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lunes, 30 de septiembre de 2013

Enfermedad

Un caballo, una torre, y un alfil en el tablero de ajedrez se alzan, cada uno por su lado, pero del mismo color. Amenazantes piezas, con mortíferas espadas que aturden y atontan, pero que conocen de antemano que no pueden alcanzar al rey. Perdieron la partida antes de empezar, pero aún así siguen plantando cara, pues les va la vida en ello. Mis peones sucumben ante los primeros ataques, pero luego la batalla se estabiliza hasta quedar en punto muerto, tornándose a una guerra de desgaste, con trincheras que delimitan las líneas, y; al fondo, el pensamiento de saber que la partida está ya afianzada y que, sin embargo, todavía queda mucho por ganar.

Cambios

El centinela del castillo se quedó dormido al caer la noche, y permitió que aquella ladrona fuese entrando día tras día. Primero fueron las banderas y sus colores lo que fue cambiando, después, las habitaciones, lúgubremente alumbradas, fueron iluminándose cada vez más; los muebles, ruinosos, dejaron paso a otros más nuevos, aunque con la marca de lo antiguo dibujada en ellos. Más tarde fueron las paredes, siendo sustituido el blanco por colores más alegres, como el azul; los suelos, desnudos, se llenaron de alfombras; las camas, con colchones viejos, se volvieron mullidas y suaves. Luego, los largos pasillos vacíos se llenaron con estanterías llenas de libros de autores tan diversos como Shakespeare, Tolstoi o Thoreau. Por último, las agrietas paredes resultaron arregladas, y en ellas, aparecían cuadros de Monet, Goya, o Corot.

No sé cuándo me percaté de aquella agradable intrusa, pero para cuando quise darme cuenta, ya había puesto patas arriba todo mi hogar, aunque debo decir que mejorándolo bastante.


domingo, 29 de septiembre de 2013

Flying

Ella quería hablar algo más que su lengua materna. Le quedaba pequeño ese conocimiento. Se perdía en un crisol de palabras distintas, a cada cual más extraña y atrayente. Quería decorar su habitación con todas aquellas diminutas partes de mundo, que, de una forma u otra, la transportaban a diversos lugares.

Una góndola en Venecia, transportándola hacia abajo, junto a un hombre cuyo rostro se oculta entre sombras. Un viaje a través de la selva amazónica, bajo enormes árboles, rodeada de vegetación, y sintiendo la lluvia torrencial cubriéndolo todo. Un antiguo castillo medieval, aún en buenas condiciones, donde se hospeda en una habitación sin luz eléctrica, alumbrada solo por velas y faroles, en medio de un denso bosque. Una estancia amena en la vereda de un río, viendo una trepidante cascada en las cercanías, y las hojas otoñales de los árboles cayendo a su alrededor. Un paseo de la mano junto a un misterioso caballero en la orilla de una playa vírgen, observando la luna en la franja nocturna.

Todo aquello recorría sin necesidad de salir de su habitación, y no es cierto que hubiese inventado una máquina de teletransportación: las distintas palabras, de los más alejados lugares, ejercían esa fuerza sobrehumana.



http://youtu.be/PnCBST6_MhI

Posturas

Es posible que no consiga resolver la ecuación que rige mi vida, nunca fui un buen matemático. Siempre me pareció algo estático, ortodoxo, que no ofrece salidas ni puertas traseras. La exactitud de los números. Es cierto que muchas cosas dependen de eso, pero no termina de encajar con mi forma de ser. Frente a ese poder inmutable, yo esgrimo la constante del error, la belleza de la imperfección, la racionalidad cogida de la mano con los sentimientos; distintos, sí, pero no incompatibles.

Yo le canto al poder de la palabra, aunque admiro la precisión del número. Pero hay cosas que los números no pueden hacer, como conseguir que la mente saque a relucir emociones internas, a menos que esos números estén relacionados con las palabras, como puede ser el 69, un número familiar para todo aquel que haya oído alguna vez de la existencia del kamasutra. Yo siempre quise leerlo, y a la vez ponerlo en práctica, por eso no he pasado de la primera página.

El caso es que, mediante el uso de las letras, previamente ordenadas, se puede conseguir derribar barreras mentales, provocar química dentro del cuerpo, similar a las drogas. Se crea así una dependencia a algo sano, provechoso y agradable, mientras que el número, aunque permite formar las drogas, que causan sensaciones magníficas en primera instancia, no puede lograr eso sin destrozar la composición natural del cuerpo. 

sábado, 28 de septiembre de 2013

Moonlight

No me gusta observar retratos de personas. Por cálida que sea la pintura, su mirada es fría, penetrante, incómoda. Nunca fueron vestidos con el alma, y, al mirarlos, pienso que mi reflejo es el que muestran sus ojos, una persona gélida, vidriosa. Rehuyo de las miradas, igual que un cervatillo huye de su presa. Mis ojos son las puertas a mi mundo interior, y no doy ese acceso a todo aquel que se le antoje.

De algún modo pienso que soy como la Luna; lejana y distante con aquellos que están fuera de mi órbita, pero con las estrellas que forman parte de mi camino, me vuelvo tal y como soy, aunque a veces muestro solo un lado, otras medio, y, muy raramente me muestro por completo. Es ahí, en esa última fase, donde realmente mi luz no viene del Sol, sino de mi propia felicidad, y es entonces cuando aquellos que me ven en la lejanía, vislumbran mi verdadera belleza.

http://youtu.be/-hH1zutgUGk
Empieza a llover. No sé desde cuándo me gusta la lluvia. Todo se remonta a un pasado tan oscuro que no quiero vislumbrar más allá de la oscuridad del presente.  Me encuentro en la calle, y las nubes cubren todo el cielo bajo el que me encuentro. Una gota, y otra, y otra más... Decenas, cientos, miles de gotas que chocan contra el asfalto, las tejas de cerámica, los árboles, el cristal de los coches... Y sobre mi ropa,  mi cabello, y mi rostro. Puedo observarme mientras camino, en los rincones donde nacen los charcos, espejos que deforman la realidad mientras están en movimiento. Me encanta que ocurra esto. De algún modo siento que no soy la única que derrama lágrimas cuando se siente mal, también el tiempo lo hace, de forma conjunta incluso, de forma que, al mirar mi cara, no es posible distinguir si lo que hay son lágrimas o gotas de lluvia.
Además, igual que los ojos se limpian con el agua, también se limpian los rincones más sórdidos de la ciudad. Dicen que las nubes grises y ennegrecidas crean un paisaje feo, triste, y deprimente, pero aquellas mismas personas que lo sostienen no dudan en teñir de suciedad el cielo, con humos contaminantes, e ignoran que el agua es el principio de toda vida, y su fin, el fin de esta enorme bola de hormigón armado llamada Tierra.


Un, dos... ¿tres?

Dicen que existen dos mundos. Uno real, consciente, que determina la vida; y otro imaginario, paladín de los sueños, efímero condicionante del primer mundo.

Pues bien, esto es falso. Existe una tercera ubicación, en la que se mezclan los dos mundos, ya sea porque la realidad se vuelve similar a lo que habitaba en el subconsciente, ya sea porque la realidad se dibuja en los sueños y la imaginación.

A su vez, este lugar se divide en dos evoluciones distintas del tiempo. Una, más cercana a la frontera de la realidad, en la que los segundos se pasan como si fuesen heridos de guerra, mutilados graves; se arrastran por el suelo, caminan lentamente, y en ocasiones dibujan la eternidad. Una eternidad anquilosada, aburrida, indeseada, en la que nadie preferiría la inmortalidad.
La segunda, más cercana a los límites del subconsciente, se vuelve rápida y sosegada, envuelta de paz, tranquilidad, y emociones cálidas. No obstante, los minutos se escapan de las manos, como si intentásemos atrapar con los dedos agua de un estanque.

No sé cuál de estos estados frecuento con más asiduidad, pero sí sé que, cuando estoy con ella, aparece un cuarto habitáculo, paralelo a todos ellos, en el que el tiempo deja de funcionar, como un reloj parado que se dibuja en el infinito. Y, solo cuando nos separamos, es cuando todos los soldados de Cronos rompen filas y se disponen a arrebatarme lo que les corresponde.

http://youtu.be/LXLXJKhkxl0