 de septiembre de 2015

Sed

La vieja le dio un cuenco de agua. Él, sediento, bebió con avidez, pero cuando hubo bajado el frío líquido por el gaznate, dejó de beber. Sabía fatal. Tenía un regusto a metal, a ruina.

- No beberé más. Gracias.
- Sabes que eso es mentira.- Respondió la vieja.- Querrás más.

Los ojos se cerraron, cansados, y se durmió en la cama. Una playa donde una chica corría tras las olas. Un sol que nunca había visto. La timidez apretando la garganta, frente a frente con la belleza de lo desconocido. No fue tras ella. Ya sabía lo que iba a pasar. La marea siempre arrastra el optimismo.

El pelo le caía como una cascada de petróleo sobre unos blancos hombros desnudos. La veía correr, pero las olas siempre la alcanzaban. “No se puede escapar del destino”, pensaba él. “Es como esas olas, muchacha, da igual lo que intentes, siempre te arrastrarán.” Aún así, ella no perdía su sonrisa, y seguía corriendo, cayendo, y tragando agua salada. Él seguía mirando.

Ya estaba oscureciendo, y la chica del pelo negro se tumbó en una toalla, exhausta. Una lágrima cae sobre el rostro del vigilante. “Todo es igual”, se lamentó. “Nada cambia, sólo mis movimientos. Y están abocados al fracaso.” Él ya había estado allí antes, en aquella playa, con un sol distinto. Y también la había visto a ella. Aunque en esa ocasión se acercó a hablarle. Y el resultado fue una explosión de esperanza, que terminó por apagarse. Por eso ahora no hacía nada. Se limitaba a observar. Igual que se observa una flor que crece al borde de un precipicio.

Despertó. La garganta le picaba de la sed, y, debido a la pesadez del sueño, apenas se dio cuenta de que se había acercado a beber del cuenco de agua que sabía fatal. Calmó la sed, a un precio elevado. Dejó el cuenco al percatarse de ello.

- ¿Te lo dije? - Inquirió la vieja.- Sabía que volverías a beber. Todos le echamos un trago al dolor aunque no queramos. Aunque no nos demos cuenta... 

domingo, 16 de agosto de 2015

La tristeza en sus ojos

- ¿Por qué no te gusta la playa? - Preguntó, extrañada.

Se quedó en silencio un rato, y, al fin, contestó.

- Llevo mucho tiempo viendo el mar. Unas torres de agua gigantescas que me buscan y me ahogan siempre. Y por la noche es peor, mucho peor. Miro al horizonte y, aunque hay un faro luminoso, todos los barcos se hunden ante mi mirada. Escucho las voces, los gritos, y no puedo hacer nada. Es todo precioso, lo sé. Esa vista. El sonido de las olas chocando en la orilla. Pero yo, me desespero.

- ¿Pero qué dices? ¿Cuando has ido tú al mar?

- No hace falta que vaya a ningún sitio. Lo veo en tus ojos. 

Microrrelato seleccionado en el concurso "Tema Libre II", de Letras con Arte.

sábado, 18 de julio de 2015

Ecos en el mar

Me senté en la arena. El agua mojaba la planta de los pies, y el sol se había puesto hacía ya rato. Apenas quedaba gente por la playa.

- ¿Crees que cuando hablamos el sonido se lo llevan las olas y luego lo traen aquí, de vuelta a nuestros pies? Ven, acércate. Sé que estás ahí, aunque no hables. Siéntate. - Dije, de espaldas a la otra persona.

Llevaba una mata de pelo negro que se confundía con el color oscuro que iba tomando el cielo, y una sonrisa tímida que se dibujaba en diversas ocasiones. Se sentó, sin decir nada, y se quedó mirando a las olas.

- Hace tiempo que te vengo observando, y no logro entender cuales son tus propósitos. Dime, ¿de qué sirve que yo hable y tú lo hagas solo a veces? Ni siquiera sé si es por ignorancia, dejadez, o hastío. Intento dar un paso y me doy de bruces contra un muro. Que se supone que no está. Escuchar tu propia voz en el eco muchas veces no es bueno, y te diré por qué. Te recuerda que estás solo. Que sigues solo.

Me detengo un momento. Ya no tiene la vista fija en el horizonte. Me mira a mí. Sus ojos tienen un brillo extraño. ¿Interés? ¿Tristeza? No logro descifrarlo.

- Sé que no es algo nuevo, ¿sabes? Pero cuando te das cuenta, es duro. No por el hecho en sí, sino porque quieres cambiarlo, de una forma especial, y ves que no se puede. Y vuelve a aparecer el muro, que solo se salva con las palomas mensajeras. Y tú, estás ahí, presente, y no haces ninguna señal. Me miras, te miro, y dudamos. Porque el mar es peligroso, y nadie quiere tormentas en un naufragio. ¿Dirás algo esta vez? ¿O me hablarás de nuevo con el silencio?

- El mar... Está hoy precioso. ¿No crees? Quizá salga más tarde a navegar. Y quizá te pida que vengas conmigo.

https://youtu.be/JAruwBxhZoI


viernes, 17 de abril de 2015

Arriba

Una mirada al horizonte, donde las paredes de los edificios tapan la vista. Un lugar donde las utopías nunca se terminarán, abnegado el presente en una ola de confusión, donde los términos se usan al antojo y pierden su valor original.

Y allí, al fondo de los suburbios, una mano altruista parece querer romper con los moldes predeterminados, la presencia de una hebra de luz sobre un suelo oscuro como el carbón que lo construyó.

No es a la soledad a quien debes temer, no, pues es un ser que, aunque sus besos sepan amargos, únicamente es un ente neutral. Un abrazo ausente, una caricia imaginaria. No esperes más. No asesina como la mentira, esa aliada de lo social.

Y me quedo aquí, observando, huyendo, y levantando castillos frente a todo lo que se acerca. No es maldad, ni siquiera indiferencia, es la mano que siembra lo mismo que ha recogido.

Es la mano de fuego que ya se ha congelado. Un último suspiro, y la certeza de que solo vendrán los que quieran asaltar las murallas.

Para Melissa.


Palabras clave: Utopía, altruismo y soledad


sábado, 11 de abril de 2015

Una tarde más

Las finas ramas amarillas de un olivo se deslizan por mi garganta. En la lejanía, suenan las campanas del olvido, mientras un muchacho intenta recomponer las piezas de un extenso puzzle humano. Danza gris en el cielo, ante la humedad que vuela llevándose la abrasadora presencia de la sequía.

Sobre el cuadrilátero del mundo, un montón de obstaculos que cubren de negro el azul del mar, suave con las olas, creando curvas. Las murallas de papel se alzan, sobre llanuras inmensas, áridas, igual que lo que tratan de proteger:

Una mente en blanco.

domingo, 29 de marzo de 2015

Nuevos horizontes

Los viejos fantasmas nunca se fueron, permanecieron ahí, emitiendo una débil musiquilla, inútil pero constante, hasta el día en que yo volviera la vista atrás y decidiera echar una mirada de reojo.

Caras conocidas, solo una gota de conocimiento resbala por sus rostros, y, aún así, se giran y me observan, con la curiosidad del que abre una caja envuelta en papel de regalo. Porque es que soy una incógnita en el horizonte, donde solo los rumores y las especulaciones pueden escribir mi vida y mis aventuras.

No cambiarán muchas cosas. Yo seguiré siendo el mismo, tan voluble, y tan aferrado a permanecer a la vez. Una breve sombra de lo que alguna vez fuí, fuertes las raíces sobre mis pies. Estar, y no estar.

El murmullo que emiten las olas. Insignificante, tranquilo, y persistente. Persiguiendo a un público dormido. 


miércoles, 25 de febrero de 2015

Present tense

Un barco se detiene en el muelle, todo desierto alrededor. Lanza el ancla, y una escalerilla asoma, haciendo de puente entre la cubierta y los desvencijados tablones que sirven de nexo entre el mar y la tierra. No bajan marineros, no baja nadie. Solo se escucha el romper de las olas sobre la orilla, meciendo ligeramente el barco. No recuerdo cómo llegué aquí, donde ya no hay bullicio, donde solo queda quietud y ruinas.
Atravieso el crisol de mis ojos, y avanzo hacia el barco. Conforme voy andando, los crujidos de las tablas hacen brecha y van cayendo. Todo lo que queda atrás se cae al agua. Madera podrida, polvo. Subo las escaleras, y, una vez en el barco, veo a alguien en proa. Va vestido con una túnica que le cubre la cabeza y el cuerpo. Está mirando el mar, pero sabe que estoy ahí.

- Llegas a tiempo.- Me saluda.
- ¿Me esperabas?.- Pregunto, sorprendido.
- No. Debo decir que no.
- Entonces, ¿qué haces aquí? ¿Cómo es que me dices eso?
- Eso deberías decírmelo tú, que me has llamado.
- ¿Yo?
- Sí, tú. Llevaba meses sin montar en barco, y tú me has pedido que venga a por ti.
- Pero... Pero, ¿quién eres? ¿Adónde quieres ir?
- Sabes quién soy. Y, adonde vamos, puedo decírtelo. Nos vamos de aquí. Porque, para eso te has montado en mi barco, ¿no?

Entonces, se dió la vuelta y el tiempo se hizo añicos.

http://youtu.be/5wFdkH1Dmqc

lunes, 16 de febrero de 2015

Yo sé que el mar siempre devuelve lo que lanzaste una vez. Puede volver al mismo sitio, sí, aunque sea difícil. Tal vez tarde años. Y se quede flotando, en el vasto oleaje, dejándose guiar por el agua.

Y aquello que puse dentro de una botella, no sé lo que es, pero regresó a la arena. Y, al abrir el tapón, me encontré en un mundo donde nunca había estado. Me encontré a mí mismo, frente a un espejo hecho añicos, y, entre tantas caras distintas, pude verme.

Cambia lo superficial,
cambia también lo profundo.
Cambia el modo de pensar,
cambia todo en este mundo.

Cambia el clima con los años,
cambia el pastor su rebaño.
Y así como todo cambia,
que yo cambie no es extraño.

Cambia el más fino brillante,
de mano en mano su brillo.
Cambia el nido el pajarillo,
cambia el sentir un amante.

Cambia el rumbo el caminante,
aunque esto le cause daño.
Y así como todo cambia,
que yo cambie no es extraño.

Cambia, todo cambia,
cambia, todo cambia,
cambia, todo cambia,
cambia, todo cambia.


 Cambia el sol en su carrera,
cuando la noche subsiste.
Cambia la planta y se viste
de verde en la primavera.

Cambia el pelaje la fiera,
cambia el cabello el anciano.
Y así como todo cambia,
que yo cambie no es extraño.

Pero no cambia mi amor,
por más lejos que me encuentre.
Ni el recuerdo ni el dolor
de mi pueblo y de mi gente.

Lo que cambió ayer
tendrá que cambiar mañana.
Así como cambio yo
en esta tierra lejana.

Cambia, todo cambia,
cambia, todo cambia,
cambia, todo cambia,
cambia, todo cambia.


Julio Numhauser.

http://youtu.be/eaHGtnhf6j0

jueves, 2 de enero de 2014

Devorar miedos

Se abren precipicios en medio del mar, y las olas engullen los puentes formados entre tus manos y las mías. ¿Qué puede más? Paises inestables que se fragmentan y se unen al mismo tiempo, confusos, igual que dos lobos que se lamen las heridas después de batallar. Sonrisas que se transforman en nubes que cubren el cielo de Oriente. Los sueños se vuelven pesadillas cuando el sueño vence a la apatía y la ansiedad. Todos tenemos un arma que no se ve, que cuando se lanza se clava igual que el viento, cubriendo el cuerpo y los ojos, y quizá no somos conscientes de lanzarla, pero aprisiona con la fuerza de los mitológicos dioses del Parnaso.

Una cerilla en mi mano para prender el fuego en medio de una lluvia torrencial, y aunque yo esté envuelto en llamas, nada a mi alrededor arde, y quizá sea obstinencia, quizá cabezonería, pero quiero terminar prendiendo el fuego. Aunque la lluvia haga tiritar, y el agua golpee con pesadez sobre la piel de mi cuerpo desnudo. No importa si las gotas no cesan de caer. Me gusta ese sitio. No quiero permanecer en ningún otro lado. Y si el barro me cubre las rodillas, seguiré de pie frente a sus ojos, da igual si no hay puentes y las olas son abismales. Puedo nadar. Y sé que ella se lanzará a por mí antes de que me ahogue.

martes, 10 de diciembre de 2013

Vamos a contar hacia atrás, y cuando el reloj llegue a cero, tú serás la arena que fluya entre mis manos. Acabará una era y empezará un tratado de no agresión que durará unas semanas, lo justo para prepararse contra lo que vendrá después. Cara a cara nos encontraremos un día de esos en los que levantar las armas está penado con la muerte. Y no podré evitar dispararte a los ojos con algo de aquí adentro. Incluso, después, podría atravesar tus entrañas con bombas de colores y tanques de tinta.

No te quedarás temblando en la puerta, las olas de calor entre ambos cuerpos llenarán océanos alrededor de las sombras. Y como la luz del faro te encenderás, involuntaria, sobre la ciudad. Y mis manos arderán cuando trate de tocar tu piel, pues será ya el tercer aviso permitido por la tregua, y cisnes celestes me llevarán a la prisión de los sueños.

martes, 19 de noviembre de 2013

Frozen and burning

Me dijeron que el amor termina muriendo de frío en medio de una noche nevada en el punto más alto del Everest. Que, como una gran hoguera que ilumina el cielo, va apagándose, con el paso de los días.
Frío. Frío. Congelación.

Me contaron que las olas del mar devoran su destartalado barco de madera en las noches de tormenta. Que, al igual que la luz del faro que vigila el mar, va perdiendo su brillo hasta apagarse si nadie le auxilia.
Desgaste. Desgaste. Oscuridad.

Me aseguraron que el amor era un hombre amable que acababa por volverse un fantasma. Que, lo mismo que un moribundo, va dejando cada vez menos su huella entre nosotros, hasta dejar solo restos.
Debilitamiento. Debilitamiento. Muerte.

Lo que nadie me dijo es que se puede quedar en un punto medio, en el que cuando ella lanza chispas, el fuego comienza a arder de nuevo, el faro se ilumina, y el moribundo recupera el color de sus mejillas. Y todo ello sin que realmente se alcance la máxima potencia. Porque la verdad es, que no se ha consumado.