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martes, 8 de diciembre de 2015

La línea del horizonte

- No esperaba que vinieses. Es agradable verte más a menudo.

- Quizá necesitaba hablar. Todo esto... No logro entenderlo.

- ¿Por qué?

- No sé... Es increíble. Literalmente. A veces pienso que no saldremos de este círculo. Que tarde o temprano se romperá y que estamos destinados a que no cambie nada. Tú te marcharás a otro bosque y yo seguiré con mi vida.

Pausa.

- Y... En ocasiones recuerdo la ceniza, los viejos árboles que aún existen en terrenos yermos. Troncos desnudos, sin hojas. Formando parte del bosque, de mí. Yo avanzo, cambio las cosas de lugar. Le doy prioridad a mi trabajo. Cuando uno trabaja no puede pensar, ¿sabes? Entonces vienes tú, con todo el viento en contra, y te quedas. Quizá en vano. Pero intentas hacer un camino, a pesar de todo. Y yo me pregunto, ¿esto se quedará siempre así? ¿Habrá algo que cambie? ¿Será a mejor o a peor?

- Nada permanece inmutable. Ni tampoco hay nada destinado. Las cosas las cambiamos nosotros, aunque sólo sea mover una gota en el océano. Vendrán cosas que no sabes, actos que no esperas. Y, créeme, si el camino vale la pena, y te aporta cosas, la meta no importa tanto, aunque sea deseable. El fin, el objetivo, está para eso, para andar, avanzar, detrás de eso. Si nos quedásemos sólo pensando en la meta... ¿Dónde quedaría lo demás? Por eso me quedo. Y creo que pronto sabrás mejor el por qué.

https://youtu.be/xmWrsqX56zY

viernes, 25 de septiembre de 2015

Sed

La vieja le dio un cuenco de agua. Él, sediento, bebió con avidez, pero cuando hubo bajado el frío líquido por el gaznate, dejó de beber. Sabía fatal. Tenía un regusto a metal, a ruina.

- No beberé más. Gracias.
- Sabes que eso es mentira.- Respondió la vieja.- Querrás más.

Los ojos se cerraron, cansados, y se durmió en la cama. Una playa donde una chica corría tras las olas. Un sol que nunca había visto. La timidez apretando la garganta, frente a frente con la belleza de lo desconocido. No fue tras ella. Ya sabía lo que iba a pasar. La marea siempre arrastra el optimismo.

El pelo le caía como una cascada de petróleo sobre unos blancos hombros desnudos. La veía correr, pero las olas siempre la alcanzaban. “No se puede escapar del destino”, pensaba él. “Es como esas olas, muchacha, da igual lo que intentes, siempre te arrastrarán.” Aún así, ella no perdía su sonrisa, y seguía corriendo, cayendo, y tragando agua salada. Él seguía mirando.

Ya estaba oscureciendo, y la chica del pelo negro se tumbó en una toalla, exhausta. Una lágrima cae sobre el rostro del vigilante. “Todo es igual”, se lamentó. “Nada cambia, sólo mis movimientos. Y están abocados al fracaso.” Él ya había estado allí antes, en aquella playa, con un sol distinto. Y también la había visto a ella. Aunque en esa ocasión se acercó a hablarle. Y el resultado fue una explosión de esperanza, que terminó por apagarse. Por eso ahora no hacía nada. Se limitaba a observar. Igual que se observa una flor que crece al borde de un precipicio.

Despertó. La garganta le picaba de la sed, y, debido a la pesadez del sueño, apenas se dio cuenta de que se había acercado a beber del cuenco de agua que sabía fatal. Calmó la sed, a un precio elevado. Dejó el cuenco al percatarse de ello.

- ¿Te lo dije? - Inquirió la vieja.- Sabía que volverías a beber. Todos le echamos un trago al dolor aunque no queramos. Aunque no nos demos cuenta... 

domingo, 9 de agosto de 2015

Empezar de cero




Te gusta lanzar palabras al azar, sin ningún destino en particular. Colocaste un espejo en una habitación y me dejaste allí, respondiendo a tus locuras, con el eco devolviendo mis ilusiones. Te fuiste sin decir nada, aunque tus letras seguían disparando, silenciosas, a lo lejos.

Sobre la arena mojada puse mis deseos, porque sabía que se irían a las profundidades del océano. Los devoraría algún pez, o quizá se ahogaron a los pocos minutos de estar sin aire. No pasa nada. Ya me haré otros nuevos, y los esconderé donde la mano amarga del pasado no pueda encontrarlos.

No he sabido encajar en las mareas del mundo, y, al igual que una pieza rota en un rompecabezas, intento meterme en los resquicios de humanidad que aún existen. Te has ido sin haber estado nunca conmigo, lo sé, pero el hueco que has dejado me ha mostrado hasta qué punto estaba aislado de todo.

Y es que cuando la ficción tiene más peso que la realidad, todo cambia; y cuando las paredes se desmoronan me encuentro enfrente de aquel espejo, sin nada más que un todo por hacer. 

domingo, 8 de febrero de 2015

No sabía que las palabras se pueden resquebrajar, pequeños arañazos alrededor de la tinta, cortantes, que desmoronan imperios de tinta.

Nos reenganchamos al tren, con un reloj que llevaba tiempo parado. Un vagón más, un cambio de aguja, sin conductor, sin destino. Me perdí. Un loco en la vía. La cabeza se sube a la noria, y el estómago se decanta por una atracción de riesgo. ¿Cuando vine a esta feria? No recuerdo eso. Ni tampoco tener que hacer malabares con las manos.

Una celda de cristal, donde juego a escapar de carceleros que me vigilan desde hace años. Siempre me atrapan. Tarde o temprano vuelvo adentro y redimo mi pena. Y lo peor de todo es, padecer el síndrome de Estocolmo.


"Los brazos no aletean. Son acaso una cola
que el corazón quisiera lanzar al firmamento.
La sangre se entristece de batirse sola.
Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.
"