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miércoles, 11 de marzo de 2015

Prisiones

Sigo encerrado en mi propia prisión, bebiendo del agua que cae de las goteras del techo. No cuidé esto y estuve demasiado tiempo viendo el paisaje del exterior. Me encantaba observar los prados verdes y llenos de vida que veía a través de los barrotes, tanto, que, cuando me fijo un poco, todo está hecho un desastre.

No es que no lo estuviera antes, es solo que ahora se nota mucho más. Como si acabase de despertar y se me hubiese aclarado la mente. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo pesadas que son mis propias cadenas. Ahora no sé cómo salir de aquí. Privado de libertad, sin poder elegir el camino que se abría ante mis ojos, la suerte echada. Me olvidé incluso de dormir, y ahí está el catre de hierro, los brazos de la soledad como almohada, y tu nombre en las pintadas navajeras de la pared.

¿Cómo ser feliz cuando todo se trueca a lo que siempre habías temido en el fondo? Siempre se aferra el loco al último rayo de esperanza, hasta que el martillo de la realidad golpea fuerte sobre el yunque de la cordura, y todo alrededor se torna de color rojo.

Hoy ya no quiero ver lo que se extiende más allá de mi ventana. Hoy cierro la portezuela de madera y me sumo en la oscuridad de la habitación. Que descanse en paz el último halo de ilusión, sobre la tumba de las palabras equivocadas y los actos erróneos.

Para Inés.


Palabras clave: Privado, cadenas y feliz.

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