Nadar en lava puede ser un buen pasatiempo. Si la resistes. El calor es abrasante. Y las altas olas, húmedas y calientes a la vez, se entrechocan entre sí. Caen limoneros desde el acantilado, y naranjos. Colorean el mar rojizo y lo vuelven más claro, más frío, aunque sigue siendo imparable.
Toco madera con mis labios, y de tanto tocarla se vuelve de piel. Una figura de ensueño que tiene vida propia y se echa a andar, a mi lado. Caminamos sobre el humo y dibujamos nuestros nombres sobre el cemento del infierno.
Dormir sobre el vacío es algo inmenso, pero necesitas tocar el tacto de las flores envueltas en el rocío de la mañana, oliendo intensamente a un perfume especial, que recuerda al de la miel, y que embriaga el lugar. Me dejo caer desde la nada hacia idílicos lugares, y me quiero quedar allí para siempre, aún cuando caen tormentas y los rayos me alcanzan de cerca.
Algo da vueltas sobre mi cabeza, quieto, calma apacible. Y las sonoras carcajadas se funden con el sonido de una guitarra y el bombardeo de un avión. Es entonces cuando me la llevo, y la ahogo de felicidad y placer. Entre caminos dibujados ronronean mis coches, aunque muchas veces la cochera esté cerrada. Otras veces salimos a correr y nos empapamos de éxtasis y locura, es entonces cuando la lava se cierra en torno a nosotros, y dibuja en el cielo una explosión que dispara hacia todas partes flores que dibujan entre el fuego un magnífico cisne.
https://www.youtube.com/watch?v=AFvfX3Mfd9E
Bienvenido a un mundo tan abstracto como lo que pasa por mi cabeza. Literatura rompecabezas que significa cualquier cosa menos la que es. O puede que veas la realidad.
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miércoles, 16 de julio de 2014
sábado, 28 de diciembre de 2013
Prototype
Empezó como un titubeo apenas audible, y fue aumentando de intensidad conforme los minutos iban cayendo al suelo. Sobrevuelan palabras sonoras sobre los oídos, llenando con rapidez el cerebro. Una luz llenaba el espacio, y una manada de osos jugaba a sus espaldas, junto a los árboles de madera. Iba desnuda, pero era tal la luminosidad de su cuerpo, que el destello impedía verle la piel.
Usted nunca vislumbró una metamorfosis igual, en la que la misma belleza se transforma en cisne y en ángel indistintamente, y su portadora devora nubes durante su viaje al cielo. Sus propios dedos sellan sus labios, mientras mi cuerpo arde en llamas inagotables que nunca causan secuelas más que en el interior. Me perdí en el laberinto de sus ojos, bien cierto es, al tiempo que la luz del sol cambiaba de color a lo largo de las horas.
Los cantos de la sirena se volvieron mudos y en su lugar apareció un libro de fantasía donde se podían leer las estrellas de sus manos. En esta ocasión logró derribar las pocas defensas que pude haberle puesto frente a su legión de plumas, y las murallas del castillo fueron derribadas por un desbordado río que llevaba enormes olas, solo dignas para surfistas expertos.
El cansancio invadía los sentidos, pero más fuerte era la sensación de bienestar al ahogarme entre aquellas arenas movedizas húmedas, y quería alargar mis dedos para poder tocar a aquella niña pequeña que se reía en la lejanía de la selva. Y entonces me encontraba con que se perdía entre los árboles y no llegaba a alcanzarla.
Y desde entonces corro entre la maleza, dispuesto a encontrarla, y tumbarme con ella en el suelo, porque en realidad no es una niña, es la musa que invade mi sueño y me lleva por caminos que nunca antes realicé. Es la pequeña M, una deidad perdida entre los confines de la Tierra, que solo es encontrada una vez cada mil años mortales.
Usted nunca vislumbró una metamorfosis igual, en la que la misma belleza se transforma en cisne y en ángel indistintamente, y su portadora devora nubes durante su viaje al cielo. Sus propios dedos sellan sus labios, mientras mi cuerpo arde en llamas inagotables que nunca causan secuelas más que en el interior. Me perdí en el laberinto de sus ojos, bien cierto es, al tiempo que la luz del sol cambiaba de color a lo largo de las horas.
Los cantos de la sirena se volvieron mudos y en su lugar apareció un libro de fantasía donde se podían leer las estrellas de sus manos. En esta ocasión logró derribar las pocas defensas que pude haberle puesto frente a su legión de plumas, y las murallas del castillo fueron derribadas por un desbordado río que llevaba enormes olas, solo dignas para surfistas expertos.
El cansancio invadía los sentidos, pero más fuerte era la sensación de bienestar al ahogarme entre aquellas arenas movedizas húmedas, y quería alargar mis dedos para poder tocar a aquella niña pequeña que se reía en la lejanía de la selva. Y entonces me encontraba con que se perdía entre los árboles y no llegaba a alcanzarla.
Y desde entonces corro entre la maleza, dispuesto a encontrarla, y tumbarme con ella en el suelo, porque en realidad no es una niña, es la musa que invade mi sueño y me lleva por caminos que nunca antes realicé. Es la pequeña M, una deidad perdida entre los confines de la Tierra, que solo es encontrada una vez cada mil años mortales.
Ubicación:
23170 La Guardia, Jaén, España
miércoles, 18 de diciembre de 2013
Today
Hoy un globo de cemento se hundía en el fondo del mar, mientras un pájaro carpintero intentaba abrirse paso picoteando entre los pequeños huecos. El sonido de las olas se escuchaba con fuerza, y el pájaro conseguía respirar bajo el agua, como si quisiera golpear por siempre el cemento.
Las voces de siempre se apagaron y solo se escuchaban extraños murmullos, como si de otras personas se tratasen. Un halo de inseguridad y desgana cubren los sentidos, igual que un espectro que lo absorbe todo y te deja sin nada más que un pensamiento aterrador. Los golpes destrozan la madera, y la sangre cae de los nudillos de un muñeco hecho con trapo. La enormidad me hace pequeño, y el eco reverbera en las profundidades de la noche. ¿Qué es la felicidad? ¿Qué es la felicidad? Se repite como un chiste de mal gusto pronunciado por un bromista de segunda.
Y nadie responde, porque las sombras no tienen boca, solo muecas, y las tinieblas no necesitan hablar para decirte lo que debes saber. Es entonces cuando cristales de sal crecen en mitad de la nada, y, entre ráfagas de agua, descubres que la felicidad no es un estado de ánimo, sino un cisne de color negro volando alrededor.
Las voces de siempre se apagaron y solo se escuchaban extraños murmullos, como si de otras personas se tratasen. Un halo de inseguridad y desgana cubren los sentidos, igual que un espectro que lo absorbe todo y te deja sin nada más que un pensamiento aterrador. Los golpes destrozan la madera, y la sangre cae de los nudillos de un muñeco hecho con trapo. La enormidad me hace pequeño, y el eco reverbera en las profundidades de la noche. ¿Qué es la felicidad? ¿Qué es la felicidad? Se repite como un chiste de mal gusto pronunciado por un bromista de segunda.
Y nadie responde, porque las sombras no tienen boca, solo muecas, y las tinieblas no necesitan hablar para decirte lo que debes saber. Es entonces cuando cristales de sal crecen en mitad de la nada, y, entre ráfagas de agua, descubres que la felicidad no es un estado de ánimo, sino un cisne de color negro volando alrededor.
Ubicación:
23170 La Guardia de Jaén, Jaén, España
lunes, 9 de diciembre de 2013
Invierno
¡El virgen, el vivaz y bello día de hoy
de un aletazo ebrio va a
desgarrarnos este
lago duro olvidado que persigue debajo de la
escarcha
el glaciar transparente de los vuelos no huidos!
Un cisne de otro tiempo se acuerda de que él es
Un cisne de otro tiempo se acuerda de que él es
quien, aún sin
esperanza, magnífico se libra
por no haber cantado la región de vivir
cuando ha esplendido el tedio del estéril invierno.
Sacudirá su cuello entero esta blanca agonía
cuando ha esplendido el tedio del estéril invierno.
Sacudirá su cuello entero esta blanca agonía
por el espacio
impuesto al ave que lo niega,
mas no el horror del suelo que
aprisiona al plumaje.
Fantasma que su puro destello a este lugar asigna,
Fantasma que su puro destello a este lugar asigna,
se aquieta en
el ensueño helado del desprecio
que entre su exilio inútil viste el
Cisne.
Stéphan Mallarmé
lunes, 14 de octubre de 2013
Yo persigo una forma...
Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
el abrazo imposible de la Venus de Milo.
Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.
Rubén Darío
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
el abrazo imposible de la Venus de Milo.
Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.
Rubén Darío
domingo, 13 de octubre de 2013
El canto del fuego
Caía la noche, y el lugar estaba completamente a oscuras. Un camino lleno de farolas con las bombillas apagadas era mi referencia. Hacía viento, y junto con las hojas y las partículas de limo, también habían gotas de agua, pues había estado lloviendo hace poco. La luna se iba dibujando en el cielo, parcialmente, y la única estrella visible era la Polar. Los muros de las casas se antojaban grises, sin chispa; los árboles, solitarios, no ayudaban a alegrar la escena. La humedad se palpaba en el ambiente, y mis pupilas, dilatadas, ya se habían acostumbrado a la oscuridad imperante.
No había nadie por allí, y las pocas luces que se apreciaban venían desde los ventanales de las casas. Entonces vi a una chica sentada en un banco. Llevaba un antifaz de color azul apagado que le tapaba los ojos. Noté que estaba cantando, y me quedé allí, inmóvil, escuchando:
La luna camina
sola por Gran Vía,
y del cuello lleva
rayos de Sol.
Corre luna, corre,
que caen estrellas
de su ventana,
de sombra ahítas.
Dibujo círculos
en el suelo,
para así iluminar
contigo la ciudad.
Pero no soy
como tú, luna,
aunque sola
esté de viaje.
Necesito andar
con una chispa,
que haga arder
mi corazón.
Y no sé por qué,
ese presente
ya me lo trae,
aquel que escucha.
No corras tú,
solitario muchacho,
pues el fuego
prenderá la calle.
Entonces la chica se levantó, y, lentamente, se acercó a mí. Colocó sus manos sobre mis mejillas, y, soplando delicadamente sobre mi rostro, murmuró: Bienvenido a mi extraño mundo.
Cuando quise darme cuenta me encontraba en un lugar con libros a mi alrededor, formando calles. Comencé a andar, y las calles se multiplicaban, formando un laberinto interminable. Cuando más perdido me encontraba, las luces se apagaron, y solo quedó un único camino marcado por una tenue luz. Empecé a seguirlo, fascinado, pues desconocía cómo podía darse aquel fenómeno. Al cabo de mucho rato andando, llegué a un lugar central, más amplio, en forma de círculo, y allí se encontraba la misma chica. Me acerqué a ella con la intención de preguntarle quién era, cuando, sin reacción alguna por mi parte, me abrazó y, en voz baja, me dijo:
- ¿Por qué has tardado tanto?
Antes de poder mediar palabra alguna, me mandó callar con un prolongado beso, que hizo que los libros que formaban aquel lugar se incendiaran. Las gotas de tinta se iban moviendo con voluntad propia, y, movidas en grandes cantidades, iban colocándose intencionadamente a nuestro alrededor, en el suelo. De tal modo que cualquiera que hubiera visto aquello desde el aire, habría visto dibujado un enorme cisne de perfil, de color negro, y, en otro color, el ojo del animal. En este caso, el color de nuestra piel, pues la ropa se había desvanecido en apenas unos segundos, y la única forma de que el desconocido aéreo no nos viese por completo, era uniendo nuestros cuerpos.
No había nadie por allí, y las pocas luces que se apreciaban venían desde los ventanales de las casas. Entonces vi a una chica sentada en un banco. Llevaba un antifaz de color azul apagado que le tapaba los ojos. Noté que estaba cantando, y me quedé allí, inmóvil, escuchando:
La luna camina
sola por Gran Vía,
y del cuello lleva
rayos de Sol.
Corre luna, corre,
que caen estrellas
de su ventana,
de sombra ahítas.
Dibujo círculos
en el suelo,
para así iluminar
contigo la ciudad.
Pero no soy
como tú, luna,
aunque sola
esté de viaje.
Necesito andar
con una chispa,
que haga arder
mi corazón.
Y no sé por qué,
ese presente
ya me lo trae,
aquel que escucha.
No corras tú,
solitario muchacho,
pues el fuego
prenderá la calle.
Entonces la chica se levantó, y, lentamente, se acercó a mí. Colocó sus manos sobre mis mejillas, y, soplando delicadamente sobre mi rostro, murmuró: Bienvenido a mi extraño mundo.
Cuando quise darme cuenta me encontraba en un lugar con libros a mi alrededor, formando calles. Comencé a andar, y las calles se multiplicaban, formando un laberinto interminable. Cuando más perdido me encontraba, las luces se apagaron, y solo quedó un único camino marcado por una tenue luz. Empecé a seguirlo, fascinado, pues desconocía cómo podía darse aquel fenómeno. Al cabo de mucho rato andando, llegué a un lugar central, más amplio, en forma de círculo, y allí se encontraba la misma chica. Me acerqué a ella con la intención de preguntarle quién era, cuando, sin reacción alguna por mi parte, me abrazó y, en voz baja, me dijo:
- ¿Por qué has tardado tanto?
Antes de poder mediar palabra alguna, me mandó callar con un prolongado beso, que hizo que los libros que formaban aquel lugar se incendiaran. Las gotas de tinta se iban moviendo con voluntad propia, y, movidas en grandes cantidades, iban colocándose intencionadamente a nuestro alrededor, en el suelo. De tal modo que cualquiera que hubiera visto aquello desde el aire, habría visto dibujado un enorme cisne de perfil, de color negro, y, en otro color, el ojo del animal. En este caso, el color de nuestra piel, pues la ropa se había desvanecido en apenas unos segundos, y la única forma de que el desconocido aéreo no nos viese por completo, era uniendo nuestros cuerpos.
martes, 8 de octubre de 2013
El cisne
Fue en una hora divina para el género humano.
El Cisne antes cantaba sólo para morir.
Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano
fue en medio de la aurora, y fue para revivir.
Sobre las tempestades del humano océano
se oyó el canto del Cisne; no se cesa de oír,
dominando el martillo del viejo Thor germano
o las trompas que cantan la espada de Argantir.
¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena
del huevo azul de Leda brotó de gracia plena,
siendo de la Hermosura la princesa inmortal,
bajo tus blancas alas la nueva Poesía
concibe en una gloria de luz y de armonía
la Helena eterna y pura que encarna el ideal.
Rubén Darío.
El Cisne antes cantaba sólo para morir.
Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano
fue en medio de la aurora, y fue para revivir.
Sobre las tempestades del humano océano
se oyó el canto del Cisne; no se cesa de oír,
dominando el martillo del viejo Thor germano
o las trompas que cantan la espada de Argantir.
¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena
del huevo azul de Leda brotó de gracia plena,
siendo de la Hermosura la princesa inmortal,
bajo tus blancas alas la nueva Poesía
concibe en una gloria de luz y de armonía
la Helena eterna y pura que encarna el ideal.
Rubén Darío.
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luz,
poema,
Rubén Darío
domingo, 6 de octubre de 2013
El sonambulista en el tejado
Muros de cristal
sobre líneas de
veloces electrones.
Dos caras lejanas
que entrechocan
cálidas miradas.
Un devorador de
sueños sonríe,
junto al papel
seco lleno de agua.
El bambú se difumina
entre días del mes,
y los pandas juegan
a ser estatuas de sal.
Debajo, un prado
repleto del aroma
de miles de flores,
legiones de olores.
Al lado, colores
pintados al azar,
con tinta negra
y emociones.
Un cisne que habla
en varios idiomas,
hechiza la vista
y destroza armas.
Jung con entramos
en su hábil terreno,
y sin voz hablando
el alma nos miramos.
Se difuminaba sola,
dominando el poder,
temida oscuridad
o ansiada claridad.
Y sin poderla tocar
la desnudaba,
y sin poderme tocar
sin ropa quedaba.
Y cuando ya las
gotas de arena
se agolpaban
en el recipiente,
todo se desvaneció,
quedando unidos
por el hilo fino
de un rico vestido.
Y fue entonces
que solo dibujó
entre rayos de luz
una dulce historia:
"Da igual el trazado,
no importa el paisaje,
ni el infinito viaje,
si lo vivo a tu lado."
sobre líneas de
veloces electrones.
Dos caras lejanas
que entrechocan
cálidas miradas.
Un devorador de
sueños sonríe,
junto al papel
seco lleno de agua.
El bambú se difumina
entre días del mes,
y los pandas juegan
a ser estatuas de sal.
Debajo, un prado
repleto del aroma
de miles de flores,
legiones de olores.
Al lado, colores
pintados al azar,
con tinta negra
y emociones.
Un cisne que habla
en varios idiomas,
hechiza la vista
y destroza armas.
Jung con entramos
en su hábil terreno,
y sin voz hablando
el alma nos miramos.
Se difuminaba sola,
dominando el poder,
temida oscuridad
o ansiada claridad.
Y sin poderla tocar
la desnudaba,
y sin poderme tocar
sin ropa quedaba.
Y cuando ya las
gotas de arena
se agolpaban
en el recipiente,
todo se desvaneció,
quedando unidos
por el hilo fino
de un rico vestido.
Y fue entonces
que solo dibujó
entre rayos de luz
una dulce historia:
"Da igual el trazado,
no importa el paisaje,
ni el infinito viaje,
si lo vivo a tu lado."
miércoles, 2 de octubre de 2013
Miradas
Me pierdo en las miradas. Distantes, lejanas y ajenas miradas. O tal vez, cálidas, cercanas y conocidas. Me agrada caer en esos pozos de brea, que prenden con solo acercar una tea encendida. ¿Qué más da si ardo en ellos? Me quedo estupefacto observando los fuegos artificiales en esos charcos espejeantes; silban y estallan en miles de colores, dibujando diversas formas, desde abstracciones a formas animales, como cisnes o hámsters muy bien delimitados.
Y es cierto que no me dejan conexión directa, que se vuelven esquivas y cuesta mantenerlas, pero tal vez sea eso lo hace que, al establecer contacto, la felicidad estalle en una nube oscura de chispas.
Y es cierto que no me dejan conexión directa, que se vuelven esquivas y cuesta mantenerlas, pero tal vez sea eso lo hace que, al establecer contacto, la felicidad estalle en una nube oscura de chispas.
lunes, 23 de septiembre de 2013
Black Swan
Salí a cazar en un duro invierno. La nieve, fría y veloz, me acuchillaba las mejillas con ayuda del viento; los pies, ataviados con buenas botas, se hundían varios centímetro en blanco y húmedo suelo, haciendo que tuviera que esforzarme mucho para avanzar unos pocos pasos. Ni siquiera la gruesa piel del abrigo me protegía contra las inclemencias del tiempo: empezaba a sentir frío.
Estaba a punto de abandonar la estúpida idea de cazar con aquel temporal, cuando, no muy lejos de allí, vi un estanque, en el que un cisne de color negro, era acosado por otros de color blanco. Se encontraba sin fuerzas, malherido, así que pegué un tiro al aire, para espantar a los indeseables, y me acerqué al otro. Como parecía estar con vida, me quité el abrigo, que ya poco me servía, y, con suma delicadeza, envolví al cisne en él. Lo sostuve entre mis brazos, y emprendí el camino de regreso a casa.
Siempre me gustó aquella casa de madera. Pero ese día no. El frío reptaba por las rendijas de la puerta, por las diminutas aperturas de la madera rajada, y no había forma de entrar en calor. Había dejado al cisne sobre la cama, convenientemente tapado, y, antes de curarlo, quería encender el fuego.
Pero no había forma humana de encenderlo. La madera, insuficientemente seca, solo servía para hacer señales de humo en un hipotético escenario del salvaje oeste. Al rato lo dejé por imposible, y me acerqué al cisne para curarle las posibles heridas, pero, al acercarme, no estaban ni el cisne ni el abrigo.
Busqué por toda la casa, pero no había ni rastro de ellos. Sin abrigo, sin pieza de caza alguna, muerto de frío y agotado. No podía tornarse ya peor el día. Decidí marcharme a la cama, aunque todavía faltaba para la noche, el atardecer estaba avanzado, y yo estaba derrotado.
Me despertó un ruido en mitad de la noche. A ciegas, busqué las cerillas, y encendí el candelabro de la mesita de noche. Ya había cesado de nevar, y aunque la nieve reposaba generosamente en la ventana, se podía ver el exterior. Una luna llena se dibujaba sobre un inmenso mar de copos blancos, de árboles caducos conquistados por el antónimo del negro, y los perennes pinos formaban dualidades diversas con el paisaje. La oscuridad, cerrada, con las estrellas tapadas por nubes grises, que se arremolinaban también junto al preciado satélite. El viento había cesado, y solo la calma parecía reinar, exceptuando los lejanos aullidos de los lobos.
El sonido causante de mi reciente vigilia había sido el crepitar del fuego, que estaba encendido. Mi cara de sorpresa fue de risa, pues no tenía ni la más remota idea de cómo había podido suceder aquello. Me levanté de la cama y fui a observar aquello más de cerca.
Entonces, se apagó el fuego, y la luz del candelabro. Apareció una figura femenina, iluminada solamente por la luz que daba la luna desde el exterior. Llevaba únicamente por vestido un abrigo, sin abrochar, capucha puesta sobre la cabeza: Aquel era mi abrigo.
No supe cómo reaccionar. Aquella magnífica figura se acercaba cada vez más, parsimoniosamente, con seguridad, hacia mí. Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza a toda velocidad, como un accidente de coche en cadena, ¡pah!, imagine un montón de bólidos contra la pared.
De lo que no dudaba era que aquella mujer era hermosa, las líneas de su cuerpo, elegantemente definidas; sus pechos, contorneados; y la luz de sus ojos, más brillante que la luz que recibía la luna.
Cuando estaba prácticamente frente a mí, se quitó la capucha y dejó ver su larga melena. Lisa, con cabellos similares a hilos perfectamente formados de las manos de dioses artesanos.
Al estar junto a mí, me dio un abrazo, y, susurrándome al oído, me dijo:
- Gracias.
Se apartó un poco y me dio un fugaz beso en los labios. Inmediatamente después, mis párpados empezaron a pesar más y más, y mi cabeza no me respondía, solo podía caer rendido a la cama.
Al despertar, ya era por la mañana, y gran parte del color predominante durante la noche, había desaparecido. Caían gotas de los árboles marchitos, iluminadas por el sol naciente; el suelo, aún con una capa notable, era lo único que había sobrevivido. A mi lado, dentro de la cama, se encontraba el cisne que había desaparecido el día anterior, curado de sus heridas, y con un brillo en los ojos que me resultaba familiar.
A partir de aquel día, me encontré con unas experiencias similares, en las que, al anochecer, una chica cuidaba de mí, con la misma ternura que yo cuidaba a aquel cisne. Rara vez dijo palabra alguna, pero siempre que dormía junto a mí, sin caer yo presa de su embrujo, en mis oídos retumbaba una y otra vez un nombre: Helena.
Estaba a punto de abandonar la estúpida idea de cazar con aquel temporal, cuando, no muy lejos de allí, vi un estanque, en el que un cisne de color negro, era acosado por otros de color blanco. Se encontraba sin fuerzas, malherido, así que pegué un tiro al aire, para espantar a los indeseables, y me acerqué al otro. Como parecía estar con vida, me quité el abrigo, que ya poco me servía, y, con suma delicadeza, envolví al cisne en él. Lo sostuve entre mis brazos, y emprendí el camino de regreso a casa.
Siempre me gustó aquella casa de madera. Pero ese día no. El frío reptaba por las rendijas de la puerta, por las diminutas aperturas de la madera rajada, y no había forma de entrar en calor. Había dejado al cisne sobre la cama, convenientemente tapado, y, antes de curarlo, quería encender el fuego.
Pero no había forma humana de encenderlo. La madera, insuficientemente seca, solo servía para hacer señales de humo en un hipotético escenario del salvaje oeste. Al rato lo dejé por imposible, y me acerqué al cisne para curarle las posibles heridas, pero, al acercarme, no estaban ni el cisne ni el abrigo.
Busqué por toda la casa, pero no había ni rastro de ellos. Sin abrigo, sin pieza de caza alguna, muerto de frío y agotado. No podía tornarse ya peor el día. Decidí marcharme a la cama, aunque todavía faltaba para la noche, el atardecer estaba avanzado, y yo estaba derrotado.
Me despertó un ruido en mitad de la noche. A ciegas, busqué las cerillas, y encendí el candelabro de la mesita de noche. Ya había cesado de nevar, y aunque la nieve reposaba generosamente en la ventana, se podía ver el exterior. Una luna llena se dibujaba sobre un inmenso mar de copos blancos, de árboles caducos conquistados por el antónimo del negro, y los perennes pinos formaban dualidades diversas con el paisaje. La oscuridad, cerrada, con las estrellas tapadas por nubes grises, que se arremolinaban también junto al preciado satélite. El viento había cesado, y solo la calma parecía reinar, exceptuando los lejanos aullidos de los lobos.
El sonido causante de mi reciente vigilia había sido el crepitar del fuego, que estaba encendido. Mi cara de sorpresa fue de risa, pues no tenía ni la más remota idea de cómo había podido suceder aquello. Me levanté de la cama y fui a observar aquello más de cerca.
Entonces, se apagó el fuego, y la luz del candelabro. Apareció una figura femenina, iluminada solamente por la luz que daba la luna desde el exterior. Llevaba únicamente por vestido un abrigo, sin abrochar, capucha puesta sobre la cabeza: Aquel era mi abrigo.
No supe cómo reaccionar. Aquella magnífica figura se acercaba cada vez más, parsimoniosamente, con seguridad, hacia mí. Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza a toda velocidad, como un accidente de coche en cadena, ¡pah!, imagine un montón de bólidos contra la pared.
De lo que no dudaba era que aquella mujer era hermosa, las líneas de su cuerpo, elegantemente definidas; sus pechos, contorneados; y la luz de sus ojos, más brillante que la luz que recibía la luna.
Cuando estaba prácticamente frente a mí, se quitó la capucha y dejó ver su larga melena. Lisa, con cabellos similares a hilos perfectamente formados de las manos de dioses artesanos.
Al estar junto a mí, me dio un abrazo, y, susurrándome al oído, me dijo:
- Gracias.
Se apartó un poco y me dio un fugaz beso en los labios. Inmediatamente después, mis párpados empezaron a pesar más y más, y mi cabeza no me respondía, solo podía caer rendido a la cama.
Al despertar, ya era por la mañana, y gran parte del color predominante durante la noche, había desaparecido. Caían gotas de los árboles marchitos, iluminadas por el sol naciente; el suelo, aún con una capa notable, era lo único que había sobrevivido. A mi lado, dentro de la cama, se encontraba el cisne que había desaparecido el día anterior, curado de sus heridas, y con un brillo en los ojos que me resultaba familiar.
A partir de aquel día, me encontré con unas experiencias similares, en las que, al anochecer, una chica cuidaba de mí, con la misma ternura que yo cuidaba a aquel cisne. Rara vez dijo palabra alguna, pero siempre que dormía junto a mí, sin caer yo presa de su embrujo, en mis oídos retumbaba una y otra vez un nombre: Helena.
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