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viernes, 20 de marzo de 2015

El tren de ida

Ya tenía las maletas listas. El papel de la invitación sobre la mesa, con un billete de ida hacia un destino desconocido. La calle, nevada, me hacía temblar de frío, a pesar de llevar puesto un abrigo, guantes, gorro, y una bufanda tejida a mano que me envió ella junto con la carta. Fue una agradable sorpresa, porque las únicas misivas que recibo son de propaganda electoral, un arte denostado esto de la correspondencia por correo.

Mi único problema lo encontré en la estación, pues, justo cuando iba a subir al tren, alguien se chocó conmigo y las cosas volaron. Muy peliculero todo, sí, pero os aseguro que a mí no me apetecía nada esa escena. Iba muy justo de tiempo, y el tren se marchó mientras recogía las cosas. Ni cinco minutos se esperó. No supe si enfadarme o resignarme.

- ¿Estás bien? - Una tímida voz femenina, envuelta en el vaho caluroso de su aliento, me preguntaba.
- Sí, sí, no te preocupes. ¿Y tú? - Respondí, amagando una sonrisa.

Ella asintió. Llevaba la cara envuelta en un pasamontañas, y solo se le veía el pelo negro, largo, que caía sobre sus hombros. Ojos color azabache que cortaban la respiración.

Una vez recuperadas las cosas, fuí a ver al revisor. No me percaté de que aquella mujer se había quedado en el mismo sitio, mirándo mis movimientos desde atrás. 

- Disculpe, ¿podría cambiar este billete? He perdido el tren.
- Umm, a ver... ¡Oh!, lo siento, pero este tren... Solo salía hoy. No podré cambiartelo.
- ¿Qué quieres decir?
- Pues que ya no volverá. No podrá montarse ahí, amigo mío. Lo lamento.
- Pero... - Balbuceé.

Entonces la chica me cogió de la mano y me sacó de allí.

- Ese tren que has perdido... ¿Era muy importante para ti?
- Bueno, sí, se podría decir que sí.
- Entonces, quiero pedirte disculpas, te daré este cuaderno como compensación. Es importante para mí.

Dicho esto, me besó en la mejilla y se marchó corriendo. Desconcertado por el giro de los acontecimientos, decidí abrir lo que me había dado. Y, en la primera página rezaba:

"Has perdido algo que no volverá, pero al chocarte conmigo, en el futuro recordarás que los trenes realmente importantes siempre vuelven, y que los raíles del momento te llevarán de vuelta a mí, aunque no sepamos siquiera quiénes somos".

Para Irene.

Palabras clave: Tren, cuaderno y bufanda.

domingo, 1 de marzo de 2015

Dimensiones

Me he perdido en el desierto. El camello se escapó mientras dormía, rompiendo la cuerda, y ahora me he quedado sin nada. Solo veo a mi alrededor oceános de fuego y arena, muerte. Los buitres ya danzan sobre mi cabeza, y sé muy bien lo que eso significa. No puedo seguir más. Me siento en el suelo. Cuando vine por primera vez me resultaba abrasador, ya me he acostumbrado. Cierro los ojos, y me desvanezco.

Despierto tirado en la nieve, muerto de frío. Me quedo quieto, estupefacto, y cojo un poco. ¿Nieve? ¿Aquí?
Y no solo nieve, también árboles. Y tres niños jugando. Me incorporo un poco y me acerco a ellos. Me observan con desconfianza, y es normal, pues mi aspecto debe ser lamentable.

- Hola niños. ¿Qué hacéis? - Les sonrío.
Una niña, más confiada que los otros, responde.
- Un muñeco de nieve. ¿Verdad que se parece a un minion? Le hemos puesto unas gafas que Juan tenía de sobra.
Acto seguido el otro niño, imagino que Juan, le conmina a callarse.
- Chisst, no le digas nada, ¿y si es un hombre malo? ¿Qué quiere? - Me pregunta, desafiante.
- No seas así, Juan, no parece malo. -Responde el otro niño.
- Pero Lorenzo... Es extraño que venga así como así, sin conocernos. ¿Tú qué opinas María? - Inquiere Juan.
- Pues, que lo puede decidir Jiuma.
- Buena idea. - Aprueban.
- ¿Jiuma?
- Es el espíritu del bosque. Suele jugar con nosotros. Te llevaremos ante él para ver si de verdad eres o no un hombre malo.
- De acuerdo.

Vaya con los niños. Si fuesen todos así no habría nunca secuestros. Parecen policías. De todos modos, no sé nada de este sitio. ¿Han dicho espíritu del bosque? Espero que sea una broma y me lleven ante un adulto, para ver qué ocurre.

Los niños me llevan hacia el interior de lo que parece un bosque de abetos, y allí me encuentro a Jiuma.
- ¿¡Un oso panda!? Vámonos de aquí niños. Esto es peligroso.
- ¿Pero qué dices? Es Jiuma, y es muy simpático. ¿Verdad? - Dice María.

Entonces el oso se da la vuelta. Tiene una cara amistosa, como si estuviese sonriendo.
- Pues claro que sí. Solo con quienes se lo merecen.

Eso ha sido extraño. No solo porque pueda hablar, sino porque tiene voz de chica.

- ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has podido entrar? - Inquiere, asustado.
- Eso me gustaría a mí saber. ¿Dónde estoy?

El panda se relaja un poco, y me observa fijamente, analizándome.

- Está bien. No pareces un enemigo. Estás en la décima dimensión de los sueños. Para que lo entiendas, diré que has estado buscando algo, pero que no has podido alcanzarlo. No suele venir nadie aquí. Solo los niños.
- ¿Y cómo salgo de aquí? ¿Por qué solo vienen los niños?
- Verás, dudo que puedas salir de aquí, al menos yo no lo sé cómo se hace. Eso está en uno mismo. Y, los niños son los que vienen aquí porque son ellos los que siempre persiguen cosas que no pueden obtener. Es extraño ver a alguien así entre los adultos.

Ahora lo entendía todo. Resignación, aceptación. Conocer cuál es tu lugar. Todo eso mata la búsqueda de metas que se antojan imposibles. No sabía cómo sentirme al encontrarme allí, con el espíritu de un niño y el cuerpo de un adulto. ¿Me quedaría ahí por siempre? ¿Volvería al desierto? Solo el tiempo lo dirá.

Para Concha.

Palabras clave: Minion, copo de nieve, panda.

domingo, 12 de enero de 2014

El ángel bueno

Vino el que yo quería
el que yo llamaba.
No aquel que barre cielos sin defensas.
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.
No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.
El que yo quería.
Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.
Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.
Para sin lastimarme,
cavar una ribera de luz dulce en mi pecho
y hacerme el alma navegable.
 

Rafael Alberti

martes, 26 de noviembre de 2013

Universos paralelos

Se empieza a crear nieve en la habitación, y me encuentro en el centro. Todos los espacios se van tiñendo de blanco, exceptuando el lugar que ocupan mis pies, y un poco más. Se forman picos de hielo en la madera de la cama, asemejando a una gélida cárcel impenetrable. Comienzo a tiritar. La ropa que llevo comienza a humedecerse y no es suficiente para retener la calor. Me agacho y me abrazo sobre mis piernas. El gélido aire que hay dominando el lugar contrasta con el de mi aliento, y ambos se pelean, formando vahos visibles. No se puede salir. Alguien selló la puerta desde el exterior, y nada sirve para combatir la temperatura que se forma.

En el momento en que pienso que ya no hay escapatoria y me rindo a la situación, se abre la puerta, despacito, con timidez. Y aparece ella, tranquila, sin prisas. Derrite la nieve que hay en cada rincón que pisa, y las jaulas naturales que formaban el hielo, se transformaban en charcos de agua. Al llegar a mí, colocó su mano sobre mi rostro, y, sonriéndome, recorrió el resto de mi cuerpo con su otra mano. El calor corporal se estabilizaba allí donde posaba ella su piel, y, antes de perder del todo la consciencia, no pude evitar robarle un poco de luz de su mirada.



lunes, 21 de octubre de 2013

Fear

El miedo es un señor con sombrero de copa que comienza a lanzar dardos de curare hacia el cuerpo y la mente. Hoy vino a visitarme. Llamó a la puerta, me saludó quitándose el sombrero, y estuvo conmigo todo el día. Me escondo en el bosque de mi mente, en los lugares más recónditos, donde el sol no puede observarme, donde cristalinos lagos brillan con la luz de sus ojos. Todo a mi alrededor es vegetación. Nada de malas hierbas, ni arbustos de espino, nada agresivo. Pero ni siquiera ahí estoy a salvo. Él me huele, con un olfato que eclipsa al canino más desarrollado. Avanza lento, sin prisas, como un confiado cazador que sabe que su presa nunca escapará. Y lo trastoca todo. Las flores mueren; el agua, se estanca y se enturbia; el aire, se vicia, tornándose una atmósfera casi irrespirable; aparecen zarzas y se transforma todo en una pesadilla. Él sonríe y extiende la mano a modo de saludo. Entonces echo a correr, no importa donde, mientras no lo vea a él. En mi huida, noto su mirada clavada en mi nuca, fría, calculadora, y observo que todo el paisaje ha cambiado. Nieve bajo mis pies, el aliento expira vapor debido al gélido ambiente, y todo se vuelve complejo. Un estado mental que nunca había visitado. Tal era el poder de aquel hombre.

Al poco tiempo me pudo el cansancio, y caí rendido al suelo. Cerré los ojos, y, cuando volví a abrirlos, mi captor se encontraba tumbado junto a mí, observándome. Se levantó y me extendió la mano. Esta vez la acepté, muy a mi pesar. Una vez en pie, le pregunté.

- ¿Por qué has vuelto?
- ¿Volver? Nunca quisiste que me fuera.

jueves, 17 de octubre de 2013

Cuentos para una enferma

Miro a la ventana y no encuentro nada. Nada ahí fuera que consiga motivarme. A veces pasan niños jugando y gritando, pero ese tiempo ya pasó para mí. Quisiera volar lejos de aquí. Vivir en Irlanda, o en algún lugar perdido, rodeada de árboles, en una casa de madera. Si es en el norte, quiero que los abetos me rodeen. O los pinos. Alzar la vista y ver pájaros volando. O copos de nieve cayendo. Y, a ser posible, tendría un caballo. Un hermoso caballo blanco, cuyo pelo ondearía al compás del viento, al unísono con el mío, mientras cabalgamos hacia el infinito. Y, al llegar a casa, alguien me esperaría y me diría: "Bienvenida a casa". Sin ataduras, sin polución, en libertad.

Encadené mi corazón a una máquina. Una pantalla fría que me colocaba palabras ante mis ojos. Sin rostro. Sin voz. Solo tinta electrónica que me hacía reir, sentirme bien, o enfadarme. Quizá las palabras que nunca pronuncié aparecen escritas en sangre. Y, a pesar de ser todo una aglutinación de palabras, consiguen hacerme sentir. Como si la luna actuase como una bombilla que cambia de color, del blanco al amarillo, y viceversa; pero que siempre está ahí.

Tanto es así que durante la noche iniciamos mil y una batallas contra el monstruo del sueño, hasta que resultamos derrotados, mano con mano, pluma con pluma, y, sin embargo, no llegamos a tocarnos. Que alguien me lo explique, porque yo no lo sé. ¿Cómo el frío puede quemar? 


"Tú sabes que ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera... Hasta hay un momento, un principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace". Jean-Paul Sartre.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Black Swan

Salí a cazar en un duro invierno. La nieve, fría y veloz, me acuchillaba las mejillas con ayuda del viento; los pies, ataviados con buenas botas, se hundían varios centímetro en blanco y húmedo suelo, haciendo que tuviera que esforzarme mucho para avanzar unos pocos pasos. Ni siquiera la gruesa piel del abrigo me protegía contra las inclemencias del tiempo: empezaba a sentir frío.

Estaba a punto de abandonar la estúpida idea de cazar con aquel temporal, cuando, no muy lejos de allí, vi un estanque, en el que un cisne de color negro, era acosado por otros de color blanco. Se encontraba sin fuerzas, malherido, así que pegué un tiro al aire, para espantar a los indeseables, y me acerqué al otro. Como parecía estar con vida, me quité el abrigo, que ya poco me servía, y, con suma delicadeza, envolví al cisne en él. Lo sostuve entre mis brazos, y emprendí el camino de regreso a casa.

Siempre me gustó aquella casa de madera. Pero ese día no. El frío reptaba por las rendijas de la puerta, por las diminutas aperturas de la madera rajada, y no había forma de entrar en calor. Había dejado al cisne sobre la cama, convenientemente tapado, y, antes de curarlo, quería encender el fuego.
Pero no había forma humana de encenderlo. La madera, insuficientemente seca, solo servía para hacer señales de humo en un hipotético escenario del salvaje oeste. Al rato lo dejé por imposible, y me acerqué al cisne para curarle las posibles heridas, pero, al acercarme, no estaban ni el cisne ni el abrigo.

Busqué por toda la casa, pero no había ni rastro de ellos. Sin abrigo, sin pieza de caza alguna, muerto de frío y agotado. No podía tornarse ya peor el día. Decidí marcharme a la cama, aunque todavía faltaba para la noche, el atardecer estaba avanzado, y yo estaba derrotado.

Me despertó un ruido en mitad de la noche. A ciegas, busqué las cerillas, y encendí el candelabro de la mesita de noche. Ya había cesado de nevar, y aunque la nieve reposaba generosamente en la ventana, se podía ver el exterior. Una luna llena se dibujaba sobre un inmenso mar de copos blancos, de árboles caducos conquistados por el antónimo del negro, y los perennes pinos formaban dualidades diversas con el paisaje. La oscuridad, cerrada, con las estrellas tapadas por nubes grises, que se arremolinaban también junto al preciado satélite. El viento había cesado, y solo la calma parecía reinar, exceptuando los lejanos aullidos de los lobos.

El sonido causante de mi reciente vigilia había sido el crepitar del fuego, que estaba encendido. Mi cara de sorpresa fue de risa, pues no tenía ni la más remota idea de cómo había podido suceder aquello. Me levanté de la cama y fui a observar aquello más de cerca.

Entonces, se apagó el fuego, y la luz del candelabro. Apareció una figura femenina, iluminada solamente por la luz que daba la luna desde el exterior. Llevaba únicamente por vestido un abrigo, sin abrochar, capucha puesta sobre la cabeza: Aquel era mi abrigo.

No supe cómo reaccionar. Aquella magnífica figura se acercaba cada vez más, parsimoniosamente, con seguridad, hacia mí. Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza a toda velocidad, como un accidente de coche en cadena, ¡pah!, imagine un montón de bólidos contra la pared.

De lo que no dudaba era que aquella mujer era hermosa, las líneas de su cuerpo, elegantemente definidas; sus pechos, contorneados; y la luz de sus ojos, más brillante que la luz que recibía la luna.
Cuando estaba prácticamente frente a mí, se quitó la capucha y dejó ver su larga melena. Lisa, con cabellos similares a hilos perfectamente formados de las manos de dioses artesanos.

Al estar junto a mí, me dio un abrazo, y, susurrándome al oído, me dijo:
- Gracias.

Se apartó un poco y me dio un fugaz beso en los labios. Inmediatamente después, mis párpados empezaron a pesar más y más, y mi cabeza no me respondía, solo podía caer rendido a la cama.

Al despertar, ya era por la mañana, y gran parte del color predominante durante la noche, había desaparecido. Caían gotas de los árboles marchitos, iluminadas por el sol naciente; el suelo, aún con una capa notable, era lo único que había sobrevivido. A mi lado, dentro de la cama, se encontraba el cisne que había desaparecido el día anterior, curado de sus heridas, y con un brillo en los ojos que me resultaba familiar.

A partir de aquel día, me encontré con unas experiencias similares, en las que, al anochecer, una chica cuidaba de mí, con la misma ternura que yo cuidaba a aquel cisne. Rara vez dijo palabra alguna, pero siempre que dormía junto a mí, sin caer yo presa de su embrujo, en mis oídos retumbaba una y otra vez un nombre: Helena.